Estados Unidos enfrenta un enemigo más peligroso que Irán, Rusia o China: la falta de patriotismo de un gran sector de su población. El caso de la actual guerra con Irán lo demuestra elocuentemente. Lo que más ata las manos de Trump para poder acabar con el siniestro régimen de dicho país no es falta de poder militar sino la falta de apoyo de al menos la mitad del pueblo norteamericano. A dicha mitad no le importa tanto la seguridad nacional de Estados Unidos como que no suba el precio de la gasolina. No le preocupa que una nación como Irán, cuyo grito de guerra es “Muerte a América” pueda adquirir armas nucleares, sino tener que sacarse más dólares de su bolsillo por una posible inflación.
Es natural que a toda familia le preocupen sus ingresos, sobre todo sin son escasos. Pero una de las marcas del patriotismo es la disposición a soportar sacrificios en aras del interés nacional. Muchos, demasiados norteamericanos, quieren un patriotismo lite. Que no exija mucho. Apoyarían a su presidente si este termina pronto la guerra, aunque sea concediendo mucho al adversario, pero no si esta se prolonga o produce el gran tabú: botas en el terreno.
Estados Unidos es la potencia militar más formidable del planeta, pero que alberga una población que no está dispuesta a usarla si implica sacrificios económicos o sangre de sus soldados. La carta de triunfo más sobresaliente que enseñó Trump tras la extracción de Maduro, es que lo había logrado sin ningún muerto. Esto se agrava con el hecho de que los dirigentes del gran partido de oposición, el demócrata, adversan tanto a Trump que más les alegraría que perdiera la guerra que desterrar la amenaza iraní.
Trump lo sabe y está consciente de que si no aplaca a este sector de la población su partido republicano puede perder las elecciones de representantes en noviembre y con ello el vital control de las dos cámaras sin las cuales es cuesta arriba gobernar. Se siente pues obligado a terminar la guerra pronto, aunque esto implique hacer demasiadas concesiones al enemigo. Irán lo sabe y actúa en consecuencia: demanda cada día más y usa el chantaje del cierre del golfo de Ormuz para perseguir sus objetivos. Si el mando iraní supiese que Trump cuenta con el respaldo decidido de su pueblo para ganar la guerra no tendría más remedio que plegarse a sus demandas.
Hoy, por el contrario, tiene la desfachatez de exigir a Estados Unidos que impida a Israel —que no participó en los acuerdos— a defenderse de los ataques de Hezbolá, a sabiendas que no hacerlo dejaría a dicho país aliado expuesto, tarde o temprano, a una repetición de la atroz matanza de civiles del 7 de octubre de 2023. También exige el levantamiento de sanciones, y espera de Occidente la generosa oferta de 300 billones de dólares para rehacer su economía y, de rebote, su capacidad militar. De lo contrario seguirán estrangulando el estrecho y poniendo a Trump contra las cuerdas.
Mas no es solo el presidente quien está acorralado. Lo son también Estados Unidos, en la medida en que carece de una población suficientemente patriótica como para enfrentar con determinación adversario mortales. Estos lo saben y actúan, y seguirán actuando, en consecuencia. Ya Solzhenitsyn lo había advertido décadas atrás cuando señaló que uno de los grandes peligros de Occidente era la falta de valentía para enfrentar sus enemigos totalitarios. Es el problema que ha minado a tantos imperios: la pérdida de voluntad guerrera de poblaciones o élites ablandadas por el materialismo o la ausencia de ideales. A muchos preocupa el déficit fiscal. Más debería preocupar el déficit de patriotismo.
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra Prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.