En Panamá el hemisferio dejó de fingir

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La 56ª Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos (OEA), celebrada la semana pasada en Panamá, dejó una conclusión inequívoca: el hemisferio ya no está dispuesto a guardar silencio ante la deriva autoritaria del régimen Ortega‑Murillo.

Nicaragua no estuvo presente en la sala, pero su ausencia se convirtió en el eje moral y político de la reunión. Por primera vez en años, la región habló con claridad, coherencia y sentido de responsabilidad histórica.

Desde la sesión inaugural, el presidente panameño José Raúl Mulino marcó el tono al afirmar que Nicaragua representa una ruptura democrática que no puede normalizarse. No fue una frase diplomática. Fue un reconocimiento de que la represión, la persecución y el desmantelamiento institucional en nuestro país han dejado de ser un asunto interno para convertirse en un desafío hemisférico.

Costa Rica, en la voz del canciller Manuel Tovar Rivera, recordó al plenario que la crisis nicaragüense tiene rostros humanos concretos: la muerte de Brooklyn Rivera bajo custodia estatal, la detención de sus familiares, la desnacionalización masiva, el exilio forzado y la represión transnacional.

El vicesecretario de Estado de Estados Unidos, Cristopher Landau, destacó que el patrón de detenciones arbitrarias, tortura y desapariciones forzadas coincide con las conclusiones del Grupo de Expertos en Derechos Humanos sobre Nicaragua de la ONU, que determinó que algunos abusos podrían constituir crímenes de lesa humanidad. Exigió la liberación inmediata de todos los presos políticos y un mantenimiento firme de la presión internacional.

El representante de Estados Unidos ante la OEA, el embajador Leandro Rizzuto Jr. dedicó en la Asamblea General de la OEA en Panamá una intervención especialmente contundente sobre Nicaragua, denunciando que el país se ha convertido en un “Estado policial dinástico” bajo el control de Ortega y Murillo, con violaciones sistemáticas de derechos humanos, persecución religiosa que ha expulsado a cientos de clérigos y dejado a decenas de sacerdotes en riesgo de apatridia, y represión política que incluyó la muerte bajo custodia del líder indígena Brooklyn Rivera; su mensaje buscó reafirmar que, pese al retiro del régimen de la OEA, la comunidad hemisférica mantiene el escrutinio sobre la crisis nicaragüense y considera su deterioro democrático un problema regional.

Además, Chile, a través del embajador José Miguel Castro aportó la memoria histórica de un país que conoce las consecuencias del silencio ante la arbitrariedad. Argentina subrayó que, aunque el régimen de Nicaragua haya abandonado la OEA, no ha escapado de sus obligaciones bajo la Convención Americana de Derechos Humanos. Canadá y República Dominicana reforzaron el consenso: lo que ocurre en Nicaragua no es normal, no es aceptable y no puede ser ignorado.

Pero el cambio más significativo ocurrió en la redacción del documento final. El párrafo relativo a una posible reincorporación de Nicaragua a la OEA —un texto que en su versión inicial era apenas un gesto protocolario— se transformó en una declaración de principios. Lo que comenzó como una frase tibia sobre “mantener la puerta abierta” terminó convertido en un mensaje firme: la puerta existe, pero no se abrirá mientras persistan la represión, la apatridia, las confiscaciones, la persecución política y la violación sistemática de los derechos humanos.

El texto final establece condiciones claras: liberar a los presos políticos, restablecer las libertades civiles, poner fin a la desnacionalización y a las confiscaciones, y cumplir con el sistema interamericano de derechos humanos. La OEA no cerró la puerta, pero se negó a aceptar la simulación de que la normalidad es posible bajo una dictadura.

Este giro no es menor. Es un reconocimiento de que la crisis nicaragüense no se resolverá con gestos simbólicos ni con silencios cómplices. El hemisferio entendió que la legitimidad democrática no puede regalarse y que la reinserción de Nicaragua en la comunidad interamericana solo será posible cuando el país vuelva a ser república, cuando su pueblo deje de ser sometido por el miedo.

En Panamá, la OEA no resolvió la tragedia hemisférica que significa Nicaragua. Pero dio un paso indispensable: dejó de fingir. Y cuando la comunidad internacional deja de fingir, los regímenes autoritarios empiezan a temblar porque salen del terreno que más necesitan para sobrevivir: la indiferencia del mundo.

Nicaragua volverá algún día a ocupar su asiento en la OEA. Pero deberá hacerlo cuando vuelva a ser república. Volverá solamente como una nación libre, con instituciones restauradas y con derechos garantizados.

Ese es el mensaje que el hemisferio envió desde Panamá. Y es el mensaje que LA PRENSA, fiel a su compromiso con la verdad y la justicia, lo mismo que con la libertad y la democracia, seguirá defendiendo.

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