¿Y ahora, Lula?

“¡Ahora Lula!” fue la popular divisa de campaña electoral del líder izquierdista brasileño Luiz Inacio da Silva, Lula, para dotar a sus seguidores de la convicción de que luego de tres fracasos la elección presidencial de este año era la gran oportunidad de ganar y tomar el poder. Y Lula ganó y tomará posesión de la Presidencia de Brasil el próximo miércoles uno de enero de 2003.

Pero cuando el nuevo presidente brasileño tenga que enfrentar los colosales problemas económicos y sociales de su país, aquel esperanzador lema de campaña electoral se trocará irremediablemente en un angustioso: ¿Y ahora, Lula? Al menos eso es lo que opinan analistas independientes brasileños y observadores internacionales.

En realidad, “el temor a Lula ya no es el temor a un radicalismo de izquierda, sino a una supuesta incompetencia para lidiar con una economía frágil y administrar una deuda gigantesca”, escribió el periodista argentino Luis Esnal, en La Nación de Buenos Aires el 25 de septiembre pasado. Entonces Lula decía disparates izquierdistas como los de que Argentina anda mal porque es una “republiqueta” y “Estados Unidos tiene un presidente que de cada diez palabras que dice, nueve son para crear una guerra”.

Claro que esas tonterías las dijo Lula el 24 de septiembre de 2002, cuando quería conservar el respaldo electoral de las masas populares radicalizadas, que son la base fundamental de apoyo del líder del Partido de los Trabajadores de Brasil y del internacional Foro de San Paulo, que coordina a partidos izquierdistas y comunistas de América Latina.

Pero sólo tres meses después, Lula se vistió con elegancia de banquero y fue a visitar al presidente estadounidense George W. Bush, en la Casa Blanca de Washington, donde se comportó como un respetable estadista y hasta compartió puntos de vista en casi todos los temas que abordó con quien en septiembre era para él alguien que “cuando habla nueve de diez palabras son de guerra”.

Ahora bien, cuando Lula comience a gobernar ese gigantesco y complejo país que es Brasil, no sólo tendrá que enfrentarse a una frágil economía y a una gigantesca deuda interna y externa, sino también al lastre de una deplorable tradición de mal gobierno que arrastra la izquierda latinoamericana, la que a todos los países que ha gobernado los ha dejado en la ruina.

La izquierda ha sido una excelente fuerza opositora, con capacidad y talento para reivindicar los intereses de las masas populares, y movilizarlas. Pero no ha podido gobernar apropiadamente y sus recetas económicas y políticas radicales fracasaron estruendosamente, dos veces en Chile (1938 y 1970); Perú, en 1968; Grenada, en 1979; Nicaragua, en el mismo año y hasta 1990; Guyana (1980) y Suriname (1980). Ya no digamos en Cuba, que soporta asombrosamente el destartalado régimen comunista desde 1959.

Actualmente la mejor prueba de la incapacidad de la izquierda para gobernar, y de su gran habilidad para arruinar a los países donde toma el poder, es Venezuela, que con su espectacular crisis le está haciendo mala sombra a la toma de posesión presidencial de Lula, el próximo miércoles, y es como una advertencia de que el gobernante izquierdista brasileño debe tener mucho cuidado en no decir ni hacer los disparates que ha dicho y hecho Hugo Chávez, que tiene a la nación venezolana en la bancarrota.

En términos generales es hasta saludable que la izquierda gobierne en países latinoamericanos donde los izquierdistas tienen suficiente respaldo popular para ganar las elecciones. La alternabilidad en el poder no sólo partidista y personal, sino también ideológica, programática y de estilos de gobierno, sólo beneficios podría traer al sistema democrático, siempre y cuando la izquierda gobierne con sensatez y respete los marcos constitucionales de libertad, derechos individuales y economía de mercado.

Lo malo sería que la izquierda hiciera de nuevo los desastres que ya hizo en el pasado —y Nicaragua es el mejor testigo de eso— y lo que ha hecho Chávez en Venezuela. Y es lo que por ningún motivo debe hacer Lula en Brasil, si es que en verdad quiere comportarse como un político inteligente, realista, y no como el agitador ideologizado que era hasta septiembre pasado, cuando dio sus tontas declaraciones contra Argentina y Estados Unidos.  

Editorial
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