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Roberto “Bobby” Espino, el gran símbolo del exitoso equipo Búfalos-Bóer de finales de los años setenta, y uno de los apenas seis nicaragüenses que han ganado un título de bateo en un campeonato mundial de beisbol amateur, ha fallecido este viernes.
Nacido hace 71 años en Managua, Espino fue siempre un ejemplo de entrega absoluta al beisbol, muy cercano a los aficionados y con gran sentido del humor, pero estaba afectado por problemas de salud desde hace meses y estos se habían agudizado.
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A finales de junio del año pasado, debió ser internado en el hospital César Amador de Matagalpa tras sufrir un infarto al miocardio que obligó su ingreso a cuidados intensivos. Espino estaba en el estadio listo para dirigir a Río San Juan cuando se enfermó.
Jugador de extraordinarias habilidades para defender, pero sobre todo para batear, Espino debutó en el beisbol de Primera División en 1973 con un discreto promedio de .196 (56-11), pero al año siguiente tuvo la primera de nueve campañas sobre .300 en su carrera.
El apogeo de Roberto Espino
Espino vivió su mejor época a partir de 1976 cuando resumió .310 con 18 jonrones y 70 carreras empujadas. Un año después bateó .352 con 58 remolques y en 1978 subió a .368 con 19 tablazos y 78 impulsadas. Y en esos tres años, los Búfalos fueron campeones.
En ese mismo 1978, el “Bobby” se convirtió en campeón de bateo en el Mundial de Italia con un promedio de .500 (32-16) con el que superó a los feroces artilleros cubanos Luis Giraldo Casanova (.444) y Fernando Sánchez (.432) entre los mejores bateadores.
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Roberto siguió encendido en 1979 a nivel local con .339 y en 1980 con .370 aunque en solo 13 juegos y 46 turnos, debido a una suspensión. Y tras volver al Bóer en 1982, Espino rugió con .321 en 1983 y Noel Areas se lo llevó a la Selección Nacional ese año.
Y resultó pieza esencial para la obtención de la medalla de plata en los Juegos Panamericanos de Caracas en 1983 al resumir un promedio de .375 (32-12) y se convirtió en líder de un equipo que tras hundirse en la Copa de Bélgica, resurgió en los Juegos en Venezuela.
Espino siempre jugó por amor…
Después de su retiro en 1993 (el segundo, porque el primero fue en 1987 con todos los honores en el viejo Estadio Nacional), se dedicó a trabajar como coach de bateo y mánager de varios equipos en el beisbol pinolero, justo la tarea que realizó hasta sus últimos días.
Y aunque a menudo era un hombre callado, cuando hablaba hacía reír: “metés a Nemesio Porras, Orlando Ocampo y Ramón Padilla en una licuadora y no sale un Bobby”, solía decir. Y era en los noventa, cuando esos tres artilleros infundían miedo al pitcheo nacional.
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“Yo siempre jugué por amor… a los reales”, decía en otros momentos. Y, sin embargo, fue un ejemplo de entrega total al juego, al extremo de que una vez llorando devolvió el uniforme de la Selección al cometer tres errores en un juego. Tony Castaño lo fue a traer a su casa.
“Solo los que no han jugado viven haciendo alharaca sobre el bate de madera o aluminio. El que es buen bateador batea hasta con un palo de fósforo”, agregaba el “Bobby”, quien desde este viernes ya no está entre nosotros. Se ha ido a la eternidad, pero queda su obra.
Afectado por lesiones, Espino jugó en parte de 15 temporadas a nivel local. Su promedio al bate fue de .303, con 1,013 hits conectados, de ellos 75 cuadrangulares, con 484 carreras impulsadas. Fue ingresado al Salón de la Fama del Deporte Nacional en 2009.