Inmer Antonio, el niño de tres años que murió tras ser arrollado por un motociclista, en Managua. Foto: Cortesía/Melisa Pastrán.

Inmer Antonio, el niño de tres años que murió tras ser arrollado por un motociclista, en Managua. Foto: Cortesía

«Siempre quiso ser un superhéroe». La historia de Inmer, el niño que murió arrollado por motociclista que huyó

Estaba a pocos meses de cumplir sus cuatro años de edad. Sus padres se lo celebrarían con la temática de la Patrulla Canina

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Colochito. Así conocían todos a Inmer Antonio Rivas López, de 3 años. Su carisma y la dulzura propia de su infancia conquistaban a cualquiera que lo conociera. En el kínder le gustaba hacer amigos, pero lo que más disfrutaba era acompañar a su madre, Melissa Pastrán, a vender sus productos en el parque central de Nandaime, en Granada. Pero su vida se apagó abruptamente la tarde del 18 de junio, cuando un motociclista lo atropelló causándole la muerte y huyó del lugar.

La mañana de aquel jueves, Melissa Pastrán se preparó junto a su pequeño hijo para ir a ver a su esposo, Inmer Rivas. Él es conductor de buses y pasa la mayor parte del tiempo en carretera, cubriendo rutas entre Peñas Blancas, en Rivas, y Corinto, en Chinandega. Por eso, cada semana, Melissa emprende el viaje desde Nandaime hasta Managua con la esperanza de compartir, aunque sea por unas horas, la cercanía de la familia.

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Ese día, madre e hijo dejaron atrás su rutina: el negocio quedó cerrado y el niño no asistió al kínder, todo con tal de vivir un momento en familia. Melissa recuerda que el pequeño se preparó con ilusión para el viaje. «Poneme pantalón y una camisa de mangas», le pidió, porque quería verse elegante para su papá. «Y me echás mi perfume», insistía, emocionado.

Durante el trayecto, no dejaron de sonreír. Se tomaron fotos, grabaron videos y atesoraron cada instante, sin imaginar que esos recuerdos se convertirían en los últimos de un día que había comenzado con tanta alegría. Al llegar, a la altura del kilómetro 11 de la Carretera Vieja a León, encontraron al padre reparando un bus. Inmer, entusiasmado, no dudó en acercarse para ayudarle, pasándole herramientas con la ilusión de compartir ese momento a su lado.

Melissa Julieth Pastran, de 33 años (a la derecha), madre de Inmer Antonio (a la izquierda), quien murió arrollado por una motociclista. Foto: Mellisa Pastran/Cortesía.
Melissa Julieth Pastrán, de 33 años (a la derecha), madre de Inmer Antonio (a la izquierda), quien murió arrollado por una motociclista. Foto: Cortesía

Ya avanzada la tarde, cerca de las 3:40, decidieron salir a buscar algo para comer. Querían comprarle a Inmer un quesillo con cacao, su antojo favorito cada vez que visitaba a su padre. Pero antes de continuar el camino, hicieron una breve parada en un Súper Express. Allí, el pequeño no pudo resistirse y se compró una «gomita de Messi», el dulce que siempre pedía.

Se lo arrebató de las manos

Inmer caminaba de la mano de su padre, mientras su madre avanzaba unos pasos detrás. Ambos cruzaron primero la carretera en busca del quesillo, mientras Melissa permanecía en la línea amarilla, esperando que pasara una motocicleta que, segundos después, acabaría destruyendo la tranquilidad de su familia.

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Según relató la madre, padre e hijo ya se encontraban a salvo, más allá de la línea blanca, a la orilla de la vía. Fue en ese instante cuando el conductor de la motocicleta impactó al menor, lanzándolo varios metros.

Melissa recuerdó que, por un momento, sintió que su «corazón se detuvo», como si el tiempo se hubiera pausado. Mientras el padre permanecía paralizado ante la escena, ella corrió desesperada, sin percatarse de los vehículos que se aproximaban, hasta caer de rodillas junto al cuerpo de su hijo, que yacía boca abajo en un charco de sangre.

Niño de tres años muere en accidente de motocicleta. Foto: Noticenter/Facebook/Mary D'Molina.
Niño de tres años muere en accidente de motocicleta. Foto: Noticenter/Facebook/Mary D’Molina

Al evocar lo ocurrido, contó que el pequeño aún dio dos leves suspiros. En esos últimos instantes, expulsó sangre e incluso arrojó la gomita que había comido minutos antes. «Le pedía a gritos a Dios que no se lo llevara, que me llevara a mí», expresó entre el dolor y la impotencia.

En ese momento, una patrulla de la Policía pasaba por la zona, convirtiéndose en la única esperanza. El menor fue trasladado de inmediato al Hospital Carlos Roberto Huembes. Entre la velocidad del vehículo y el sonido desgarrador de la sirena, Melissa no soltó la mano de su hijo, mientras el padre lo cargaba, aferrándose a la fe y suplicando a Dios que no lo dejara morir.

