Jenaro Sánchez Bonilla
El partido liberal nicaragüense -de la misma manera que el Partido Republicano de Estados Unidos durante la difícil experiencia del Watergate con el presidente Nixon- no tiene que desaparecer ni resquebrajarse con motivo de los juicios penales promovidos contra su presidente honorario, Arnoldo Alemán. Más bien, la fortaleza de uno de los mayores partidos políticos nicaragüenses del siglo XX se debe demostrar precisamente en su capacidad de asimilación y reacción positiva a los errores partidarios y personales de sus dirigentes.
El caso del Watergate es emblemático para esta y otras situaciones de desórdenes políticos mezclados con desmedidas ambiciones humanas, así que no conviene abundar en lo que ya ha sido juzgado ejemplarmente en otras latitudes.
Es reconfortante, desde una perspectiva política nacional, que los liberales afines a Alemán quieran un acercamiento con el presidente Bolaños en su calidad de líder natural del partido en esta transición que le toca vivir al país y a los mismos liberales. Y digo reconfortante, porque el país esta urgido de la tan escurridiza y ansiada unidad política que conduzca a una agenda legislativa común que nos lleve a solucionar materias que se han venido reprobando desde la década de los 70’s, con el agravante de haber perfeccionado en todos esos años el arte de complicarlas aún más.
En este momento –y dada la precaria situación- la visión de Pedro Joaquín Ríos y Eliseo Núñez de encontrar soluciones negociadas al problema liberal de cara a la escogencia del próximo candidato a la presidencia de la república, ofrece debilidades insalvables fácilmente aprovechables por los competidores políticos.
Un riesgo evidente de centrarse en otra figura presidencial, estando apenas comenzando el actual período presidencial, -y con buen pie- es el desgaste que podría llevar al fracaso del actual y futuro gobierno. Otro riesgo es que en estos momentos casi nadie quiere hablar de más candidatos liberales mientras no resuelvan las tareas del momento, además que no se perciben con facilidad interlocutores válidos del liberalismo. Los visibles son indeseables en su mayoría, y los deseables no son visibles.
Después de un trauma organizacional de gigantescas proporciones como el sufrido por los liberales, lo más sensato y natural sería buscar y encontrar las soluciones a sus problemas a lo interno del partido, evitando un circo que posiblemente deleite a los contrarios pero frustre a los mismos liberales, que sin dirigencia clara, optarán por el abandono o la frialdad.
Algunos sectores del liberalismo no quieren ver ese gigantesco trauma en su partido, que está ahí, a la luz del día, como herida abierta y muestra clara de la intransigencia, de la corrupción y de la ineficacia política de su gestión. Esos mismos liberales no reconocen la diferencia… entre sectores y partido, entre partido y gobierno, ni entre gobierno y nación.
Volviendo al Watergate, tanto el país como el partido lograron sobrevivir gracias al ejemplar y público castigo impartido a los corruptos de entonces, y a la decidida participación de los republicanos que optaron por salvar a su país y a su partido por encima de figuras individuales; fueron tan hábiles en el manejo de la crisis, que con el vice Gerald Ford en la Presidencia lograron hasta el perdón presidencial para Nixon.
Un costo inevitable del Watergate -para republicanos, el país y el mundo- fue que aunque los republicanos hicieron un papel aceptable hasta terminar su período en 1977, perdieron las siguientes elecciones presidenciales luchando contra una de las figuras políticas más ineptas y controversiales del mundo, el Nóbel Jimmy Carter.
Muchos sectores nicaragüenses quisieran ver esa capacidad de respuesta liberal a los problemas nacionales, tanto a los problemas heredados de décadas anteriores como a los provocados por ellos mismos en estos últimos años. El principal elemento de esa respuesta tiene que ser la unidad, con una dosis masiva de realismo.
Ya pasó el tiempo de Alemán y sus seguidores. Ahora es el tiempo de los nicaragüenses, donde no hay cabida para posturas victoriosas ni marchas triunfales entre los condenados por la historia.
El autor es nicaragüense, radicado en Guatemala.