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La semana pasada, el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, lanzó un programa de «Día D económico» con el objetivo de aislar a Irán de todos sus socios comerciales. Hasta el momento, este bloqueo económico intensificado solo ha contribuido a la escalada del conflicto entre Estados Unidos e Irán, en lugar de acercarlo a su fin.
Es probable que esto no cambie, porque China no está dispuesta a cooperar. Y esta es la realidad que los responsables políticos estadounidenses deben afrontar ahora: la mayoría de las vías posibles hacia una paz duradera pasan por China.
Las guerras terminan porque una de las partes se rinde, o porque personas influyentes de ambos bandos se cansan de las pérdidas y quieren pasar página, o porque un tercer actor poderoso impone la paz. Desde esta perspectiva, el conflicto entre Estados Unidos e Irán podría prolongarse. Los sectores más intransigentes de ambos lados están firmemente afianzados. Irán no está dispuesto a rendirse, Estados Unidos no se arriesgará a una invasión a gran escala, y China, el único tercer actor con suficiente influencia para marcar la diferencia, parece inclinada a mantenerse al margen. Es improbable que la campaña de aislamiento económico de Bessent resulte decisiva sin el apoyo del socio comercial más importante de Irán.
Si China continúa haciendo negocios con Irán, lo más probable es que el actual liderazgo iraní sobreviva. Cualquier amenaza estadounidense contra China carece de credibilidad, dada la influencia que ejerce China sobre el suministro de minerales críticos necesarios para los sectores que impulsan el crecimiento económico en Estados Unidos y otros países importantes. Sin minerales críticos, no hay chips de computadora, y por lo tanto, no hay auge de inversión en inteligencia artificial para Estados Unidos.
Irán y Estados Unidos acordaron un alto el fuego en junio, seguido rápidamente por un memorando de entendimiento (MOU). Sin embargo, nada de esto ha conducido a una paz real. Irán sigue restringiendo de facto el paso por el estrecho de Ormuz, y Estados Unidos continúa rechazando a la mayoría de los buques vinculados con Irán. El MOU parecía prometedor sobre el papel, pero nunca fue implementado por completo por ninguna de las partes.
Cuando Estados Unidos e Israel atacaron a Irán a finales de febrero, y Irán respondió cerrando el estrecho de Ormuz, algunos estrategas creyeron que China presionaría para lograr una rápida resolución del conflicto, principalmente porque, hasta hace poco, hasta el 60% de sus importaciones de petróleo pasaban por dicho estrecho. Pero esto resultó ser un error de cálculo. China contaba con más de 1,200 millones de barriles —200 millones por encima de sus reservas habituales— cuando comenzó el conflicto, y aún hoy posee más de 1,150 millones de barriles.
Al mismo tiempo, la disrupción y el aumento de los precios mundiales del petróleo han acelerado la demanda de energías renovables y vehículos eléctricos, lo que ha beneficiado a las exportaciones chinas. Irónicamente, estos son los mismos sectores en los que China cuenta con una enorme capacidad ociosa. En ese sentido, la crisis actual ha pospuesto las pérdidas financieras en estos sectores.
En general, China resultó ser uno de los países menos sensibles a la crisis actual. Esto debería ser un factor importante a considerar en cualquier análisis futuro por parte de los responsables políticos estadounidenses y descarta la inestabilidad en Oriente Medio como una herramienta para contener a China.
El principal perjudicado por esta guerra es Oriente Medio en general. La economía mundial está aprendiendo a sobrevivir con exportaciones de petróleo y gas de la región que representan aproximadamente la mitad de los niveles previos al conflicto. Sin duda, se trata de un ajuste relativamente costoso, pero cuanto más se prolongue esta crisis, menor será la sensibilidad de la economía mundial a las perturbaciones en Oriente Medio. Esto podría no ser una buena noticia para los países exportadores de petróleo de la región, que probablemente perderán cuota de mercado a medio plazo.
Los países de la región, especialmente Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos y Qatar, también han aprendido que depender de la seguridad estadounidense podría no ser tan efectivo como creían. Arabia Saudita está intentando aumentar su dependencia de otros aliados regionales, mientras que Qatar y los Emiratos Árabes Unidos dialogan directamente con Irán y utilizan incentivos económicos para asegurar su propia seguridad. Estos cambios refuerzan el argumento de que la integración económica regional debe ser parte de la solución al actual estancamiento.
A primera vista, una mayor actividad diplomática por parte de los actores regionales podría reforzar la idea de que Estados Unidos se desentienda del asunto y deje el problema en manos de los vecinos de Irán. Sin embargo, resulta difícil prever cómo se abordaría la cuestión nuclear en este escenario, y sin resolver la preocupación por Irán, será muy complicado elaborar planes a largo plazo o incluso lograr una integración económica parcial en la región.
La única solución estable a esta crisis es aquella que involucra a China y aumenta la integración económica en la región, además de abordar la cuestión nuclear mediante la integración del programa iraní en una cadena de suministro regional de producción de electricidad civil liderada por China.
El presidente chino, Xi Jinping, tiene previsto visitar Washington a finales de septiembre. Quizás el conflicto entre Estados Unidos e Irán pueda resolverse en el marco de un diálogo más amplio con el presidente Donald Trump. O quizás China prefiera mantenerse al margen.
Los autores, Simon Johnson es premio Nobel de Economía 2024 y ex economista jefe del Fondo Monetario Internacional, es profesor en la Escuela de Administración Sloan del MIT, coautor (junto con Daron Acemoglu) de Power and Progress: Our Thousand-Year Struggle Over Technology and Prosperity (PublicAffairs, 2023) y copresentador (junto con Gary Gensler) del podcast Power and Consequences. Amir Kermani, profesor de Finanzas e Inmobiliaria en la Escuela de Negocios Haas de la Universidad de California, Berkeley, es investigador asociado en la Oficina Nacional de Investigación Económica (NBER).
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