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Venezuela atraviesa días de profundo dolor. Los dos fuertes terremotos ocurridos en la tarde del miércoles 24 de junio, han llenado de angustia a miles de familias y observamos la fragilidad de aquello que creemos permanente.
Ante una tragedia como esta, lo primero debe ser el respeto por la pérdida humana. Detrás de cada persona fallecida, herida, desaparecida o desplazada hay una familia que hoy enfrenta un dolor imposible de resumir en una cifra. Hay niños esperando noticias, padres buscando a sus hijos, vecinos removiendo escombros y comunidades enteras intentando comprender cómo continuar. Ninguna reflexión debe desplazar ese duelo. Venezuela debe acompañar, con humanidad y sin indiferencia, a quienes han perdido a alguien, un hogar, un negocio o la certeza de estar a salvo.
Los venezolanos tenemos la costumbre de olvidar demasiado rápido las grandes lecciones que nos deja la historia. Pasan los años, desaparece la preocupación inmediata y volvemos a cometer los mismos errores. Así ocurrió después del terremoto de 1967, que golpeó con fuerza a Caracas y al litoral central. Aquella tragedia dejó enseñanzas sobre la necesidad de construir mejor, inspeccionar permanentemente las edificaciones, fortalecer los organismos de protección civil y educar a la población para responder ante emergencias.
Hoy, casi seis décadas después, la naturaleza vuelve a recordarnos que aquellas lecciones nunca debieron archivarse.
Pero en medio de la tragedia también ha emergido algo profundamente venezolano: la solidaridad. Desde las primeras horas, ciudadanos, vecinos, médicos, bomberos, voluntarios, organizaciones no gubernamentales, iglesias, empresas y grupos comunitarios comenzaron a movilizarse. Unos ofrecieron transporte, otros alimentos, medicinas, herramientas, hospedaje, información o simplemente una mano para ayudar a alguien a salir de una situación de peligro.
Esa respuesta recuerda que la sociedad civil no es un actor secundario. En los momentos más difíciles, suele convertirse en una red esencial de cuidado, coordinación y esperanza. La capacidad de organizarnos, de compartir recursos y de poner el bienestar colectivo por encima de las diferencias demuestra que Venezuela conserva una enorme reserva moral. La solidaridad no reemplaza las responsabilidades del Estado, pero sí sostiene a las comunidades mientras llegan las respuestas institucionales y permite salvar vidas cuando cada minuto cuenta.
Este terremoto también obliga a mirar con seriedad el estado de nuestras obras e infraestructuras. Un país expuesto a riesgos sísmicos no puede tratar el mantenimiento de edificios, hospitales, escuelas, puentes, sistemas eléctricos, carreteras, aeropuertos y redes de agua como un gasto prescindible. El mantenimiento es una política de prevención; es una inversión en vidas humanas. Con demasiada frecuencia creemos que gobernar consiste solamente en inaugurar una obra. Sin embargo, una obra pública no termina cuando se corta la cinta inaugural. Allí comienza una responsabilidad aún mayor: su mantenimiento permanente.
Las estructuras no colapsan solamente por la fuerza de la naturaleza. Muchas veces también fallan por años de abandono, falta de inspección, reparaciones postergadas, normas incumplidas, materiales inadecuados y ausencia de planificación. Cada edificio que no recibe atención oportuna puede convertirse en una amenaza silenciosa. Cada sistema público que se deteriora sin supervisión reduce la capacidad del país para responder a una emergencia.
Por ello, la reconstrucción no puede limitarse a reparar lo visible. Debe incluir diagnósticos técnicos independientes, inspecciones rigurosas, refuerzo de edificaciones vulnerables, actualización y cumplimiento de normas sismorresistentes, planes de evacuación, sistemas de alerta, simulacros en escuelas y comunidades, y una estrategia nacional de gestión de riesgos que tenga continuidad más allá de la conmoción del momento.
Prevenir no significa creer que los terremotos pueden evitarse. Significa entender que sus consecuencias sí pueden reducirse. La diferencia entre una emergencia difícil y una catástrofe mayor depende, muchas veces, de decisiones tomadas años antes: una obra bien construida, un edificio mantenido, una comunidad capacitada, un hospital preparado, una institución que actúa con rapidez y transparencia.
También debemos proteger la memoria. Venezuela ha vivido tragedias que, con el tiempo, corren el riesgo de convertirse en recuerdos lejanos. Sin embargo, olvidar es una forma de vulnerabilidad. Honrar a las víctimas exige aprender de lo ocurrido y convertir el dolor en compromiso: compromiso con la seguridad, con la planificación, con la transparencia y con el cuidado de lo común.
Hoy el país necesita unidad. No una unidad que silencie las responsabilidades, sino una que permita priorizar la vida, atender a quienes más lo necesitan y reconstruir con mejores criterios. Necesita instituciones capaces, comunidades organizadas y ciudadanos dispuestos a sostenerse mutuamente.
El terremoto del miércoles 24 nos recordó que somos vulnerables, pero también que no estamos solos. Entre los escombros, el miedo y la incertidumbre, Venezuela ha vuelto a mostrar que su mayor fortaleza está en su gente: en quien rescata, dona, acompaña, informa, cura, comparte y no abandona.
Que esa solidaridad no sea solo una respuesta ante la tragedia. Que se convierta en la base de un país que cuida mejor a su gente, mantiene sus obras, protege sus comunidades y aprende, a prevenir antes de lamentar.
El autor es venezolano, fue gobernador del estado nueva Esparta (Margarita) y de Caracas. Fue ministro del interior en el gobierno de Carlos Andrés en el 92, cuando Hugo Chávez dio el golpe de Estado.