El mar, “no me recuerdes el mar, que la pena negra brota en las tierras de aceituna bajo el rumor de las hojas”, yo sí lo recuerdo porque mi madre nos llevaba desde chiquitos, dormíamos con las calzonetas puestas esperando la hora de la salida, en la oscuridad del cuarto entre las sombras densas del alba sentía que nadaban tiburones, el viento silbaba y entraba por las rendijas de las tablas y me parecía arena que cosquilleaba en mis orejas, nos tomábamos la leche casi corriendo para subir a la plataforma del camión, siempre me gustó darle la cara al aire, hendirlo con la nariz y sentir su olor fresco a nada, inodoro, incoloro, insípido, transportando otros olores, el tufo de la carroña alborotado por los zopilotes que se peleaban las tripas en el rastro.