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El historiador Kevin O’Reilly, exjefe de misión de Estados Unidos en Nicaragua, ocupa cuatro palabras para describir a la dictadura familiar que rige los destinos de Nicaragua: “Es una estructura inestable”. Pero este diplomático tiene un retrato más completo y complejo sobre un sistema rígido, dirigido por Daniel Ortega y Rosario Murillo, donde “hasta la misma familia tiene el derecho de apoyar a los padres, pero no asumir responsabilidades (políticas)”.
O’Reilly acaba de retirarse del servicio exterior de Estados Unidos. Puso fin a una experiencia de 38 años que lo llevó a distintas partes del mundo, entre ellos a Ciudad México, Santo Domingo, Buenos Aires, Yakarta y, por supuesto, a Nicaragua.
De sus vivencias nicaragüenses atesora muchos recuerdos, algunas bolsas de café obsequiadas por amigos y una mascota que un día apareció en su vida en Managua. “Es un inmigrante de Nicaragua. Se llama Lorenzo”, explica en una conversación por Zoom desde Washington, justo cuando el gato gris pasa a sus espaldas buscando una ventana para llegar al patio.
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El diplomático reapareció el 5 de mayo en un foro en la capital de su país. Habló sobre la dictadura. Es originario de Evanston, Illinois. Tiene una maestría en Artes por la Escuela Naval de Guerra de los Estados Unidos. Le gusta citar al poeta Walt Whitman y desciende de inmigrantes irlandeses. Su abuelo William llegó a Chicago en 1915.
Muchos nicaragüenses piensan que la caída de Maduro en Venezuela y las conversaciones de Estados Unidos con Cuba pueden poner a Nicaragua en el centro de la atención política de la potencia norteamericana. El diplomático afirma que la administración de turno en Estados Unidos podría considerar “presiones más directas”, pero son declaraciones que él mismo aclara que hace desde fuera del servicio exterior.
—Usted dice que dejó el servicio exterior en abril. ¿Cómo se dice a sí mismo que se jubiló después de ser un trotamundos?
¡No!, ¡está bien! Entré bastante joven en nuestro servicio diplomático, directamente de un curso de estudios en el derecho y después de un postgrado en Relaciones Internacionales. Y tuve la oportunidad de empezar en el sudeste de Asia, pero pasé el mayor tiempo de mi carrera en las Américas. O trabajando en varias instituciones de nuestro gobierno acá en Washington.
Y tuve la oportunidad de trabajar en temas culturales, seguridad pública, análisis de la situación o las relaciones bilaterales entre mi país y México, Argentina, Indonesia, la Dominicana, Nicaragua, Panamá y varios otros desafíos (…) No siempre fue algo fácil, pero siempre muy satisfactorio. Una oportunidad para contribuir.
—¿Y Nicaragua?
En Managua era también interesante, porque Nicaragua está en una situación…. (ríe) interesante. Con graves dificultades. Y yo frecuentemente dije a mis amigos, colegas, a mi familia que es un país maravilloso con un gobierno desagradable.
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—Usted dio un diagnóstico en diciembre sobre los problemas del país. Meses después, ¿cómo observa la situación?
Yo adopté la práctica, durante mi estadía allá —en nuestras comunicaciones, en mi manera de hablar—, de hablar nunca de régimen. Porque régimen (la palabra) quizás es abstracta. No es hablar en mi idioma nativo con claridad.
Dictadura es bien claro. Hasta los que no siguen día a día a la situación en Nicaragua, entienden perfectamente bien que es una dictadura. Ustedes entienden mejor que cualquier extranjero que hay una destrucción o corrupción de las instituciones del Estado. Yo leí anoche que una radio desapareció en las últimos 24 o 36 horas.
Esto simplemente indica una tendencia constante, durante mucho tiempo, en que ni tratan de tapar los objetivos del Estado. Desde una vez que pasaron como dictadura, en la crisis de 2018 (…), empezaron a eliminar la autonomía afuera y adentro de las estructuras del Estado y del mismo movimiento, partido, organización… ¡que ahora es el FSLN orteguista!

