Este 25 de abril se cumple el veinte aniversario de la ascensión presidencial de doña Violeta Barrios de Chamorro, la primera mujer en la historia de Nicaragua —y Centroamérica— que fue elegida Presidenta de la República. El triunfo de doña Violeta fue por el voto popular en las elecciones del 25 de febrero de 1990, pero sin duda que la guerra de la Resistencia Nicaragüense contra la dictadura militarista del FSLN significó un factor de primera importancia en aquella derrota estratégica que sufrió el régimen sandinista.
Los sandinistas aseguran que la entrega del gobierno el 25 de abril de 1990, dos meses después de las votaciones de febrero de ese mismo año, representa una indiscutible credencial democrática de Daniel Ortega y el FSLN. Pero la verdad es que Ortega y su partido no entregaron voluntariamente el gobierno a la presidenta Violeta Barrios de Chamorro. Ortega y otros líderes del Frente Sandinista, no querían reconocer su derrota electoral ni entregar el gobierno. Así como ahora algunos extremistas y anacrónicos dirigentes del FSLN amenazan con que van a hacer cualquier cosa, inclusive lo peor, y pagarán el precio que sea, con tal de no entregar otra vez el poder, en aquella ocasión, hace veinte años, no querían reconocer el triunfo electoral de doña Violeta y la UNO y estaban dispuestos a ahogar en sangre al pueblo y provocar una intervención militar norteamericana.
En realidad, Daniel Ortega y el FSLN sólo accedieron a reconocer su derrota electoral y a entregar el gobierno, cuando se les garantizó que seguirían controlando decisivas cuotas de poder en las diferentes instituciones del Estado, incluyendo las fuerzas armadas del Ejército y la Policía. Además, el FSLN —que aceptó medirse con la UNO en las elecciones libres del 25 de febrero de 1990 porque creía tener el apoyo de la mayor parte de la población y, por lo tanto, estaba convencido de que triunfaría ampliamente en el cotejo electoral—, inmediatamente después que entregó la banda presidencial a doña Violeta, le declaró la guerra mediante la estrategia de “gobernar desde abajo”, lo cual en la práctica significó sabotear por todos los medios al nuevo gobierno democrático, paralizarlo con huelgas y asonadas e intimidarlo con secuestros y asesinatos políticos.
Por otra parte, al perder las elecciones y después de entregar el gobierno, Daniel Ortega y el FSLN promovieron y perpetraron la “piñata sandinista”, como se le llamó al gigantesco saqueo de los bienes del Estado y de propiedades particulares que convirtió a los otrora líderes revolucionarios en una nueva clase de ricos y oligarcas, que han resultado ser los más codiciosos y despiadados de toda la historia nacional.
A pesar de todo eso, el nuevo gobierno democrático fue poco a poco superando las adversidades y venciendo las dificultades. Sólo la desmesurada corrupción posterior y sobre todo el pacto que redujo a 35 por ciento el porcentaje de votos necesarios para ganar la elección presidencial —pacto que dividió mortalmente a las fuerzas políticas democráticas y al mismo partido liberal—, le permitieron a Daniel Ortega y el FSLN recuperar el poder total para tratar de restaurar la dictadura, que es precisamente lo que están haciendo en la actualidad.
Ahora la situación de Nicaragua es muy parecida, aunque no igual, a la de 1990. Daniel Ortega está ejerciendo el poder en forma autoritaria, violando la Constitución y la ley, imponiendo el terror en las calles, atropellando las libertades y las conquistas democráticas del pueblo, arruinando la economía nacional y haciendo retroceder al país a los niveles de pobreza que ya habían sido superados por los gobiernos democráticos.
En estas sombrías condiciones es necesario recordar las enseñanzas que se derivan de las históricas elecciones del 25 de febrero y el cambio de gobierno del 25 de abril de 1990. Sobre todo la de que, por muy brutal que sea y por muy fuerte que parezca el régimen autoritario de Daniel Ortega, no es invencible. Que la nueva dictadura en desarrollo puede ser derrotada y que restablecer la democracia no es imposible. Pero que para eso es indispensable que las fuerzas dispersas de la oposición, de la sociedad civil y del pueblo en general se unan en una gran coalición democrática.
En realidad, si se pudo derrotar a la dictadura orteguista en 1990, cuando era mucho más poderosa y temible que como es ahora, ¿por qué la oposición y el pueblo democrático unidos no van a poder vencerla otra vez?
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