Lista de reproducción
- No hay más artículos para escuchar
Se atribuye a Gengis Kan una frase tan brutal como memorable: “Yo soy el castigo de Dios. Si ustedes no hubieran cometido grandes pecados, Dios no les habría enviado un castigo como yo”.
Cada vez que observo el comportamiento de nuestra oposición, la frase vuelve a mi memoria y me obliga a formular preguntas dolorosas: ¿Tan malos e inmorales somos los nicaragüenses para merecer la oposición que tenemos? ¿Qué pecado colectivo cometimos para que, además de padecer una dictadura, tengamos que cargar con quienes dicen combatirla mientras se disputan méritos inexistentes, representaciones imaginarias y cargos en una transición que todavía no ha comenzado?
La dictadura no me preocupa porque sé perfectamente lo que pretende: conservar el poder. No oculta su naturaleza ni disimula sus métodos. Reprime, confisca, encarcela, destierra y elimina cualquier espacio de participación política. Su conducta es criminal, pero coherente con su propósito.
La oposición, en cambio, afirma querer liberar Nicaragua mientras actúa de una manera que prolonga nuestra impotencia. Por eso me preocupa más: porque promete ser alternativa, pero demasiadas veces termina convertida en complemento involuntario del régimen.
Haydée Castillo afirmó que la inclusión de Nicaragua en la agenda de la OEA era fruto de las gestiones que la oposición venía realizando. Miente. Puede ser que algunas organizaciones hayan hecho incidencia internacional y contribuido a mantener viva la denuncia. Pero atribuirse la ofensiva diplomática posterior encabezada por Estados Unidos es confundir —o pretender que confundamos— dos momentos distintos.
La convocatoria extraordinaria promovida por Washington no nació de la fuerza de nuestra oposición. Llegó después de que Daniel Ortega anunciara que no habría más elecciones y de que el régimen impulsara nuevas reformas para perpetuarse en el poder. Fueron Ortega y Rosario Murillo quienes, con su propia arrogancia, encendieron las alarmas internacionales y obligaron a Estados Unidos a llevar el caso al Consejo Permanente de la OEA.
Los avances observados en Washington y en la OEA son, ante todo, una reacción a los desmanes de la dictadura. Pretender presentarlos como una victoria opositora es apropiarse de un trofeo ganado por los errores del adversario. La ironía es devastadora: Ortega y Murillo han resultado más eficientes promoviendo el aislamiento de su régimen que la oposición combatiéndolo. Cada amenaza, cada reforma autoritaria y cada declaración delirante de los tiranos ha producido más reacción internacional que años de comunicados, plataformas, reuniones y fotografías opositoras.
Pero hay algo todavía más grave: mientras combate a la dictadura, una parte de la oposición ha terminado pareciéndose a ella. Rosario Murillo se arroga el derecho de hablar en nombre de todos los nicaragüenses sin haberse sometido jamás a una elección libre, auténtica y competitiva. Sin embargo, ciertos sectores opositores hacen exactamente lo mismo: dicen representar el sentir de toda Nicaragua sin haber recibido tampoco un mandato ciudadano.
Nietzsche advirtió: “Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo”. Después de tantos años enfrentando a un régimen intolerante, excluyente y obsesionado con fabricar enemigos, nuestra oposición comienza a reproducir sus peores hábitos. El régimen divide a Nicaragua entre patriotas y vendepatrias; algunos opositores la dividen entre opositores puros y supuestos colaboradores. La dictadura descalifica a quien discrepa; cierta oposición también lo hace. Murillo decide quién puede hablar en los medios oficiales; nuestros pequeños círculos opositores deciden quién merece un micrófono.
Nicaragua tiene hoy una de las peores oposiciones posibles: se ataca, se descalifica y se vigila a sí misma. En vez de recibir con inteligencia a quienes abandonan al dictador, los lapidamos públicamente. Cada disidente es tratado como infiltrado y cada ruptura con el régimen despierta sospechas. ¿No debería una oposición inteligente estimular las deserciones dentro de la dictadura? ¿Cómo pretendemos debilitar al tirano si castigamos a todo aquel que lo abandona? El mensaje que transmitimos es absurdo: si permaneces junto al régimen, este te protege; si lo abandonas, la oposición te recibe a pedradas.
Para colmo, las entrevistas y los programas de los medios opositores parecen monopolizados por las mismas personas. Siempre las mismas voces, los mismos rostros y los mismos invitados. Se entrevistan unos a otros, se citan entre sí y terminan convenciéndose de que ese pequeño circuito representa al país. ¿Dónde están las figuras nuevas? ¿Dónde están los jóvenes, los campesinos, los trabajadores, los pequeños empresarios, los exiliados anónimos y quienes todavía resisten dentro de Nicaragua? ¿Por qué los micrófonos circulan siempre entre las mismas manos?
La dictadura ya trabaja todos los días para destruirse moral y políticamente. La pregunta es si, llegado ese momento, la oposición habrá aprendido a ser diferente de aquello que pretende sustituir.
El autor es intelectual nicaragüense exiliado en España.