“Dos problemas: represión y dificultad de movilizar apoyo afuera”
La crisis a la que hace referencia el diplomático surgió cuando la dictadura atacó a balazos las masivas protestas. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) dijo que 355 personas fueron asesinadas entre el 18 de abril de 2018 y 31 de julio de 2019. La represión se ha traducido en cárcel, privación de nacionalidad, destierro, más control social a lo interno y espionaje contra los exiliados.
“Hay dos problemas que veo para Nicaragua. Primero la represión aumentando, y de una manera no gradual, pero en este mismo momento, no dramático. Entonces, para movilizar el apoyo afuera del país, es un poco difícil. Pero no hay voces disonantes en el gobierno, en las instituciones de la justicia, la Asamblea Nacional, los municipios, la comunicación mediática permitida adentro, las fronteras del país. Entonces es muy rígida la estructura. Y estructuras rígidas se mantienen poniendo restricciones sobre la sociedad hasta que rompen”, explica el diplomático.
—¿Qué puede ocurrir? Usted definió la dictadura como personalista en el conversatorio del 5 de mayo organizado por el centro de pensamiento Diálogo Interamericano.
Para preparar nuestra discusión, fui a ver las declaraciones del sandinismo entre 1975, 76 y 80. Los compromisos que hicieron para el nicaragüense de la época. Diría que, primero, traicionaron al pueblo con los compromisos institucionales. Traicionaron a muchos de sus propios miembros de los varios movimientos que apoyaron a lo que pasó en 1979.
Es decir, seguro que hay muchos nicaragüenses que nunca estuvieron de acuerdo con todo lo que ocurrió. Pero hasta los que apoyaban a la Revolución del 79 han visto una traición de todos los principios enunciados para movilizar a su gente en la época. Y traicionaron a los aliados de la familia Ortega Murillo.
Pusieron al margen, no solamente a los del grupo del MRS (Movimiento Renovador Sandinista), pero a gente que han acompañado a ellos durante décadas. No hay mucha flexibilidad. Hay unos tecnócratas que son jóvenes, es decir, que tienen 60 años. O algo así. Y en los cuadros de servicios del inteligencia policiales, hay unos que tienen 45 o 50 años. Pero los que toman decisiones eran los jóvenes del 79 (…).
Ahora tienen 74… 80 años o más, y los acompañantes como el canciller, que era un joven universitario en la época, tienen 66 o 67. Y sus compañeros de la época están en la cárcel o en el exilio. Es decir, si uno empieza tomando como legítimos los compromisos que hicieron con la sociedad durante los años dorados del sandinismo, ¡no existe más! ¡Es orteguismo!
Y, por eso, yo dije que era una institución personalista. Que (la) gente no toma decisiones de manera independiente, sin el beneplácito personal de uno de los llamados “copresidentes”. No hay sostenibilidad, ni del mismo sistema, porque cuando estos pasan del escenario es casi un compromiso con una crisis para la nación.
—Vamos a la figura de los “copresidentes”. ¿En su experiencia usted había conocido algo así, una pareja que dirige un país con mano de hierro y, además, fue señalada por organismos internacionales por la Comisión de Delitos de lesa humanidad?
Recuerdo leer de esto en mis estudios universitarios. Pero eventualmente Octaviano tomó control para convertirse en el primer emperador del Imperio Romano. Pero aparte de esto no es muy frecuente (sonríe).
—Ahora, hablemos sobre Murillo. Los testimonios que provienen incluso de gente que estuvo en el FSLN la señalan como quien dio la orden de reprimir en 2018. ¿Cómo es percibida ella y las tensiones a lo interno de la familia? Algunos dicen que Laureano Ortega Murillo puede ser el sucesor…
Daniel Ortega Saavedra tenía 33 años cuando la junta de transición entró en julio de 79. Es decir, Rosario Murillo tenía probablemente 28 o 29 años en esta época. Laureano Ortega tiene 43 años. Pero no está listo para asumir una responsabilidad seria. Sí es el enlace, la conexión con los rusos, otros ciertos empresarios, pero la voz final siempre está con la pareja. Y la jefa de operaciones parece doña Rosario. Quizás el veto, o los marcos generales, sigan en manos de Daniel Ortega.

