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La derecha triunfó recientemente en Colombia y Perú, pero los márgenes de sus victorias fueron mínimos. Esto demuestra que en muchos países la izquierda o partidarios del socialismo siguen teniendo el respaldo de casi la mitad de la población. El fenómeno no es privativo de las sociedades más pobres. De acuerdo con Gallup Poll, el 66 por ciento de los demócratas norteamericanos, y más de mitad de la generación Z, simpatizan con el socialismo. Esto es algo que debe preocupar mucho a los amantes de la libertad; a quienes creen que el sistema capitalista o de libre empresa es el mejor motor del progreso y la democracia liberal la que mejor protege los derechos y aspiraciones individuales.
Es cierto que hay muchas clases de izquierdas y socialismos; desde la muy moderada, que busca expandir al Estado benefactor e imponer más regulaciones al sector privado, hasta la más radical, que busca estatizar —o nacionalizar, como prefiere llamarlo— los medios de producción y concentrar en manos del Estado tanto poder como sea posible. Mas hay un común denominador ético y filosófico que las une: uno de ellos es la desconfianza y a veces hostilidad abierta hacia la iniciativa privada y las libertades individuales. En lugar de ver al empresario como productor de riqueza, innovación y progreso, la izquierda suele verlo como el explotador o codicioso que acumula dinero a costa de los pobres. En lugar de favorecer la autonomía individual quiere dictar desde arriba su comportamiento y creencias. Otro factor es ver al Estado con gran simpatía por conceptuarlo como la fuerza benéfica capaz de frenar la rapiña empresarial y redistribuir los recursos a favor de los menesterosos.
La retórica izquierdista-socialista es atractiva. En un mundo que dividen entre ricos y pobres ellos se presentan como abanderados de estos últimos. Prometen sacarlos de sus miserias quitándole a quienes tienen más y multiplicando los servicios, subsidios y transferencias para la población de bajos ingresos. De aquí que sea característico de todos ellos aumentar los impuestos, particularmente a los ricos. También que consideren que el Estado es mejor administrador que los empresarios y crean que poniendo empresas “en manos del pueblo” —eufemismo para significar Estado— estas funcionarán mejor: venderán más baratos sus productos y mejorarán la calidad de los mismos. De aquí que favorezcan la nacionalización de ferrocarriles, comunicaciones, energía, etc., y que el socialista Mandani, alcalde de Nueva York, quiera crear supermercados estatales.
Quienes piensan y sienten así, se presentan ante la población como los políticos de mayor corazón; aquellos que sufren ante las necesidades de los pobres y se empeñan en satisfacerlas. Mas dicha pretensión esconde el hecho de que tal actitud caritativa buscan realizarla a costa de los bolsillos de otros. Igual que el afán de aumentar el tamaño y poder del Estado esconde también el hecho que les sirve para premiar a su propia clase política y crean enormes burocracias, agradecidas, sumisas e ineficaces.
Lo extraño es que a pesar de que el récord histórico muestre elocuentemente la falsedad de dichas promesas, tantos lo desconozcan. Porque basta con un conocimiento elemental de la realidad para descubrirlo. Doquiera que se ha probado el socialismo ha sido un fracaso patente. Los casos son tan obvios —la Unión Soviética, Cuba, Venezuela, Corea del Norte y muchos etcéteras— que resulta sorprendente que no basten para desacreditar completamente las agendas de estos mesías del pueblo.
Cuando el socialismo dominaba la mitad de Alemania tanta población quería escapar hacia el occidente capitalista que tuvieron que crear un gran muro para evitarlo. Pero aún las versiones suaves de socialismo invitan a empacar. En Estados Unidos no hay muros, pero millares de habitantes de los llamados estados azules, dominados por izquierdistas demócratas, están emigrando hacia los rojos (derechistas republicanos).
Obviamente una de las razones por la cual las fórmulas socialistas siguen atrayendo es por ignorancia, es decir, por falta de educación o información objetiva. Los políticos y profesores de izquierda siguen contaminando mentes porque no hay fuerzas educativas que los contrarresten. Esta es una realidad que debería interpelar a quienes pueden dedicar más recursos a la lucha ideológica a favor de la libertad: la clase empresarial rica. Su insuficiente involucramiento en la batalla de ideas es, paradójicamente, una de las causas del porqué las malas siguen seduciendo a tanta gente. Ojalá reaccionen. Mucho está en juego.
El autor es sociólogo e historiador. Es autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.