José Esteban González Rappaccioli
El diálogo, tal como se ha acostumbrado en este país, es un ejercicio innecesario e inútil. No hay ninguna razón para creer que esta vez será diferente.
Los presidentes se eligen para gobernar y no para pasarse el tiempo en diálogos que los apartan de su funciones esenciales. Además, qué otra cosa ha venido haciendo el Presidente Bolaños sino dialogar con el FSLN, con los liberales propios y arnoldistas, con otros partidos, con las iglesias, con el COSEP, etc.
¿Qué otra cosa es el CONPES sino una instancia de diálogo? Si no sirve para eso, que lo disuelvan y le encuentren mejor ocupación a su talentoso ejecutivo.
¿No es acaso instancia de diálogo la Asamblea Nacional? ¿De qué sirven entonces las intervenciones de los flamantes diputados sino para expresar criterios, plantear alternativas y dialogar sobre los problemas del país? ¿Para qué sirven las comisiones parlamentarias si no es para dialogar?
En ningún país que se pretenda medianamente desarrollado se pierde el tiempo con tonterías semejantes. ¿Se puede alguien imaginar al Presidente Busch, a José María Aznar, a Schroeder o a Tony Blair perdiendo el tiempo en ejercicios más bien apropiados para las academias literarias de colegios de secundaria?
Hay, sin embargo, algunos partidos y sectores que insisten en el diálogo porque buscan un protagonismo mayor: es el caso de los arnoldistas y del FSLN, cada cual por sus razones propias que no necesitamos explicar. También buscan un diálogo los pequeños partidos incapaces de hacerse escuchar por el pueblo de Nicaragua.
Son los que no están en el poder los que necesitan el diálogo. El Presidente no necesita diálogos para saber lo que tiene que hacer y que se reduce a lo siguiente:
1. No aflojar en su lucha contra la corrupción pero dejar que las cosas sigan sus curso en manos de sus eficienes funcionarios de la Procuraduría sabiendo que, al menos en este campo, el poder judicial está funcionando bastante bien. Esto debería incluir el iniciar investigaciones sobre corrupción en gobiernos anteriores al del Dr. Alemán.
2. Reducirse los megasalarios y renunciar a los salarios múltiples lo cual violenta principios éticos y gerenciales elementales. Todos sabemos que esos mega y multi-salarios van contra el espíritu de la ley y que son el hazmerreír de todos los gobiernos y de la opinión pública del mundo entero.
3. Entrarle de lleno de inmediato a la creación de empleos y a la reducción de la pobreza. Todas las embajadas deben ser convertidas en agentes eficaces de promoción de exportaciones y se debe encomendar a un equipo calificado la promoción de inversiones con capital tanto nacional como extranjero.
En todo caso, debería el Presidente encargar a sus ministros que establezcan cada uno en su ministerio una unidad (sin contratar a personal nuevo)que durante los meses de enero y febrero de 2003 recojan información del respectivo sector: necesidades, problemas y soluciones, que los clasifiquen según prioridades (para eso son las computadoras) y que se lo sometan con una propuesta de soluciones y un calendario de ejecución.
Esto sería un diálogo sectorizado, serio y pragmático que sólo necesita de un poco de orden y de una metodología que cualquiera de nuestras universidades puede diseñar.
Pero si, a pesar de todo, se decide seguir adelante con el sainete del diálogo, debemos estar sabidos que el país perderá tiempo y recursos preciosos. Y cuando termine el diálogo (con suerte, a mediados de 2003), a don Enrique sólo le quedarán 2 años y seis meses de gobierno. Ya a mediados de 2004 todo estará dominado por las campañas municipal y presidencial y nuestro pueblo tendrá que volver a sufrir el suplicio de escuchar a candidatos cuyo único objetivo es asegurarse 4 años de megasalarios y una pensión vitalicia en la que los funcionarios de países más desarrollados no osan siquiera soñar.
Fundador de la CPDH. Presidente del Movimiento
Pueblo Limpio.