El círculo cero es muy reducido y hasta gente de confianza, Humberto Ortega, (Álvaro) Baltodano, y, hasta la misma familia, terminan afuera. Tienen el derecho de apoyar a los padres, pero no asumir responsabilidades (políticas). Y no hablo de algo democrático, sino simplemente en cómo funciona la dictadura. Entonces esto implica que es una estructura muy inestable. (…) Me preocupa por varias cosas.
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—¿Por qué?
Primero, el sistema de ellos podría entrar en una crisis. Segundo, cuándo cambia la política del país. ¡Y va a cambiar! Porque yo veo una sociedad tapada, restringida, pero no veo un apoyo. Y no obstante las disciplinas adentro del Estado; gente están para tener una estabilidad, el cheque depositado al fin del mes, para alimentar a los chicos. Pero no veo ningún entusiasmo institucional o revolucionario, como quizás en otras épocas, y cuando venga la transición el desafío va a ser muy difícil. Porque van a tener gente metida en cada rinconcito de la sociedad.
No hay justicia, no hay jueces como el mundo entiende el concepto del juez, gente que pueda actuar por propia autonomía con el apoyo social. Entonces, los desafíos son grandes para cuando venga la transición. Y ojalá que no sea violento, y me parece que los nicaragüenses no quieren enfrentar las violencias que han pasado durante muchas épocas de su historia. Todos, la gran mayoría, quisieran ver algo pacífico.
—¿Pero usted cree que habrá violencia?
La gente tiene que buscar maneras para evitar una explosión de violencia. Porque, desde la independencia centroamericana, (hace) 205 años, ustedes han sufrido un período demasiado largo de la violencia y la sociedad merece algo mejor. A veces hasta explícito, la amenaza de la dictadura es “no nos desafíen a nosotros, si no va a llegar la violencia”.
No es una estructura estable para la política, ni para una sociedad. El compromiso para un cambio democrático, pacífico, a mi parecer es muy profundo. Pero un colapso desordenado de esta dictadura podría provocar al menos un período de desorden, y ojalá que no sea así.
“Somos socios y vecinos, siempre vamos a tener un papel”
En su último mensaje para redes sociales, al despedirse de la misión en Nicaragua en la Navidad de 2025, Kevin O’Reilly dijo que Nicaragua estaba sufriendo “innegables dificultades” y aseguró que el futuro del país lo construirán los propios nicaragüenses. Desde esa perspectiva, sostuvo, Estados Unidos no fomentaría una transformación.

—En enero ocurrió lo de Maduro, hay conversaciones con Cuba, ¿qué posibilidad hay que siga Nicaragua como un tema importante en Washington?
La soberanía es la palabra que siempre veo y escucho en la retórica de la dictadura —hasta el Estadio de beisbol ahora—. La soberanía pertenece a los nicaragüenses, no a la dictadura, al partido.
Alguien me contó que unos entendieron quizás mal mis palabras de diciembre pasado (…) Tenemos un interés en una Nicaragua próspera, estable, democrática, como sociedad estadounidense. Pero, a fin de cuentas, nunca vamos a definir el futuro y nunca podemos tomar responsabilidad para el futuro de otro país.
En el último análisis, ustedes los nicaragüenses asumen responsabilidad para el futuro de su país, su sociedad. Y está bien, esa es la manera en que el mundo tendría que funcionar. Por supuesto, mi país juega un papel importante para la sociedad nicaragüense. Ahora hay miles de estadounidenses de origen nicaragüense. Hay nicaragüenses en mi país naturalizados, o refugiados buscando asilo, desplazados por la situación en su país. Y esto es una realidad permanente.
Hay unos que no quisieran tener la inmigración de otra gente a mi país. Pero eso es una ficción que no va a seguir como elemento de la sociedad. Además, es una economía muy grande: 345 millones de habitantes es la más grande del mundo y Nicaragua está cerca.
(…)Somos en este sentido vecinos y socios. Entonces siempre vamos a tener un papel positivo, negativo, verídico, qué sé yo, pero es la realidad. Y por eso la diplomacia.
La realidad que gente (hay) del Gobierno, o de afuera, que quieren influir en las relaciones. Nicaragua trata de su propia manera influir a Estados Unidos. Los acuerdos que entraron con la Federación de Rusia, estos son maneras para tratar de influirnos.
