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La cumbre del mes pasado entre el presidente estadounidense Donald Trump y el presidente chino Xi Jinping indicó que la relación sino-estadounidense está pasando de una intensa confrontación a una mayor estabilidad. Ambas partes se han comprometido a fomentar una «relación constructiva de estabilidad estratégica». Si bien sus desacuerdos no han desaparecido, ambas han comprendido que la escalada continua es costosa, peligrosa e insostenible. La competencia debe regirse por normas y las disputas deben gestionarse.
Este juicio se basa en una sólida lógica estratégica. Durante la Guerra Fría, la perspectiva de la «destrucción mutua asegurada» impidió que Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrentaran en un conflicto militar directo. Ninguna de las partes confiaba en la otra, pero ambas comprendían que no podría haber un verdadero vencedor en una guerra de escalada entre potencias nucleares.
Una lógica similar se aplica a la relación económica entre Estados Unidos y China. Por supuesto, la interdependencia económica no es lo mismo que la disuasión nuclear, y los posibles costos de los errores de cálculo no alcanzan el mismo nivel. Pero en un mundo de cadenas de valor globales interconectadas, Estados Unidos y China han desarrollado innegablemente una relación de «daño económico mutuo garantizado». Si cualquiera de las partes intentara debilitar a la otra mediante una desvinculación total, tácticas de presión extrema o medidas para cortar las cadenas de suministro, también perjudicaría a sus propias empresas, consumidores y mercados financieros.
Esto marca un cambio importante en las relaciones entre grandes potencias. Históricamente, los países que entraban en guerra mantenían vínculos económicos limitados. Incluso durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial, el comercio se expandió, pero gran parte se produjo entre diferentes sectores. Solo después de la Segunda Guerra Mundial el comercio se volvió cada vez más intraindustrial, y ahora la relación económica entre Estados Unidos y China ha ido más allá. Es más profunda y amplia que las formas anteriores de interdependencia económica entre grandes potencias.
A mediados de la década de 2020, Estados Unidos y China no se limitaban a comprar y vender entre sí. Sus economías estaban profundamente integradas en los mismos sistemas de producción, redes de innovación y mercados financieros. Intensificar un conflicto bilateral implica arriesgarse a sufrir graves consecuencias. Esto es cierto tanto para la guerra como para una desvinculación integral.
Si bien la interdependencia económica no previene automáticamente la guerra, sí eleva el costo de permitir que un conflicto se descontrole. Funciona como una especie de póliza de seguro o fuerza estabilizadora, pero solo cuando los países respetan las fronteras básicas, mantienen abiertos los canales de comunicación y reconocen la importancia de evitar errores de cálculo peligrosos.
La guerra entre Rusia y Ucrania ofrece un ejemplo aleccionador de cómo las cosas pueden salir mal. Antes de la guerra, Europa y Rusia estaban estrechamente conectadas a través de su comercio energético. Pero esa relación no impidió las hostilidades. El problema radicaba en la naturaleza de la dependencia, demasiado concentrada en un solo sector, estructuralmente asimétrica y fácilmente instrumentalizada una vez que las relaciones políticas se deterioraron. La lección no es que la interdependencia económica sea un baluarte ineficaz para la paz, sino que debe estar equilibrada y gestionada adecuadamente.
En los últimos años, muchos países han hecho hincapié en la reducción de riesgos, la seguridad de las cadenas de suministro y la autonomía estratégica. Estas preocupaciones son comprensibles. La pandemia de covid-19, las nuevas guerras, las sanciones y las restricciones tecnológicas han puesto de manifiesto las vulnerabilidades y las disyuntivas inherentes a la globalización. Sin embargo, si toda forma de interdependencia se considera una amenaza para la seguridad y todo vínculo económico una fuente de debilidad estratégica, el mundo corre el riesgo de sustituir un peligro por otro. La reducción de riesgos podría derivar en desacoplamiento, y la búsqueda de la seguridad de las cadenas de suministro podría desencadenar una confrontación directa entre bloques globales.
Un mundo más fragmentado no sería más seguro. Las restricciones que las grandes potencias se imponen entre sí serían menores y el riesgo de conflicto mucho mayor. Por lo tanto, el objetivo no es acabar con la interdependencia, sino hacerla más segura, equilibrada y gobernable. Debemos fortalecer la resiliencia sin dejar de ser abiertos, preservar la cooperación sin dejar de competir y mantener la comunicación a pesar de los desacuerdos. La reducción de riesgos debe tener límites, las políticas de seguridad deben ser proporcionales y la competencia estratégica debe contar con salvaguardias.
Esta visión se alinea con el antiguo concepto chino de he er bu tong (和而不同): “Armonía sin uniformidad”. Armonía no significa eliminar las diferencias, sino evitar que estas conduzcan a la confrontación. En las relaciones internacionales modernas, esta idea puede plasmarse mediante la inclusión institucional. Necesitamos un orden internacional capaz de integrar a las grandes potencias con sistemas, trayectorias de desarrollo e intereses diferentes dentro de un mismo marco global.
La reciente cumbre entre Estados Unidos y China fue significativa porque puso de relieve la constatación compartida de que dos potencias nucleares profundamente arraigadas en la economía global no pueden convertir la escalada en una estrategia a largo plazo. Las relaciones entre Estados Unidos y China, naturalmente, seguirán implicando competencia y fricciones. Pero si ambas partes logran mantener la competencia dentro de los límites establecidos, limitar las preocupaciones de seguridad a límites razonables y convertir la interdependencia en un factor de estabilidad en lugar de un arma, habrán sentado las bases para la paz.
La interdependencia no garantiza la paz, pero sin ella, la paz se vuelve más frágil. La tarea de Estados Unidos y China ahora es lograr que su relación de interdependencia sea más equilibrada, basada en normas y gobernable. La alternativa es un mundo mucho más peligroso.
El autor, investigador sénior de la Academia China de Ciencias Sociales, es autor de numerosos libros, entre ellos Reshaping the Global Industrial Chain: China’s Choices (Reconfigurando la cadena industrial global: las opciones de China).
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