La involución sandinista

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La generación más vital de nuestro país es la que muchos intentaron nombrar como “los nietos de la revolución”: una generación en la que las figuras de Somoza, Sandino o Carlos Fonseca se vuelven cada vez más lejanas. Por el contrario, es una generación más cercana a las apuestas de los nuevos tiempos: la inteligencia artificial, la creación de contenido para redes sociales como una nueva forma de informar y comunicarnos, de estar cerca pese a la distancia.

También cambiaron las aspiraciones. Es una generación que cada vez quiere parecerse menos a los grandes revolucionarios del siglo pasado, porque tiene rostro y voz de mujer. Por lo tanto, es una generación que concede menos importancia a las vanaglorias del mismo patriarcado que, en muchas ocasiones, terminó alimentando el aura de los caudillos. Y, precisamente por eso, es una generación cada vez más incompatible con la Revolución Sandinista.

A lo largo de estos cuarenta y siete años se ha hablado mucho de la dimensión histórica que representó este movimiento al derrocar a uno de los regímenes más crueles de la Centroamérica de los años setenta. Desde el inicio de la crisis de 2018, además, se han cuestionado con mayor intensidad las metamorfosis del sandinismo.

Por estos motivos resulta incomprensible el silencio —o, en algunos casos, el excesivo tacto— con el que ciertos movimientos progresistas a nivel mundial todavía se refieren a la situación de Nicaragua, cuando el Frente Sandinista dejó hace mucho de representar siquiera las escasas aspiraciones de transformación social del país y terminó convirtiéndose en la plataforma monstruosa mediante la cual una familia se apropió del poder, de los recursos y del futuro de nuestra nación.

Sería interesante que figuras como Pablo Iglesias, Ione Belarra, Claudia Sheinbaum o el propio Lula da Silva respondieran qué tiene de democrático no condenar abiertamente a un régimen que tortura, encarcela, desaparece, viola, exilia, desnacionaliza y reduce al mínimo la dignidad humana de quienes se le oponen. Como si no fuera comparable con lo que España vivió durante la dictadura de Franco.

Esa preocupación mundial por el avance de la ultraderecha se vuelve superflua cuando no existe una sola palabra para un país del continente americano que entregó su vida por construir institucionalidad y al que esta le fue arrebatada por un hombre que se vendió a sí mismo como «el gallo», que fue denunciado por su hijastra por abuso sexual y que terminó prohibiendo a las nicaragüenses el derecho al aborto terapéutico. Al final del día, ese es el legado del sandinismo para nuestro país: un residuo triste que entorpecerá cualquier iniciativa verdaderamente progresista que surja en Nicaragua durante los próximos años.

En un país lleno de liderazgos positivos surgidos de los feminismos, del campesinado, del movimiento sindical y de las comunidades indígenas y afronicaragüenses, resulta paradójico que la propia izquierda sea hoy víctima de un régimen que ya no tiene reparo en demostrar que constituye la nueva oligarquía. De la revolución no quedó nada; solo un par de tiranos seniles.

El autor es estudiante de Economía. Secretario general de Convergencia.

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