«Y nadie se atreve/Perturbar el sonido del silencio». Simon y Garfunkel.
Lo más escandaloso de la solicitud hecha por un grupo de nicaragüenses a los Estados Unidos para que, bajo el manto de la “comunidad internacional”, intervenga militarmente en nuestro territorio, es el silencio que ha prevalecido en torno al impacto que tendría esa intervención armada en la legitimidad de nuestro Estado, nuestra autoestima como nación, nuestra cultura política y las perspectivas de una verdadera democracia (ver: Nicaragua: Transición ordenada desde la dictadura hacia la democracia. Mayo, 2026, p. 16). Tampoco los ocultamientos, las mentiras y los disimulos de sus proponentes han recibido la atención que merecen.
¿No debería ser noticia de primer orden, sobre todo en este mes de la patria, que los Francisco Castellón Sanabria de este siglo no se atrevan a dar la cara para defender su petición a Washington para que nos invada y que, hasta la fecha, no hayan dado a conocer la versión en inglés de su petición de intervención, que seguramente prepararon para el Departamento de Estado de los Estados Unidos? ¿Por qué no demandamos explicaciones?
Este periódico, LA PRENSA, en el que tengo el gusto de presentar mis opiniones, ha dedicado más espacio a discutir los desmayos de Sheinnys Palacios en el programa de cocina en el que participaba y las actuaciones de nuestro beisbolista Jonathan Loáisiga, que a la aberrante idea de que los Estados Unidos intervenga en nuestro territorio militarmente y nos libere de la dictadura Ortega-Murillo; una dictadura que nosotros y, especialmente quienes solicitan hoy esa intervención, hemos reforzado con nuestra incapacidad para pensar y actuar políticamente con un poco más de orgullo y bastante menos vanidad. ¿Por qué tanto silencio?
¿No deberíamos estar discutiendo, en primera plana y a todo pulmón, lo que el desprecio de la administración Trump hacia nosotros, los latinoamericanos, puede significar para una Nicaragua intervenida por fuerzas armadas bajo el mando de esa administración? ¿Qué podríamos esperar, por ejemplo, de la fobia antilatinoamericana de figuras prominentes en Washington, como Stephen Miller, arquitecto de las campañas de terror que el gobierno de los Estados Unidos ha lanzado contra centenares de miles de inmigrantes, incluidos miles de nicaragüenses, algunos de ellos deportados a África? ¿Por qué no se discute en mil y un artículos y editoriales lo que sería la entrega de nuestros pocos bienes materiales y de lo que nos queda de capital moral a una administración estadounidense que, por su xenofobia, es digna heredera espiritual de William Walker y sus filibusteros?
¿Hubiera guardado silencio ante toda esta vergüenza Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, quien nos dijo con valentía y esperanza que Nicaragua volvería a ser república y no, que volvería a ser un protectorado yankee? Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, quien admiró a Sandino por “representar la rebeldía de un pueblo” decidido a defender su soberanía; esa soberanía que algunos hoy quieren canjear por una banda presidencial y puestos bien remunerados en un gobierno supervisado por Washington (LA PRENSA, 23/02/1963).
¿Y cómo habría actuado ante la solicitud de intervención militar de la “Transición Ordenada” el otro director de LA PRENSA, Pablo Antonio Cuadra (PAC), quien elogió la defensa de nuestra soberanía por Sandino como “la puesta en acción de la Oda a Roosevelt de Darío” (El Nicaragüense, Libro Libre, 1987, 83); Pablo Antonio Cuadra, quien celebraba la existencia en nuestro país de “un linaje de gallarda soberanía desde Diriangén a Sandino, chorotega de Niquinohomo” (ibid., 100). ¿Acaso perdimos ese linaje? ¿Enterramos la memoria de Pedro Joaquín y Pablo Antonio? ¿Deberemos repetir el lamento hecho preguntas de Rubén a sus cisnes?: “¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros? / ¿Callaremos ahora para llorar después?”
¿Perdimos nuestra autoestima?
