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En los últimos años Nicaragua ha registrado un crecimiento sostenido del PIB, pero este no ha incidido en el mercado laboral, cuya precariedad sigue intacta. A las altas tasas de informalidad y subempleo en los últimos años se sumó una migración sin precedentes, que sirvió como mecanismo de expulsión de mano de obra calificada. Mientras tanto, en una clara desvinculación con el mercado laboral, los centros de estudio siguen produciendo profesionales que en su gran mayoría están condenados al subempleo. Un título universitario o técnico no garantiza un empleo en el campo de estudio.
Esto ocurre porque en Nicaragua la productividad está estancada y la educación superior no forma profesionales según las necesidades del mercado laboral, que sigue demandando mano de obra con escasa o nula calificación. Por tanto, técnicos, ingenieros, licenciados y hasta médicos terminan insertos en puestos operativos de servicios básicos, call centers de baja calificación o actividades comerciales. Situación que, además de frustraciones, genera pérdidas a las familias, a la sociedad y al Estado.
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El modelo de crecimiento económico nicaragüense exhibe un comportamiento expansivo en términos cuantitativos. El Producto Interno Bruto (PIB) real registró incrementos de 4.4 por ciento en 2023, de 3.6 por ciento en 2024 y de 4.9 por ciento en 2025.
Subempleo fue de 39.4 % en 2025
«Sin embargo, la contradicción fundamental estriba en que este crecimiento no está correlacionado con un proceso de cambio estructural o sofisticación tecnológica. Las actividades que dinamizan la producción agregada se concentran en sectores tradicionales de baja intensidad tecnológica y nulo valor agregado, tales como la construcción, el comercio, la hotelería, la minería y la agricultura extractiva o de subsistencia», dice el análisis La paradoja del Capital Humano de Nicaragua: universidad, empleo y crisis de productividad, publicado en el sitio EconomistVision.
Aunque en Nicaragua las estadísticas oficiales suelen mostrar tasas porcentuales bajas de desempleo abierto, estas ocultan el verdadero núcleo de la precarización laboral, que es el subempleo. «En 2025 la tasa de subempleo se situó en un alarmante 39.4 por ciento y consolidó una tendencia al alza. En el caso específico de los profesionales calificados, este fenómeno se manifiesta a través de la sobreeducación o subutilización del talento», explica el análisis.
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Un economista, que por temor a represalias pide omitir su nombre, explica que el subempleo es el resultado de la desvinculación entre el sistema educativo y la demanda del mercado laboral. Porque mientras los sectores que mantienen dinámica la economía se caracterizan por la escasa tecnificación y nulo valor agregado, el sistema de educación superior y técnica opera con una lógica de expansión de la oferta orientada a la emisión masiva de títulos, desvinculada de la estructura de demanda del mercado laboral.

Miles de profesionales van al subempleo
«Se genera así una severa tensión. Las universidades y centros tecnológicos gradúan a miles de profesionales en áreas tradicionales u otras de poca relevancia y aplicabilidad a la economía real bajo la premisa de la movilidad social (o capacidad de mejorar el nivel de vida). Pero el patrón de acumulación económica del país continúa demandando de forma predominante mano de obra no calificada y de muy baja remuneración. Este descalce sectorial anula el rendimiento económico de la escolaridad y estanca la productividad agregada», señala el economista.
Él coincide con el análisis de EconomistVision en que, de acuerdo con la escala económica del país, la magnitud de la oferta educativa de Nicaragua es elevada. Especialmente si se toma en cuenta la falta de capacidad del mercado laboral formal para absorber mano de obra calificada.
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«El sistema de educación superior aglutina una matrícula regular estimada en alrededor de 180,000 estudiantes dentro del Consejo Nacional de Universidades (CNU) y cerca de 200,000 en el sistema ampliado. Por su parte, el Instituto Nacional Tecnológico (Inatec) reporta más de 43,000 jóvenes matriculados en carreras técnicas aplicadas a la industria, comercio y el sector agropecuario. En conjunto, este contingente en formación representa entre el 6 y el 7 por ciento de la Población Económicamente Activa (PEA)», dice el análisis.
Subempleo genera pérdidas
El estudio añade que Nicaragua presenta un índice de informalidad laboral estructural que afecta aproximadamente al 82 por ciento de la población ocupada. Esta carece de cobertura de la seguridad social, estabilidad de contratos y amparo legal. El subempleo ronda al 40 por ciento de la población ocupada, evidenciando que el empleo formal es un bien muy escaso.
