Paradigma de crecimiento con democracia y libertad

Emilio Alvarez Montalván*

Al firmar Chile con los EE.UU. la semana pasada el Tratado de Libre Comercio (TLC), se convirtió en el primer país suramericano en lograrlo, adelantándose al ALCA en tres años. De manera similar consiguió Chile en mayo último un acuerdo con la Unión Europea cuando le falta poco para entrar al grupo de naciones desarrolladas, al alcanzar un ingreso per cápita de 6,900 dólares anuales.

¿Qué hicieron los chilenos para llegar a ese nivel? Hay que recordar que Chile fue pionero en organizarse en América Latina como Nación-Estado, apoyándose en un fuerte núcleo de familias vascas, catalanes y gallegas con arraigo, como base fundadora. Ellos emprendieron desde el principio la educación para todos y el estado de derecho, mientras retenían a la población mapuche al sur del Bio Bio. Esas condiciones dieron a Chile estabilidad, permitiéndole consolidar sus instituciones, explotar sus recursos mineros, desarrollar una extensa y cultivada clase media, establecer una reputada industria vinícola y expandir su frontera septentrional a expensas de vecinos turbulentos.

Por lo demás, Chile, que abarca más de 25 grados de latitud, con tres climas: tropical, templado y frío, vuelve complementaria en los mercados estadounidense y europeo su producción de flores y frutas.

Sin embargo no está ahí el secreto del éxito chileno. Para empezar, su clase política ha demostrado, además de preparación, un nacionalismo irreprochable y un desinteresado servicio público, sin entrar en guerras intestinas. Así, hubo gobiernos civiles de toda la gama ideológica, con estadistas como O Higgins, Portales, Alessandri y Frei Montalvo hasta regresar a la democracia, con el Partido Concertación Nacional, sin alterar el sistema judicial durante los cambios políticos. Ese equilibrio convirtió a Chile en una Atenas latinoamericana y en asilo contra la opresión. Nicaragua se aprovechó, enviando oleadas de jóvenes para graduarse en diversas profesiones, recibidos con generosidad.

Con esos antecedentes se entiende mejor el impresionante desenvolvimiento de Chile, presentado por su Embajador Carlos Dupré Silva en el auditorio del Banco Central. Al respecto cotejó el rendimiento del gobierno militar (1973-1989), con las administraciones democráticas de Aildwyn, Frei Ruiz-Tagle y Lagos (1990-2002). Por ejemplo, el salario mínimo cuando la dictadura, que bajó un 45 por ciento, registra actualmente un incremento del 83 por ciento. Más aún, el salario mínimo durante Pinochet era de 54 mil pesos y actualmente 120 mil. Asimismo, el presupuesto en educación, enseña un ascenso del 119 por ciento. El déficit de 918 mil casas, bajó el año pasado a 5OO mil. A su vez, los sectores débiles que en tiempos de la dictadura llegaban al 36 por ciento de la población, representan ahora la mitad, mientras apenas el 5.7 por ciento permanece en penuria.

Por otra parte, las exportaciones de bienes, crecieron en los últimos l2 años más del 4OO por ciento en condiciones que la inflación llega a un 2,9 por ciento anual, mientras la inversión en salud subió un 102 por ciento por persona. Finalmente el PIB en la época del ex senador crecía 3.2 puntos, hoy sube anualmente, 6 puntos.

A pesar que el gobierno pinochetista ultrajó los derechos humanos y restringió la demanda social , reconocemos que rescató a Chile de una caótica administración marxistoide, saneó las finanzas públicas, garantizó la libertad de mercado y estimuló la inversión no gubernamental al poner a disposición de empresarios, cuantiosos recursos al adoptarse el sistema pevisional.

Finalmente, al regresar la democracia en 1990, los nuevos gobernantes procedieron cautelosa , pero firmemente en el manejo de la transición y ante todo tramitando el juicio a Pinochet, con apego a la ley, Asimismo destinaron grandes sumas a enjugar el déficit social. Si bien el modelo chileno reformista demostró más vigor que el autoritario, el futuro de la coalición gubernamental, dependerá de las nuevas relaciones del Estado con la sociedad.

* El autor analista político y miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA  

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