La democracia es patrimonio de toda la sociedad. Sean de izquierda, centro o derecha, todos los políticos, partidos y ciudadanos tienen la misma obligación de respetar las normas democráticas.
La democracia es patrimonio de toda la sociedad. Sean de izquierda, centro o derecha, todos los políticos, partidos y ciudadanos tienen la misma obligación de respetar las normas democráticas.
Lula tal vez hará algunas críticas y sugerencias a los regímenes más autoritarios de la región, pero seguramente hará causa común con los gobiernos de izquierda de Argentina, Colombia y México, entre otros, para apañar a las dictaduras en los foros internacionales.
Si las libertades políticas y los derechos humanos fuesen respetados, mucha gente que se ha ido y se está yendo del país, se quedaría y trataría de mejorar aquí sus condiciones de vida.
La libertad de prensa, que según la definiera el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, “es el sustrato básico sobre el cual se asienta la vigencia efectiva de todos los derechos fundamentales de la persona humana”.
No existe en el derecho internacional la potestad de los gobiernos —o mejor dicho de los gobernantes—, para negar los derechos políticos de los ciudadanos ni para imponerse y mantenerse en el poder a base de fraudes electorales.
Aquellas leyes que son dictadas como instrumentos de represión jurídica para sostener a un régimen autoritario y castigar a las personas que reclaman sus derechos, no son legítimas y no pueden ser fundamento del Estado de derecho.
En realidad lo que se demuestra en China, tanto con Deng Xiaoping como con Xi Jinping, es que en cualquiera de sus variantes: china, cubana o norcoreana, el comunismo es incompatible con la libertad y su enemigo más encarnizado.
La independencia del poder judicial es indispensable para garantizar la democracia. Por eso los miembros de partidos políticos no deberían ser magistrados ni jueces
Nicaragua tiene que recuperar su honra ante las Naciones Unidas. La recuperación de la democracia deberá lograrse en un esquema de transición pacífica que, además de la reconstrucción de la institucionalidad, el pluralismo político y un sistema judicial justo, restaure la dignidad de las personas y los derechos humanos.
Haría muy bien el régimen de Nicaragua, para la nación e inclusive para él mismo, si tomara ejemplo de las magníficas relaciones que cultiva el Gobierno de Honduras, con el Vaticano y con la Iglesia católica hondureña.