Alejandro Serrano Caldera*
La figura de José Martí es una de las cimas de la historia americana tanto por su lucha y heroica muerte, como por su poesía y pensamiento. Como poeta abrió los senderos al modernismo hispanoamericano, como pensador nutrió las raíces de la identidad, de la filosofía y el filosofar desde esta nuestra América y como revolucionario pensó, organizó y dirigió, junto con otros patriotas, la lucha de independencia de Cuba que fue también un capítulo singular en la reafirmación de la identidad latinoamericana.
Esta condición de integridad esencial que da sentido y dirección a su vida, es hoy un ejemplo insustituible de coherencia ética, un paradigma moral en un mundo en que el sujeto se encuentra cada vez más desgarrado y una esperanza para restaurar la conciencia fragmentada del hombre de nuestro tiempo.
El doble desafío de Martí frente al imperialismo español y el naciente imperialismo norteamericano, la formidable y alucinante visión de un tiempo que concluye y otro que ya se anuncia, el doble imperativo de su vida entre justiciero y profeta, su particular y personal situación histórica de caballero andante herido por los filos de la injusticia del presente y de las premoniciones del futuro, hará del tema de la libertad y de la identidad, un drama oscilante entre la historia y la ontología, entre la cultura y la filosofía, entre la agonía y la esperanza, entre el pretérito, el presente y el porvenir que trasciende al propio destino personal del Mártir de Entre Ríos.
En América Latina, las luchas de Bolívar y de los próceres de las repúblicas americanas, lograron la independencia de España pero continuaron atados a la mentalidad de la metrópoli. Se dio una transformación política, pero no una transformación cultural, ni económica y social. La estructura de la sociedad republicana de los países de América Latina continuó siendo la misma. La oligarquía criolla continuó con la misma estructura de dominación de la Colonia sólo que sin España.
Además, adoptó como propias, en el plano retórico y de las declaraciones constitucionales, las corrientes filosóficas y jurídicas de la ilustración y del derecho político europeo sin tener la intención de adaptar la sociedad a los enunciados jurídicos. Se trataba, más bien de decir lo que no se hace para hacer lo que no se dice. Esto ha hecho que la revolución inconclusa del Siglo XIX haya continuado o tratado de continuar en el Siglo XX latinoamericano.
En nuestros países los cambios jurídicos y políticos han acontecido antes que la transformación de la mentalidad dominante de la sociedad. Por eso los hechos no han sido la confirmación de las ideas, sino que éstas han sido el esfuerzo para tratar de confirmar los hechos. Esto ha desfasado el pensamiento de la realidad y deformado la misma construcción de las ideas políticas. Alguien ha dicho que los ideólogos políticos latinoamericanos, más que eso han sido teólogos ateos y las ideologías religiones laicas sin Dios pero con dogmas. Los ideólogos políticos de América Latina, dice Octavio Paz, han sido neo tomistas tardíos.
Es necesario comprender que nuestros males provienen de un rechazo cultural, de un empeño de mutilación histórica. Ingenuamente se ha pensado que para ser modernos basta desprenderse del pasado y copiar conductas y modelos, ignorando que para ser modernos, ante todo es necesario ser algo y que ese algo en el presente es resultado del pasado. Olvidar eso es renunciar a lo que hemos sido y a lo que somos por lo que nunca seremos e hipotecar nuestra realidad por un futuro que nunca llegará, porque no es el nuestro y porque no hay futuros prestados.
La historia iberoamericana ha sido un doloroso proceso de hilvanar ausencias. En esos vacíos de lo que no se ha hecho, de lo que no se ha debido hacer o de lo que se ha olvidado, se han escapado invaluables posibilidades históricas. “Con frecuencia hemos olvidado, como advierte Leopoldo Zea, que el pasado si no es plenamente asimilado se hace siempre presente y que la historia no la componen los puros hechos, sino la conciencia que se tenga de ellos”.
La obra y el sacrificio de Martí han inspirado el pensamiento y la propia historia de América Latina. Recordar a Martí es siempre, en cierta forma recrear la historia de América, de nuestra América y enriquecer con su mirada diáfana de ayer, la mirada de hoy sobre un horizonte oscurecido.
La fe en su causa, que no sólo fue la causa de Cuba, sino la de todos los pueblos de América Latina y la de la lucha por la dignidad esencial del ser humano, sigue vigente como lo sigue también su propósito de construir una República Moral de América.
*El autor es filósofo.
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