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Al llegar al hospital, ella tuvo que quedarse afuera. Minutos después, una doctora salió a buscarla y la condujo a un cuarto. Desesperada, Melissa le rogó que no la sedaran. «Cuando logré contener un poco mi llanto, le pregunté: ‘¿Se me murió, verdad?’. Ella solo asintió con la cabeza», relató. Poco después, el padre llegó llorando, la abrazó y le dio la confirmación más dolorosa: «Se nos fue».

Un adiós doloroso

Melissa comenzó a hablar de su hijo, de lo hermoso y especial que era, mientras las doctoras guardaban un silencio profundo ante su dolor.

«Cuando me dejaron verlo, su cuerpecito aún estaba tibio. Le besé esos piecitos, tan lindos y pequeños. Luego tomé su manito, la besé y me la acerqué al rostro. Cuando me armé de valor para destaparle la cara, ahí estaba mi niño… como dormidito», relató entre el dolor.

Colochito (al centro) junto a su padre ( a la derecha) y su madre (a la izquierda). Foto: Cortesía/Melissa Pastrán.
Colochito (al centro) junto a su padre y su madre. Foto: Cortesía/Melissa Pastrán

Melissa siempre fue una madre dedicada a Inmer. Cada mañana le preparaba su pacha de leche, como parte de esas rutinas que construyen el amor cotidiano. Incluso en medio de la tragedia, dentro del hospital y frente al cuerpo de su hijo, ese instinto no desapareció.

«Le hice una pachita y le puse calcetines porque el cuarto estaba frío y yo sentía que mi niño tenía frío», recordó. El pequeño vestía su bóxer favorito, uno de dinosaurios. «Qué lindo ese bóxer, papachito», le susurró, aferrándose a él en un intento desesperado por no dejarlo ir.

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El cuerpo le fue entregado hasta el viernes 19 de junio. Ese día, la familia lo trasladó a su casa en Nandaime, donde fue despedido entre lágrimas, abrazos y el cariño de amigos, compañeros de kínder y familiares.

Al día siguiente, fue sepultado al son de filarmónicos y rodeado de globos blancos, en un último gesto de amor para quien en vida era conocido con ternura como Colochito.

Vela de Colochito en su casa en Nandaime. Foto: Cortesía/Melissa Pastrán.
Vela de Colochito en su casa en Nandaime. Foto: Cortesía

Un cumpleaños planeado

La vida de Inmer Antonio Rivas López estuvo marcada desde el inicio por los viajes, las historias de superhéroes y el sacrificio constante de sus padres. Nació el 3 de octubre de 2022, en el Hospital Mauricio Abdalah, en Chinandega. Su llegada al mundo ocurrió en medio de una carrera contra el tiempo. Según relató su madre, un día antes de dar a luz decidió viajar a Corinto, donde trabajaba su esposo.

Horas después de llegar, rompió fuente de forma repentina. En medio del miedo y la incertidumbre, tuvieron que salir de emergencia hacia el hospital. Aquel primer trayecto, lleno de tensión, marcaría el inicio de una vida en constante movimiento: viajes que unían a la familia en abrazos y reencuentros. Así fue desde su nacimiento y, tristemente también en el último día de su vida.

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Los cumpleaños de Inmer eran momentos sagrados. Cada año, sus padres se esforzaban por celebrar a su pequeño como él soñaba. Las fiestas estaban inspiradas en mundos de fantasía: el primer año fue Spider-Man, el segundo un safari lleno de animales, y el tercero «Baby Shark». Siempre alquilaban un local para hacer de cada celebración un recuerdo inolvidable.

Pero este año sería distinto. Inmer ya tenía su propio deseo: quería una fiesta de la Patrulla Canina, pero no en un salón, ni rodeado de adultos. La quería en el CDI El Maternal, el lugar donde compartía a diario con sus amigos, donde su mundo era más real y más feliz.

Desde que tenía año y medio asistía a ese centro. Fue también a esa edad cuando su madre comenzó a llevarlo con ella a trabajar. Ella se gana la vida vendiendo frutas y dulces mexicanos en el parque central de Nandaime, frente a la Alcaldía. Allí, entre jornadas largas y esfuerzo silencioso, Inmer crecía acompañado del amor y la lucha diaria de su madre.

La gente lo quería

Mientras Melissa llegaba cada mañana a instalar su puesto, él corría sin detenerse hacia el portón del CDI, ubicado justo frente al parque. Apenas pedía su merienda y, con la prisa de quien no quiere perder ni un minuto, se adelantaba hasta encontrarse con el guarda. Siempre era el primero en llegar, aunque la entrada era a las 8:00 de la mañana, Inmer ya estaba allí desde una hora antes.

