Por sus frutos lo conocereis

Tito [email protected]

Corría el año de 1975, el 11 de marzo para ser más exacto. Cerca de las 12:20 del día. Era la primera vez que me acercaba a la capilla de la UCA donde mi anfitriona me había invitado insistentemente. Cinco minutos más tarde, el reducido grupo de asistentes a la misa que celebraba el hasta entonces desconocido padre Santiago De Anitua López, inició una serie de súplicas y peticiones, hubo alguien que pidió por el problema de su brazo izquierdo, otra señora pidió por un fuerte dolor de cabeza, otro por su hijo que andaba en malos pasos, etc. Al continuar con la misa, Santiago se puso de pie y lo que aconteció después llegaría a cambiar el curso de mi vida hasta el día de hoy:

“Antes de continuar yo quiero pedirte Señor —fueron las palabras de Anitua— que bendigas a ese joven de muletas que acaba de entrar, quiero que le sanes su alma y su corazón y que te reconozca como su Señor y Salvador. Te lo suplico en el nombre de Nuestros Señor Jesucristo y en el nombre de su Preciosísima Sangre”.

La pequeña comunidad orante se unió a la oración de bendición y liberación, la joven que me acompañaba se me acercó y me dijo al oído: “oye…eso es por vos” , yo, ajeno a lo que pasaba y a este tipo de escenas sólo me pregunté: “Bueno y quien es éste para pedir por mí así de esta forma, si yo ni lo conozco”. Otra señora, alzó la voz y dijo: “ Señor tu lo conoces, y sabes sus necesidades, sabes cuales son sus caminos, por favor muéstrale el tuyo Señor…” Mientras esto ocurría alguien más se acercó y puso sus manos sobre mi cabeza, Santiago se acercó también y me impuso sus manos. Yo no podía dar crédito a lo que estaba pasando…llegué como invitado de una jovencita muy bonita y ahora resultaba que era el protagonista de una oración de sanación y liberación.

Por mis principios religiosos y de respeto, entendí que lo recomendable a hacer en estos casos era cerrar los ojos e inclinar mi rostro. Y fue en ese momento que en mi interior expresé: “Señor, bueno, si es verdad entonces haz lo que ellos están pidiendo: entra en mi vida”. Y el Señor entró, dentro de mis entrañas comenzó a sentirse un revolotear de palomas, era algo que sentía que estaba oprimido y que finalmente estaba dando oportunidad de liberar. Casi sentí una explosión cuando todo aquello salió de mi cuerpo.

No se cuanto tiempo duró la oración…yo seguía con los ojos cerrados, la misa siguió su curso. Luego cuando vino el saludo de la paz, yo ya estaba en paz con Dios y con el mundo. Abrí los ojos y todos eran nuevas criaturas para mí. O quizás era yo el que había cambiado.

Desde entonces mi vida se ha visto beneficiada por contar con la certeza de que junto a mí marcha ese Ser Supremo acompañado de sus ángeles y todos sus ejércitos. Jesús, el Nazareno.

Este testimonio lo doy en honor a la memoria de Santiago de Anitua López. Mi maestro, confesor, amigo y consejero; mi padre y hermano en la fe de Cristo, y que hoy se encuentra gozando de la maravillosa morada del Padre Celestial.

El autor es presidente de la Cámara de Comercio
Nicaragüense Americana de California.  

Editorial
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