Gilberto Bergman Padilla
El domingo 13 de agosto de 1893, Rubén Darío, Cónsul General de Colombia, descendía del vapor francés Diolibah en el puerto de Buenos Aires. “Y heme aquí, por fin, en la ansiada ciudad de Buenos Aires, adonde tanto había soñado llegar desde mi permanencia de Valparaíso”. El jueves 8 de diciembre de 1898, a bordo del Vittoria, saldrá Rubén del puerto de La Plata hacia España y Francia, como corresponsal de La Nación. Fueron cinco años fructíferos para el poeta nicaragüense.
Ernesto Sábato, en su libro de ensayos titulado Tango: discusión y clave, menciona entre las influencias literarias que pesaron sobre los poetas populares argentinos, a Rubén Darío y reconoce al poeta nicaragüense como precursor de casi todo lo que fue la literatura y la poesía latinoamericana desde 1890.
Hay una presencia rubendariana en los grandes cantantes del tango argentino: Enrique Cadícamo en el tango La novia ausente evoca el paseo de la pareja de novios:
“… Y tú me pedías que te recitara
esta sonatina que soñó Rubén…
… La princesa está triste ¿qué tendrá la princesa?”
Vemos a Rubén Darío como cantor de la famosa calle Florida, de Buenos Aires, en el tango de Carlos Pua: “/y ayer, en el florido matutino/ que cantara Rubén en verso fino, te campanié de nuevo embelesado”.
Celedonio Esteban Flores: en Chapaleando barro escribe: “… Y no vas a creer que escribo en este lenguaje rante por irlas de interesante ni por pasarme de vivo. Sino porque no hallo bien ni apropiado ni certero, el pretender que un carrero se deleite con Rubén”.
Tuvo la ocurrencia de parodiar a Rubén escribiendo una Sonatina a imagen y semejanza de la de Darío, pero completamente en lenguaje lunfardo, que comienza así:
“La bacana está triste, ¿qué tendrá la bacana
Ha perdido la risa su carita de rana
Y en sus ojos se nota yo no sé que penar;
La bacana calla y la viola colgada.
Aburrida parece de no verse tocar”.
Vicente Greco, remedando aquello de “La princesa está triste/ qué tendrá la princesa…” en los versos de Rubén Darío, escribió un tango que tituló La percanta está triste.
“La percante está triste, que tendrá la percanta?
En sus ojos hinchados se asoma una lágrima, rueda y se pianta
La percanta está triste, no hace más que gemir…
Ya no ríe, ni baila ni canta, ya no puede dormir”.
El gran compositor de tangos, Cátulo Castillo, hacía poesía llevado por la fervorosa admiración que sentía por Rubén Darío de quien se sabía de memoria muchas de sus poesías, en un artículo que publicó en Buenos Aires, que me enviara el tanguero nica, doctor Fernando Zelaya Rojas, nos describe físicamente a nuestro Rubén Darío:
“En uno de sus viajes a Buenos Aires visitó nuestra casa. Mi padre lo invitó a comer. Cuando llegó, tuve la sensación de que era una especie de gigante. Hoy me parece que sólo era la visión de un niño. Su gran melena, algo rizada, siempre estaba despeinada.
Sus facciones tenían algo de chinote. Fumaba puros interminables y dejaba caer las cenizas sobre sus solapas.
“Era corresponsal de La Nación en Europa y mi padre lo recibió como al embajador de la cultura universal. El día que vino a comer a casa se puso champagne en la mesa. En ese tiempo la botella valía tres pesos, una fortuna si se tiene en cuenta que un vigilante ganaba cuarenta pesos. Darío hablaba con un leve acento centroamericano, pausadamente, con voz grave y mezclaba su castellano con innumerables palabras francesas porque utilizaba el francés con soltura y se complacía en hacerlo.
Cuando le sirvieron el champagne, comenzó a revolver la copa con su habano para quitarle las burbujas. Luego lo encendió. Bebía un trago y lanzaba una lenta bocanada, ambas cosas con gran fruición. Cuando se fue, me regaló una fotografía autografiada”.
El autor es presidente del Club Gardeliano de Nicaragua.