Hugo Ramón García
Salvador Talavera, presidente efectivo del Partido Resistencia Nicaragüense, ha afirmado que “el peligro de un rearme, más que una amenaza, es una realidad”. El rebelde sostiene esa tesis posiblemente basándose en las amenazas vertidas por los ex contras que operan en el área de Waslala, llegando a decir “que se levantarían en armas si el ex presidente Arnoldo Alemán es desaforado”.
¿A cuenta de qué esto es un punto de referencia para que la ex contra se alce en armas? El desafuero y la sentencia judicial contra Alemán obedecieron a las muchas pruebas que rolan en su contra, y no es justo que por las ambiciones de alguien el país tenga que pagar el costo de sus culpas, y afrontar los ensayos de una acción bélica que dañaría a la democracia que se pretende institucionalizar, y por consiguiente la estabilidad del país.
Talavera debería rectificar esas confesiones, porque el país está harto de violencia y sus causas de un posible rearme no son suficientemente justificables. A este país hay que construirle su futuro, y no retenérselo alentando la lucha armada. Nicaragua ya tuvo la prueba de la guerra civil que le produjo un costo elevadísimo por muchas muertes innecesarias que marcaron de angustia y lágrimas a nuestra sufrida sociedad que vio desfilar por la vía del holocausto a mucha juventud valiosa que marchitó sus ilusiones y sus anhelos en la primavera de sus días.
A Nicaragua en los últimos tiempos la han convertido en el reino del desorden. El que atiza la guerra o le rinde culto a la violencia promueve el desorden, y a más de promoverlo le abre las puertas a la incivilización agitando banderas de odio frente al escenario de un nuevo siglo que demanda reconciliación y unidad. La Resistencia Nicaragüense debe cambiar su lenguaje de violencia y canalizar su comportamiento ideológico hacia posturas que respondan a cambios verdaderos; a cambios que concedan la paz como fórmula de convivencia que venga a terminar con las exaltadas pasiones de los que aún estiman que la República es un patrimonio de beneficios personales.
Las confrontaciones armadas son un triste capítulo del pasado, que no tiene sentido repetirlas en una sociedad que proclama el perdón para abrir nuevos horizontes que permitan a los nicaragüenses bajo su bandera darse un abrazo de fecundos sentimientos. La destrucción es el objetivo común de toda guerra, y la historia nos enseña que a lo largo de su difícil camino los daños son incontables y evidentes para no volver a caer en el mismo error.
Nicaragua es una nación que lleva en su espíritu el evangelio del amor, y a lo alto de su augusto pabellón hay que deponer las acciones fratricidas que manchan de sangre y de infamia la dignidad nacional. Es preciso buscar nuevos derroteros. Es el momento de curar las heridas de un ayer que tuvo por escudo la guerra; la guerra que es hija del conflicto y por la cual Nicaragua tuvo una dura experiencia, y por eso el escritor colombiano, José Vargas Vila, en su obra “Polen Lírico”, nos dice: “si la guerra es la barbarie, ¿cómo llamar civilizada una época que practica esa barbarie”?
El autor es periodista.