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El evangelio de este domingo inicia con un grito salido del corazón y dirigido a Jesús en medio de la angustia: “¡Señor, hijo de David, ten compasión de mí!” (Mt 15,22). Se trata de una mujer cananea, desesperada por su hija que sufre graves tormentos (Mt 15,22). Invoca a Jesús llamándole “hijo de David”, reconociéndolo como mesías y mostrando que, aunque es extranjera, conoce la esperanza de Israel.
La mujer va detrás de Jesús, gritando e implorándole la curación de su hija, pero Jesús parece indiferente, hasta el punto de que los discípulos le piden que la atienda para superar el incómodo incidente. Jesús responde con una sorprendente frase: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel” (Mt 15,24). Como auténtico judío, educado en la religión del pueblo elegido, Jesús está convencido de que las promesas y las bendiciones de Dios son exclusivas del pueblo de Israel.
Jesús aparece aquí con todo el realismo de su humanidad. Como todo ser humano, Jesús fue condicionado por la historia y la cultura de su tiempo y del pueblo al que perteneció. Nos ocurre a todos. Somos el resultado de convicciones, tradiciones y valores que hemos aprendido en el seno de nuestra sociedad y de nuestra religión. Es hermoso ver cómo Dios se hizo tan humano en Jesús, hasta el punto de vivir como todos los seres humanos, condicionado por las ideas de su propia sociedad, cultura y religión.
Ante el silencio de Jesús, la mujer insiste y, postrándose a sus pies, le vuelve a dirigir su petición: “¡Señor, ayúdame!” (Mt 15,25). Esta vez Jesús le responde, aunque todavía de modo negativo: “No está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos” (Mt 15,26). Los hijos son los israelitas (cf. Ex 4,22); la expresión “los perritos”, que designaba animales considerados impuros en Israel, era un modo despectivo con el que los israelitas llamaban a quienes no eran judíos. Jesús reacciona como un judío. Está convencido de que “el pan de los hijos”, es decir, la bendición divina, estaba destinado solo al pueblo de Israel.
Ante la negativa de Jesús, la mujer continúa insistiendo. No niega la primacía de Israel en el designio de Dios como pueblo elegido y muestra que acepta la motivación religiosa de Jesús. Le dice: “sí, Señor”, es verdad lo que dices, pero añade a continuación: “pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos” (Mt 15,27). La mujer no entra en discusiones teológicas ni intenta rebatir tradiciones religiosas. Ella habla desde la vida, desde su dolor de madre, al ver sufrir a su hija. Lo único que sabe es suplicar. Razona desde una perspectiva distinta de la de Jesús. Jesús habla desde una ideología; ella, desde la realidad dramática que vive. Jesús insiste desde una perspectiva religiosa excluyente; ella, en cambio, desde su dolor confía en que Dios, en su infinita bondad, no excluye a nadie de su amor ni lo abandona en su necesidad.
En ese momento ocurrió algo inesperado. Jesús quedó impactado por la actitud y las palabras de la mujer, convencida de que a Dios le importaba la salud de su hija cananea, aunque no fuera israelita. Ella intuía en su corazón que para Dios cuenta que el hombre crea, pero cuenta más todavía que el hombre viva. Ese razonamiento, fundado en la infinita bondad de Dios, para quien todos los seres humanos son sus hijos e hijas, encontró eco en el corazón de Jesús. Él mismo acogía con amor y devolvía la dignidad a quienes la sociedad y la religión descartaban: los pecadores, los leprosos, los pobres. Al escuchar la súplica de aquella madre pagana, Jesús tomó mayor conciencia de que todos los seres humanos, no solo los israelitas, estaban llamados a la curación y a la salvación de Dios.
Jesús reconoce en las palabras y la actitud de aquella mujer una fe inmensa y se deja interpelar por ella hasta decirle: “mujer, ¡qué grande es tu fe! que se cumpla lo que deseas”, palabras eficaces que provocan de inmediato la curación de su hija (Mt 15,28). Jesús la escuchó con atención y se dejó convencer: el dolor no conoce fronteras y Dios es bueno con todos los seres humanos. Ante el dolor humano se impuso la compasión divina y Jesús relativizó sus condicionamientos culturales y religiosos para abrirse a un horizonte más universal.
Este evangelio nos muestra a Jesús profundamente humano: libre, noble, capaz de superar los condicionamientos de su propia cultura y de abrir el corazón al dolor ajeno. Pudo más su compasión que sus ideas. Es de gran altura humana tener una mente abierta, dispuesta a dejarse convencer por una lógica superior a la propia, y más aún cuando esa lógica es la del amor. Ser flexibles y dialogantes no es debilidad; ceder no siempre es perder. La rigidez mental revela pobreza humana y casi siempre oculta heridas no resueltas.
Esa misma rigidez mental, llevada al terreno de los pueblos, se convierte en tragedia. Detrás de los regímenes que se imponen arrebatando la dignidad y la libertad de las personas siempre hay mentes empobrecidas, intolerantes, incapaces de escuchar y dialogar, para quienes solo cuentan sus propias ambiciones. Encerrados en sus ideas y en sus proyectos de poder, viven en un mundo paralelo, ignorando la realidad. Bajo el pretexto de ser los únicos capaces de representar al pueblo, no dudan en desmantelar las instituciones democráticas e imponer la dictadura del pensamiento único. La intolerancia, los totalitarismos, el racismo, el desprecio al extranjero o a otras religiones son formas de exclusión que dañan la convivencia humana. De nada sirven las ideas sin amor: son dañinas y siempre desembocan en nuevas idolatrías.
El evangelio de hoy nos invita a no quedarnos encerrados en nuestros propios intereses e ideas, ignorando el dolor humano y levantando barreras entre las personas y los pueblos. No hay que instalarse cómodamente en el reino de las ideas. Son inútiles e inhumanas la religiosidad excluyente, la ética vacía de bondad y la intelectualidad sin sabiduría. Hay que saber escuchar a los demás, aunque piensen diferente, y vivir siempre abiertos a la realidad con sus dolores y contradicciones.
En el encuentro de Jesús con aquella mujer cananea, sobre todo, se revelaron la fuerza de una fe humilde y perseverante y el esplendor de un amor compasivo y misericordioso. El evangelio de hoy nos enseña que, delante de Jesús, nunca es inútil gritar desde nuestro dolor, nuestras preocupaciones o nuestros fracasos. Jesús nos acogerá siempre con la infinita compasión de Dios, que supera todas las barreras que los hombres podamos construir y es más grande que todos los males que podamos hacer.
Silvio José Báez, o.c.d.
Obispo Auxiliar de Managua