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Melissa recordó que, antes de que su hijo iniciara el primer nivel en El Maternal, era su inseparable compañero de trabajo. Cada mañana empezaba con un pequeño ritual. Su hermana mayor, de 14 años, le rizaba cuidadosamente el cabello, y él se colocaba sus cadenas, mirándose con orgullo. «Me veo guapo, mamá», le decía con una elegancia que arrancaba sonrisas.

Luego partían juntos en el triciclo de Melissa rumbo al parque central. Allí, entre frutas y dulces mexicanos, Inmer no solo acompañaba, también ayudaba. Colaboraba armando la mesa, atento, curioso, feliz de ser parte de ese esfuerzo diario.

Colochito vendiendo en el puesto de su madre. Foto: Cortesía/Melissa Pastrán.
Colochito vendiendo en el puesto de su madre. Foto: Cortesía

Los clientes ya lo conocían. Lo saludaban por su nombre, le pedían que los atendiera, que fuera él quien despachara los dulces. Algunos, con cariño, le preguntaban cuál era su favorito y se lo dejaban pagado a su madre para que lo disfrutara después. «Era su hazaña de todas las mañanas», recordó Melissa, con una leve sonrisa que lucha contra la tristeza.

Cuando salía del CDI, su rutina continuaba junto a su madre. Volvía a su lugar en el triciclo, a sus pequeñas tareas, al trajín diario que ya sentía como propio. Para su madre, Inmer era un niño risueño, imposible de ignorar. Sus colochos dorados, que le dieron el apodo de Colochito, llamaban la atención de todos. Eran rizos brillantes que despertaban curiosidad y ternura a su paso. Muchos preguntaban si eran naturales, y ella, con orgullo, respondía que sí.

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En el parque se ganó el cariño de todos. Hizo innumerables amigos, incluso entre los trabajadores de la Alcaldía. A cada uno lo saludaba a su manera, con ese gesto que lo caracterizaba: el puño extendido, cómplice, lleno de picardía. «A todos les daba el puño», recordó su madre.

«Sentimientos encontrados»

La muerte inesperada de Inmer dejó una herida imposible de cerrar. Para Melissa y su esposo, su ausencia se convirtió en un «dolor irreparable» que los acompaña a cada momento.

En un intento por sentirse cerca de él, todos los días visitan su tumba y comparten allí un desayuno silencioso, como si aún pudieran acompañarlo en su rutina. «Venimos a platicar con él; nuestro angelito nos hace una falta enorme», expresó Melissa, con la voz quebrada.

Colochito compartiendo con sus amigos en el parque. Foto: Cortesía/Melissa Pastrán.
Colochito compartiendo con sus amigos en el parque. Foto: Cortesía

El padre de Inmer también ha sentido profundamente su partida. Según relató Melissa, entre ambos existía un vínculo entrañable, tejido en pequeñas rutinas cotidianas. Compartían la mesa, las risas. Cuando estaban juntos eran inseparables. «Le decía que él quería ser un superhéroe».

Hoy, esas mismas horas se han vuelto las más difíciles. El silencio en la mesa pesa más, y la ausencia se vuelve insoportable. «Llora al recordarlo», contó Melissa, mientras describe cómo el dolor se instala con más fuerza al caer la noche cuando el vacío se hace evidente en el lugar que antes ocupaba su hijo en la cama.

Piden justicia

A once días del accidente, Melissa no ha dejado de buscar justicia. El dolor no le ha dado tregua, pero tampoco la ha detenido. Sigue tras la pista del responsable, el motociclista que tras atropellar a su hijo, huyó sin brindarle auxilio.

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Mientras las autoridades continúan con su búsqueda, ella y su esposo han regresado una y otra vez al lugar de la tragedia, tratando de reconstruir lo ocurrido, de encontrar respuestas entre el silencio.

En medio de ese dolor silencioso, Melissa dijo hablarle a su hijo. Le pide una señal, cualquier indicio que le permita acercarse a quien le arrebató la vida. Dijo que aún recuerda «la mirada del diablo» del motociclista, una imagen que la persigue, pero que no basta para identificarlo.

El Colochito (a la derecha) junto a su padre Inmer Antonio (a la izquierda). Foto: Cortesía/Melissa Pastrán.
El Colochito junto a su padre Inmer Antonio (a la izquierda). Foto: Cortesía/Melissa Pastrán.

Desesperada, clama por ayuda. Pide a quien sepa de un motociclista que no haya regresado a casa, o de una motocicleta roja con negro, con daños en la parte delantera, que lo denuncie. No se cansa, no se rinde. Se aferra a la esperanza de encontrarlo, de que la muerte de su hijo no quede impune y de que, al menos, la justicia logre darle un poco de paz a su dolor.

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