Después de la debacle del sandinismo y su derrota electoral en 1990, nuestro país se movió políticamente hacia la derecha; es decir, en una dirección opuesta al socialismo y a todo lo que, en realidad o en los enredos conceptuales en que vivimos, olía a justicia social, igualdad de derechos, antiimperialismo y otros temas. En estas circunstancias, la idea de la soberanía se asoció a Sandino y Sandino al FSLN. Más allá de nuestras fronteras, la región latinoamericana se movió hacia posiciones “rosas” para luego derechizarse, por la desesperación de nuestra gente por encontrar soluciones electorales a su pobreza, vulnerabilidad e inseguridad social.
Luego de la masacre de 2018, la derecha de Nicaragua, la más atrasada del continente en doctrina y visión, se montó sobre la derechización del continente y del resto del mundo, imitando, ¡siempre imitando!, los peores ejemplos de esta tendencia política. ¡Viva la libertad, carajo!, gritan nuestros mileístas, mientras que muchos de ellos se abrazan a Trump, quien los desprecia por su acento, por su color o por su nombre. Por esta fatídica senda llegamos a donde estamos: suplicando una intervención militar estadounidense en nuestro país, que posiblemente no ocurrirá, si se sigue el patrón histórico de nuestro inveterado entreguismo: los Estados Unidos han intervenido militarmente en nuestro país un número de veces menor al de las invitaciones que les hemos hecho para que nos invadan.
Tal vez no vamos a ser intervenidos militarmente por los Estados Unidos, pero mañana recordaremos, hablaremos y escribiremos sobre el silencio que hoy impera en torno a la solicitud de intervención. Hablaremos de este silencio como un momento en que sufrimos un drástico deterioro de nuestra autoestima y de nuestra confianza en la capacidad de los nicaragüenses para formar y administrar un verdadero Estado y una verdadera nación. Digo esto y pienso en varios de los analistas que publican sus opiniones en este diario y hablan de la “Transición Ordenada” sin mencionar el elefante de la intervención que no ven o no quieren ver (ver, por ejemplo, Eduardo Matamoros, 10/09/26; Alex Hernández, 15/09/26; Donald Muñoz Canales, 14/09/26). Y si tiene estómago fuerte o está de acuerdo con él y no le importa un carajo lo que significa la soberanía de nuestro país, lea a Arturo McFields Yescas, quien celebra, sin empacho, que “la doctrina Monroe ha vuelto con el presidente Trump” y que no es simplemente “un discurso vacío o una promesa lejana” (21/08/26).
Tal vez no veremos botas militares estadounidenses en nuestro territorio, pero la vergüenza de este capítulo de nuestra historia será recordada y, algún día, hablaremos de los artífices de la propuesta de “transición ordenada” —Juan Sebastián Chamorro, Jaime Arellano, Félix Maradiaga, Luciano García y otros que no conozco—, como hablamos hoy del patético Adolfo Díaz y de los “demócratas” de León que invitaron a los filibusteros esclavistas de Walker.
Mientras llega ese día, yo busco entre mis libros a mis mayores. Lo hice ayer y encontré, entre ellos, al infinitamente lúcido Santiago Argüello, admirado por el mismo Darío, quien, en Mi mensaje a la juventud, publicado en 1928, en una Nicaragua intervenida militarmente por los Estados Unidos, nos dijo: “Necesitamos hombres [y mujeres]. Hombres [y mujeres] que no vayan a Washington como arrieros viciosos a malvender su ganado. Hombres [y mujeres] que no busquen más apoyo que el de la fe de sus conciudadanos. Hombres [y mujeres] que sepan que el auxilio de las propias fuerzas engrandece; y que el de la fuerza ajena serviliza” (Iniser, 1997, 76).
Necesitamos más de esos hombres y mujeres porque contamos con nicaragüenses de ese talante. Yo los he escuchado y leído. Yo he escuchado a Lludelly Aburto, Nelson Guadamuz, Mónica López Baltodano, Jimmy Morales y otros jóvenes, defender el “decoro nacional” por el que luchó Sandino. ¡Tu mensaje a la juventud, Santiago Argüello, sigue dando frutos!
El autor es profesor retirado de Ciencias Políticas en Western University de Canadá.