Pobreza y caridad mediática

La tragedia del lunes 23 de diciembre en la Plaza del Sol, de Managua, donde una persona murió y otras resultaron lesionadas durante una repartición gratuita de alimentos, debería convencer a las autoridades gubernamentales que deben prohibir ese tipo de actividades.

Es cierto que hay muchos pobres y que algunas personas e instituciones privadas y públicas hacen loables obras de caridad y solidaridad, al repartir gratuitamente alimentos, ropa, juguetes y otros objetos de uso y consumo. Pero en muchos casos no se hacen como auténticas obras de caridad y solidaridad, con el único fin de ayudar en forma anónima y desinteresada a los más necesitados, sino para jactarse y hacerse publicidad.

En realidad, lo que debería ser estricta caridad y solidaridad (“Cuando ayudes a los necesitados, no lo publiques a los cuatro vientos, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para que la gente hable bien de ellos”, advierte a este respecto el precepto evangélico, Mateo 6,2), se hace con afán de notoriedad que además conduce a situaciones penosas, e incluso trágicas, como la que ocurrió el lunes recién pasado en la Plaza del Sol, de Managua, en las instalaciones centrales de la Policía Nacional, una institución que tiene la obligación de prevenir que no haya tumultos que pongan en peligro el orden público, pero más bien se presta para facilitarlos.

Además, esas reparticiones no benefician en realidad a los más pobres y verdaderamente necesitados, como se puede apreciar en las imágenes de televisión y en las fotografías que publican los periódicos, en las que se aprecia que mayoritariamente quienes acuden a esos espectáculos para “agarrar” algo son personas que aunque pobres no pertenecen al estrato de la mayor necesidad.

En realidad lo que hacen esas reparticiones-espectáculos es fomentar el oportunismo en la población, pues a cualquier persona aunque no sea menesterosa le gusta obtener algo en forma gratuita, y casi siempre los más avispados y fuertes sacan mejor provecho de tales situaciones, a expensas de los más humildes y débiles.

Es loable, pues, y además necesario que se hagan obras de caridad y solidaridad, pero hay que hacerlas a favor de quienes están verdaderamente hambrientos y desnudos y no tienen cómo ni con qué comprar un sólo juguete para obsequiar a sus hijos. Y hay muchas formas y lugares para hacer caridad y practicar la solidaridad, sin escándalos publicitarios ni tumultos, con la garantía de que la ayuda llegue a quienes de verdad la necesitan.

Por otro lado, pero vinculado con el mismo problema, es necesario señalar también el fenómeno de que mientras la mayor parte de las personas en edad y con aptitud laboral dicen en las encuestas que están desempleadas y que lo que más necesitan es empleo, y hasta las autoridades gubernamentales reconocen que hay un alto índice de desocupación forzosa en el país, sin embargo en las zonas cafetaleras hace falta mano de obra para levantar la cosecha.

En esta situación no es válido ni aceptable la explicación o más bien el pretexto de que en Costa Rica les pagan mejor a los cortadores y por eso emigran hacia allá; ni el de que aquí los productores pagan poco e imponen muy malas condiciones laborales. La verdad es que quien está desempleado y tiene una familia que mantener, trabaja en lo que sea para sobrevivir, así sea temporalmente, para mientras encuentra un empleo mejor.

Problemas como la caridad mediática y la tragedia de la Plaza del Sol, y la falta de cortadores del café, son secuelas “culturales” de la revolución y del populismo gubernamental sandinista, que hicieron perder a mucha gente el sentido de la dignificación mediante el trabajo, el orgullo de consumir lo que le cuesta a uno mismo aunque sea poco, la vergüenza de no pedir ni depender de la caridad privada o pública para sobrevivir.

Es bien sabido que lo más difícil de reconstruir de las devastaciones que producen las revoluciones y contrarrevoluciones, son los valores, principios y normas de conducta digna ante el trabajo y en la pobreza. Pero difícil no significa imposible. Todo es cuestión de querer reconstruir esos valores perdidos o deteriorados, y de poner manos y voluntad a la obra.  

Editorial
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