El anuncio de un memorando de entendimiento entre Estados Unidos e Irán representa un importante paso adelante. Tras meses de hostilidades abiertas que han causado graves pérdidas humanas y materiales, además de importantes daños económicos a nivel mundial, el memorando proporciona una base fundamental para la diplomacia, capaz de revertir las consecuencias estanflacionarias de la guerra.
Dado que la guerra ha complicado aún más un panorama ya de por sí difícil para la mayoría de los países y empresas, es comprensible que el anuncio se celebre. Pero, por crucial que sea, es solo un primer paso. Un verdadero retorno a la estabilidad económica mundial aún depende de que todas las partes involucradas logren pasar de un acuerdo marco a un acuerdo duradero.
Por supuesto, esta incertidumbre no ha impedido que los mercados financieros mundiales reaccionen como si la actividad económica normal ya se hubiera restablecido. Las expectativas de una reapertura del estrecho de Ormuz y la reanudación de las exportaciones de energía a gran escala a los mercados internacionales han provocado una fuerte caída en los precios mundiales del petróleo; lo que, a su vez, ha impulsado los mercados bursátiles a nivel global, además de reducir los costos de endeudamiento.
Además, en las primeras horas posteriores al anuncio del acuerdo, algunos sectores del mercado de bonos revisaron a la baja sus previsiones sobre la agresividad con la que los bancos centrales tendrían que subir los tipos de interés, tras haber deducido que el memorándum podría conducir a una relajación de las restricciones de la oferta que alimentaban la inflación.
Pero el alivio duradero para la economía global dependerá de cómo Estados Unidos e Irán gestionen las profundas complejidades operativas que implica su acuerdo. Para los economistas y un sector importante de los mercados financieros, es demasiado pronto para declarar que todo está resuelto. Las próximas semanas estarán marcadas por una evaluación gradual de si la diplomacia renovada puede sobrevivir al contacto con las realidades estructurales.
En concreto, se necesita mayor claridad en cuatro cuestiones. Primero, ¿podrán los equipos técnicos de Estados Unidos e Irán dilucidar lo que el vicepresidente estadounidense JD Vance ha descrito como una gran cantidad de detalles aún por negociar? No solo deben resolver los problemas pendientes, sino también gestionar la inevitable transición del memorando de entendimiento a conversaciones constructivas sobre los problemas fundamentales que originaron la guerra, entre ellos el programa nuclear iraní y la cuestión más amplia de la seguridad regional.
En segundo lugar, la reacción de los actores internacionales y regionales podría consolidar o sabotear la frágil paz. Por un lado, están los aliados europeos y de Oriente Medio de Estados Unidos, deseosos de poner fin a la crisis energética. Aspiran a un esfuerzo multilateral más amplio para garantizar una paz duradera, un impulso que probablemente se pondrá de manifiesto en la cumbre del G7 de esta semana en Francia. Pero también está Israel, que ha continuado atacando objetivos en el Líbano y ya ha manifestado su negativa a retirarse del territorio que controla desde el inicio de la guerra.
En tercer lugar, la velocidad de la normalización será crucial para restablecer la salud económica mundial. Reabrir un punto estratégico como el estrecho de Ormuz no es tan sencillo como apretar un interruptor. Ajustar las tarifas de los seguros marítimos, llevar a cabo operaciones de desminado y aumentar la producción de energía requiere tiempo.
Por último, los responsables políticos deben evaluar cuidadosamente hasta qué punto la guerra ha dejado secuelas económicas, por un lado, y ha fortalecido la resiliencia, por otro. El alto el fuego no revierte automáticamente los efectos adversos, como el impacto en los costos globales, algunos de los cuales aún no se han materializado (especialmente en el sector alimentario). Sin embargo, estos impactos deben sopesarse frente a las medidas de fortalecimiento de la resiliencia que los países y las empresas se vieron obligados a adoptar, desde el establecimiento de cadenas de suministro de energía alternativas que eviten los puntos críticos actuales hasta un mayor énfasis logístico en los inventarios preventivos.
La mayoría de los economistas se abstendrán de declarar que todo está bajo control, ya que cada uno de estos problemas podría descarrilar o prolongar el proceso. Inicialmente, la cautela predominará en el enfoque de los responsables políticos, como se verá reflejado en los comentarios sobre las reuniones de política monetaria de los principales bancos centrales esta semana.
Esto incluye a la Reserva Federal de Estados Unidos. Si bien acogerá con beneplácito el alto el fuego, es improbable que dé por sentado que un acuerdo marco preliminar suponga una reversión completa e inmediata del impacto adverso de la guerra sobre la inflación. La Reserva Federal y otros bancos centrales esperarán pruebas tangibles de que se han resuelto los detalles, de que el estrecho de Ormuz permanecerá abierto y de que la producción y el transporte marítimo se restablecerán efectivamente.
Si bien el reciente anuncio es sin duda una buena noticia, no es definitivo. El camino desde una declaración de intenciones diplomáticas hasta una cadena de suministro energético completamente restablecida y sin inflación está sujeto a riesgos políticos, técnicos y físicos. De hecho, las próximas semanas se centrarán en la rapidez con que Estados Unidos e Irán logren superar los obstáculos para su implementación. Hasta entonces, la economía global permanece en un estado de incertidumbre y aún no se encamina hacia una recuperación definitiva.
El autor es expresidente del Queens’ College de la Universidad de Cambridge, es profesor de práctica en la Wharton School de la Universidad de Pensilvania, donde también es investigador global sénior en el Lauder Institute. Es asesor económico principal de Allianz, presidente de Gramercy Funds, autor de The Only Game in Town: Central Banks, Instability, and Avoiding the Next Collapse (Random House, 2016) y coautor (junto con Gordon Brown, Michael Spence y Reid Lidow) de Permacrisis: A Plan to Fix a Fractured World (Simon & Schuster, 2023).
Copyright: Project Syndicate, 2026.
www.project-syndicate.org