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El lenguaje como herramienta
Esta semana se ha celebrado en la ciudad de Rosario, Argentina, el III Congreso Internacional de la Lengua Española, presidido por los reyes de España (don Juan Carlos y doña Sofía) y por el Presidente argentino, Néstor Kirchner, evento en el que participó una delegación de Nicaragua compuesta por académicos de la Lengua y literatos renombrados.
Por cierto que uno de los delegados nicaragüenses, el escritor y poeta Ernesto Cardenal, intervino el jueves en una de las principales mesas del Congreso, en la que se discutió sobre el impacto de la literatura en los hábitos idiomáticos. Durante el debate —en el que también intervinieron el chileno Jorge Edward, el mexicano Gonzalo Velorio, el español José María Merino y el argentino Juan José Cebreli— el controversial poeta nicaragüense planteó que “el escritor debe escribir como habla su pueblo, y aún usar la jerga aunque sea efímera. La principal identidad cultural es el lenguaje, pero ninguna identidad es inmutable. A veces debemos usar palabras que no están ni estarán nunca en el diccionario de la Real Academia”, aseguró Cardenal.
En realidad, la tónica general del III Congreso Internacional de la Lengua Española ha sido la defensa del idioma español en su sentido histórico, combinado con su enriquecimiento y desarrollo creativo. Y al respecto es importante subrayar, como se ha hecho en el Congreso de Rosario, que el primer paso en el fortalecimiento de la educación en términos generales —que por cierto es el tema central de la Cumbre Iberoamericana que se está celebrando en San José, Costa Rica—, es precisamente la preservación del lenguaje.
En realidad, como es bien sabido la gente más educada es la que mejor habla, y viceversa. Y las personas educadas y las que mejor dominan el lenguaje, son más laboriosas, más creativas, más seguras de sí mismas y más predispuestas a prosperar. No es por casualidad, entonces, que las naciones más pobres y atrasadas en el mundo son aquéllas donde la gente es menos educada y usa el lenguaje más limitado e incorrecto.
Por eso es preocupante saber que mientras la lengua española contiene unas 84 mil palabras, el hablante promedio hispanoamericano conoce o usa a lo sumo mil de esos vocablos. Y lo peor es que la tendencia en los últimos años, a nivel internacional, es hacia un mayor empobrecimiento del habla, no a su mejoramiento; lo que sin dudas tiene que ver mucho con los otros índices del deterioro humano, incluyendo el menor aprecio hacia las formas democráticas de convivencia social y relaciones políticas.
Uno de los participantes en el Congreso de Rosario, el escritor argentino Tempo Giardinelli, señaló en relación con lo antes dicho que el empobrecimiento de la lengua está relacionado con la tragedia económica, social y política de su país, porque incide directamente en problemas como la falta de cumplimiento de las reglas y la impunidad por ese incumplimiento. Pero, ¿no es acaso ese el mismo problema de Nicaragua?
Giardinelli usó una expresión gráfica extraordinariamente significativa, aplicable a todos los países en los que notoriamente se sufre un sensible y dañino deterioro del lenguaje. Según Giardinelli, a los hispano hablantes les ocurre como a las personas que tienen en su guardarropa una magnífica vestimenta, pero prefieren andar vestidos andrajosamente, e inclusive se presentan en los lugares y ocasiones distinguidos vistiendo harapos, como si fueran mendigos aunque teniendo recursos para vivir decorosamente, y muy bien.
Ciertamente, el enriquecimiento de la lengua con el modo de hablar del pueblo y las expresiones populares que nacen de lo más profundo del alma de cada nación, no significa que se deba degradar el lenguaje ni obliga a que se menosprecie la buena forma del habla en aras de un populismo malentendido y regresivo que está contaminándolo todo, desde la economía hasta la cultura, y el lenguaje en particular.
Y cabe señalar en este orden que los medios de comunicación, cuya herramienta de trabajo es precisamente la palabra, son los más llamados a cumplir con la responsabilidad de enriquecer el idioma con el lenguaje del pueblo, pero al mismo tiempo deben cultivar sus buenas formas y mejor contenido para cumplir apropiadamente la función educativa y transformadora de cultura que les corresponde desempeñar.