Joaquín Absalón Pastora*
Hace un millón de años nacieron las aguas del Lago Xolotlán. Desde esa época se incubó una frenética agresión telúrica. Desde esa suma impresionante de las hojas del tiempo, las civilizaciones sintieron las andanadas volcánicas, sus gases venenosos con suficiente poder para excluirnos de la vida en un santiamén. Lago millonario en tiempo.
José Santos Chocano tradujo ese origen en poesía: Managua es un cantaro de agua. Pero durante siglos el cántaro no recibió los beneficios de la población humana. La soledad nutría el rumor de esas olas. El silencio desapareció cuando se fincó ahí el hombre de Acahualinca cuyas huellas son los más categóricos testimonios de la existencia antigua.
Según el libro cuarto de Fernando de Oviedo “esa población se asentó en forma alargada sobre la costa del lago, posiblemente desde el actual punto de Chiltepe hasta la bocana del Río Tipitapa con una aproximación de tres leguas españolas”.
Ahora que Managua habita las páginas impresas y las que no se ven y solo se sienten o se presumen, solté las horas atadas a la rutina para oxigenarme con un día de biblioteca y recordar en la estancia llena de los aromas del pasado profundo “el ocio con dignidad del Marquez de Santillana”. Dentro de los tomos recurridos por el excepcional beneplácito cultural, me encontré en la Biblioteca del Banco Central con un trabajo del arqueólogo Jorge Espinoza. Revela la delicada acuciosidad y el cuidado requerido por él, interesado en los hallazgos de Occidente, en la identidad de nuestra Nicaragua.
El arqueólogo es factor en la definición del hombre, rompe la trágica contundencia del olvido con la fina tenacidad de sus manos. En América aún quedan los últimos vestigios de remotas civilizaciones. Nicaragua está llena de ese misterio. Por eso es justo darle el sentido del acontecimiento a los descubrimientos.
No olvido a dos griegos. Herodoto y Pausanías, viajero éste de todo el territorio de aquella Grecia que tupe todavía y con márgenes insospechados la testa del patio. Vi las “huellas de Acahualinca” palpé el trabajo de Jorge Espinoza. Ahí están. Casi no las conocemos. De oídas quizá. Deduce que “hace ocho mil años hubo una erupción que oscureció el cielo de Managua durante muchos días. La gente establecida en las orillas empezaba a recibir el beneficio de una agricultura incipiente. Árboles frutales. Pesca. Se desplazaron huyendo de una erupción. La abundante ceniza cayó en el molde. La ceniza no se mezcla con el lodo pero se mete al molde y se persevera para la posteridad. Cuando le es quitada (la ceniza al molde) queda la huella (las de Acahualinca) como cuando uno pone el pie en el lodo”.
¿Se beneficia el turismo científico de esos hallazgos? Deberían ponerlos bajo techo con clima apropiado para el acceso público de visitantes criollos y extranjeros. Ese es un “patrimonio nacional” desde los hechos y no del cavernario silencio.
Pienso —transcurridos siglo y medio de vida de supervivencia de Managua y en el treinta aniversario de las velas luctuosas puestas en nombre de las víctimas del terremoto del setenta y dos— en los pioneros apolillados del dolor, en quienes dando los primeros pasos en Acahualinca, dejaron la señal imborrable, única testificante de que hubo vida, emoción y muerte en una veteranía milenaria que a través de la investigación “zumba y retumba”. Hacia esos restos va la mirada escrutadora del “tiempo presente”.
No sólo Acahualinca es patrimonio. Son también las iglesias coloniales, El Castillo, León Viejo, El Bosque donde se aprobó la antigüedad del hombre en el Continente Americano. Ometepe y Zapatera son unidades arqueológicas de toda esa conjunción latente.
La arqueología no sólo es museo. Uno de los actos positivos es presentarla en sociedad en el a veces egocéntrico secreto de la ciencia.
* El autor es periodista