«Como resultado, la masificación de profesionales y técnicos deriva en una inflación de credenciales. En el mercado laboral los títulos universitarios pierden su poder diferenciador y se convierten en un requisito mínimo para disputar puestos precarizados cuyos salarios resultan insuficientes para cubrir el costo real de la canasta básica familiar», asegura el economista.
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El subempleo profesional, según los especialistas, constituye una «pérdida invisible» de riqueza económica y social. Ingenieros, administradores y licenciados terminan insertos en puestos operativos de servicios básicos, call centers de baja calificación o actividades comerciales informales. Desde la perspectiva de la economía del desarrollo, esto representa una triple pérdida:
1. Individual, por el nulo retorno de la inversión en tiempo y recursos.
2. Familiar, por la frustración que genera no llenar las expectativas de movilidad social o capacidad de mejorar el nivel de vida.
3. Estatal, debido a la pérdida de los recursos invertidos en la creación de capacidades que se desprecian y disipan en la baja productividad.

Formar profesionales no se traduce en desarrollo
Para los especialistas la realidad económica de Nicaragua demuestra que la «acumulación cuantitativa» de títulos y diplomas educativos no se traduce de forma automática en desarrollo económico, ni en incrementos de la productividad. Esto es provocado, entre otros factores, porque los currículos académicos permanecen desactualizados frente a los requerimientos de la era digital y la automatización global.
Además, advierten que por no investigar la problemática y los requerimientos del sector productivo nicaragüense el sistema de educación superior, que tras la masiva confiscación de universidades privadas está dominado por universidades públicas, se redujo a una «maquila de títulos» que produce profesionales estandarizados para un ecosistema empresarial rezagado, que opera de espaldas a la innovación tecnológica.
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«La paradoja del capital humano en Nicaragua es el síntoma inequívoco de un colapso en los vasos comunicantes entre la educación superior y el modelo productivo nacional. El crecimiento macroeconómico reciente, si bien es positivo en sus agregados contables, es ciego a la subutilización masiva de su fuerza de trabajo, a la persistencia del empleo informal y al éxodo continuado de sus mentes más cualificadas», advierte el economista.
Hacer cambios para lograr el desarrollo
Esta paradoja obliga a Nicaragua a redefinir su matriz de acumulación económica, porque el verdadero motor del bienestar social duradero no emana de la ventaja competitiva espuria de los salarios bajos o de la dependencia de las remesas que mandan sus migrantes. «El desarrollo genuino se conquista cuando el conocimiento generado en las aulas y centros técnicos se asimila de forma orgánica en un tejido empresarial diversificado, complejo y de alto valor agregado, capaz de transformar el talento humano acumulado en un factor dinámico de innovación, soberanía productiva y cohesión social», expone el análisis.
Además, detalla que para superar la trampa del crecimiento sin calidad es fundamental pasar de la actual política aislada de «formación de personas» a una estrategia de «formación para la transformación de la plataforma productiva». Para lograrlo se requieren reformas multidimensionales.
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Reformas educativas, para reconfigurar la oferta hacia un modelo de educación técnica superior de ciclo corto y alta tecnología. Ajustes económicos para diseñar una política industrial activa orientada a la diversificación productiva y el incremento del Índice de Complejidad Económica (ECI por sus siglas en inglés).
Ajustes educativos, políticos y sociales
Además, es fundamental establecer incentivos para que empresas nacionales y extranjeras inviertan en sectores intensivos en conocimiento (agroindustria de precisión, energías renovables, servicios tecnológicos exportables) y que forjen vínculos directos de coinversión e investigación con laboratorios universitarios.
También se requieren ajustes políticos que permitan restaurar de forma efectiva el marco institucional de la autonomía universitaria y la libertad de investigación, y elevar el presupuesto público indexado a metas medibles de investigación y desarrollo (I+D). También estructurar una política de Estado en ciencia, tecnología e innovación desvinculada de coyunturas o ciclos políticos.
Finalmente, se requieren ajustes sociales para recomponer el salario real a través de incrementos ligados de forma directa a la productividad laboral real. «Es urgente implementar políticas activas de empleo formal para jóvenes profesionales, subsidiando la primera inserción laboral calificada, al tiempo que se reforma la base contributiva del Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS), para integrar esquemas de formalización, atractivos para el trabajador del conocimiento independiente», recomienda el análisis.