A fin de cuentas, y quizás gente va a tratar de poner más influencia directa sobre la dictadura, pero, hasta si esto pasa, el protagonismo sigue siendo de los nicaragüenses. Afuera del país y adentro.
Voces “disonantes” en la oposición
Y hablando, con pura honestidad, los que están en la oposición a la dictadura actual no tienen que hablar con la misma voz. Porque tienen sus propias conciencias, valores y todo. Pero quizás ahora vale la pena tratar de hablar, en el marco de una cierta concertación, sobre valores básicos y para que las voces no sean disonantes. Y para asegurar que no solamente estadounidenses, los del hemisferio, los de Europa, escuchan la voluntad del pueblo y no simplemente una cantidad de voces que contradicen uno al otro o que hablan de la política chica, y no de los valores principales que van a ayudar a reformar la política y la sociedad de una buena manera.
—Se lo tengo que preguntar de nuevo, de manera más directa, después de lo que pasó en Venezuela y en Cuba, ¿qué se puede esperar con el tema de Nicaragua?
Ahora estoy afuera del servicio público. Voy a hablar con una cierta franqueza. Yo no soy fan de las intervenciones directas en la vida interna de otros países. Como exdiplomático, yo estuve siempre para proteger los intereses de mis ciudadanos, mi ciudad y mi nación.
Pero yo veo al menos posible que la administración de turno en Estados Unidos podría considerar actividades o presiones más directas. Quizás no de la manera que hemos visto en Venezuela. Pero hay que considerar la posibilidad y los nicaragüenses tienen que pensar cómo actuar en este contexto y representar sus intereses, los de la oposición del país, y no los intereses de otros. Y eso es una situación bien complicada.

Yo veo gente de buena voluntad en Venezuela y en la oposición venezolana que están tratando de tomar decisiones en el mundo y en la situación en que viven hoy día, después del 3 de enero. Y yo respeto la dificultad y trato de respetar a las decisiones que toman.
Si enfrentan una situación inédita, los nicaragüenses tienen que pensar en cómo actuar, siempre pensando en cómo restaurar las instituciones representativas plenas y la autonomía y, como dije antes, la soberanía de la nación o del pueblo, y no de un grupo de interés parcial. Es complicado, porque la dictadura arrastró a muchas instituciones, organizaciones adentro del país, y esta reconstrucción es difícil y va a costar tiempo, esfuerzo y buena voluntad.
—Usted no solo tenía su trabajo dentro de la embajada, se relacionaba con la gente. ¿Qué les diría?
Aparte de ciertos activistas del gobierno orteguista, siempre me recibieron con mucha generosidad los nicaragüenses y les agradezco. Siempre presté atención a la situación en que vivieron.
A veces quizás aparecía un poco distante a unos, pero era simplemente para no provocar problemas (con la dictadura) para un individuo o su familia. La coherencia social del país es fuerte; no obstante, los desafíos políticos que van a transitar en el futuro (…) Yo percibo al menos una cierta solidaridad que cruza ciertas tendencias políticas que probablemente va a ayudar a una eventual transición, a una política más abierta.

Hay dificultades en toda la organización social (…) La disolución para mucha gente, en ver que la captura de sus instituciones educativas por el Estado, y la represión de pensamiento independiente era real. Pero también quizás (la) gente no pueda hablar, pero pueden, siguen siendo, capaces de pensar.
Y como dijo el escritor Whitman en mi país hace 150 años, la esperanza no es la primera en salir, es la última y solamente desaparece cuando la última persona que pensaba en la libertad, o escuchó de la memoria de la libertad, desaparece y esto nunca va a pasar.
En el campo religioso admiré la disciplina, el compromiso de mucha gente en seguir en las prácticas de sus cultos, no obstante las presiones. (…) Eventualmente, si uno toma de inicio las repúblicas centroamericanas, ellos (los Ortega Murillo) ya tienen más del 20 por ciento de la historia de Nicaragua en sus manos. Pero el papa Leo tiene una institución de dos mil años, y Martín Lutero al menos varios siglos, ¡ellos no van a prosperar al final y no pueden sacar del nicaragüense su capacidad de pensar por sí mismos!