En los círculos gobernantes de Nicaragua y de Costa Rica, se está hablando y actuando como si se estuvieran preparando para la guerra. En Nicaragua, el presidente Daniel Ortega y los altos mandos del Ejército han forzado la aprobación urgente de tres leyes militaristas, que según dicen son indispensables para poder defender al país de las amenazas de Costa Rica, Honduras y Colombia. Y en Costa Rica, además de que se ha endurecido el lenguaje oficial contra el gobierno de Nicaragua en lo que se refiere al diferendo fronterizo, recibirán en ese país una fuerza militar de Estados Unidos integrada por más de 4 mil soldados y oficiales, 46 navíos de guerra y 42 helicópteros artillados, que realizará maniobras conjuntas de patrullaje y vigilancia de las fronteras marítimas y terrestres del vecino del sur, según se informó ayer en el diario LA PRENSA.
Pero las poblaciones de ambos países no se dejan aturdir por los tambores de guerra, y tanto en Nicaragua como en Costa Rica diversos sectores políticos y sociales se han movilizado, aquí contra las leyes militaristas y de seguridad aprobadas a marcha forzada, y en Costa Rica contra el ingreso de las tropas estadounidenses que realizarán maniobras militares conjuntas con la fuerza armada costarricense.
Por su parte, la Organización de Estados Americanos (OEA), a través de su Secretario General, el diplomático socialista chileno José Miguel Insulza, ha apremiado a Nicaragua y Costa Rica para que utilicen el diálogo en busca de superar sus discrepancias. “Todos los países representados en la OEA quieren que estas dos naciones hermanas resuelvan sus diferencias de manera pacífica y por medio del diálogo y todos están dispuestos a contribuir para que ello sea posible”, expresó Insulza, mediante un comunicado de la organización hemisférica dado a conocer el fin de semana recién pasado. Y desde luego que si el secretario de la OEA habla de que Nicaragua y Costa Rica deben buscar cómo resolver sus diferencias de manera pacífica, es porque él cree que existe la posibilidad y siente el temor de que los gobernantes de ambos países pudieran aventurarse al conflicto bélico.
Sin embargo, los gobernantes de Nicaragua y de Costa Rica declaran que sus intenciones son netamente pacíficas, y que sus movimientos militares —en el caso de Nicaragua mediante la aprobación de leyes para darle más poder al Ejército sobre la sociedad y el Estado, y en cuanto a Costa Rica, a través de las maniobras conjuntas con fuerzas del Ejército de Estados Unidos—, son sólo para asegurar el cumplimiento de sus obligaciones de reforzar la defensa nacional y garantizar la seguridad de sus fronteras.
En realidad, desde los tiempos de Adolfo Hitler en Alemania han sido muy pocos los gobernantes que de manera abierta, desafiante y agresiva reconocieron que se preparaban para la guerra. Por lo general, todos los gobernantes se presentan como pacifistas y alegan que si fortalecen su capacidad militar es porque quieren la paz. Invocan así, a su manera, la antigua frase romana de que si vis pacem, para bellum (en español: si quieres la paz, prepárate para la guerra ), atribuida al pensador romano de fines del siglo IV después de Cristo, Flavio Vegecio Renato, quien en su obra Compendio de Técnica Militar planteó que los romanos conquistaron el mundo no por la fuerza de sus ejércitos, ni por el número de sus soldados, sino por su destreza, su disciplina y su perseverancia en la preparación para dominar el arte de la guerra.
Ahora bien, es cierto que a pesar de los grandes avances del derecho internacional y los mecanismos para la resolución pacífica de los conflictos entre los estados, las guerras por disputas fronterizas y expansiones territoriales no han desaparecido por completo en el mundo. Pero en el caso de Nicaragua y Costa Rica son muy pocas las posibilidades reales —o prácticamente no existen—, de que la disputa alrededor del río San Juan degenere en una guerra en las fronteras. Los gobernantes de ambos países hablan de reforzar sus capacidades legales y materiales para la defensa de las fronteras, pero eso no significa que de verdad están pensando enfrentarse en un conflicto bélico. A lo sumo lo que pretenden es impresionar a sus poblaciones y enardecerlas con discursos patrióticos, fortalecer el poder militar interno sobre los ciudadanos, y tratar de posicionarse mejor en espera de la resolución del órgano jurídico que debe dilucidar la controversia. O sea que los tambores de guerra suenan a ambos lados del río de la discordia, pero seguramente no serán más que ruidosos tambores.
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