La libertad nunca termina: 250 años después, la obra continúa

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Hace doscientos cincuenta años, un pequeño grupo de ciudadanos comunes —entre ellos comerciantes, agricultores y abogados— se reunió en Filadelfia para firmar un documento que cambiaría el curso de la historia. La Declaración de Independencia planteó una idea que era extraordinaria para su época y que sigue siendo poderosa en la actualidad: que todas las personas son creadas iguales y poseen derechos que ningún gobierno puede arrebatarles, entre ellos, la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

Esas palabras no crearon una nación perfecta. Crearon una promesa.

Por 250 años, generaciones de estadounidenses ha trabajado para acercar a nuestro país a esos ideales fundacionales. El progreso no siempre ha sido fácil. Estados Unidos ha enfrentado guerras, divisiones y dificultades económicas. Sin embargo, nuestra historia demuestra el poder de afrontar verdades difíciles, corregir el rumbo y seguir construyendo un mejor mañana.

La historia de la Independencia de Estados Unidos no se trata simplemente de la firma de un documento en 1776. Se trata de la convicción perdurable de que la libertad vale la pena defenderla, de que las oportunidades deben ganarse con esfuerzo, y de que cada generación tiene la responsabilidad de fortalecer las instituciones y los principios que hereda.

Esa historia siempre ha sido impulsada por su gente, por quienes trabajan, crean y sirven cada día.

Emprendedores dispuestos a asumir riesgos, agricultores que cultivan la tierra, maestros, médicos, ingenieros, miembros de nuestras fuerzas armadas y diplomáticos que sirven lejos de su hogar. Familias que enseñan a sus hijos que el carácter importa, que la honestidad importa, y que la libertad conlleva responsabilidades además de derechos. Ellos son los verdaderos autores de esta historia.

Estos mismos valores resuenan más allá de los Estados Unidos. Y Nicaragua es prueba de ello.

Durante mi estadía en Nicaragua, me ha impresionado continuamente la determinación, la resiliencia y el espíritu emprendedor de nicaragüenses laboriosos construyendo negocios, sosteniendo a sus familias, educando a sus hijos y contribuyendo a sus comunidades a pesar de enfrentar importantes desafíos. La perseverancia del pueblo nicaragüense refleja una verdad que los estadounidenses comprenden bien: las sociedades se fortalecen cuando las personas son libres de trabajar, crear, invertir y perseguir sus aspiraciones.

La prosperidad depende de algo más que los recursos naturales. Depende de la confianza, de una competencia justa, del respeto por la propiedad privada, de instituciones confiables y de la certeza de que el trabajo honesto será recompensado. Estos principios permiten que los negocios crezcan, que la innovación florezca y que las familias construyan una seguridad duradera para las generaciones futuras.

Por más de dos siglos, Estados Unidos ha buscado ser un firme defensor de los pueblos y las naciones que comparten estas aspiraciones. La diplomacia estadounidense ha promovido la paz, fortalecido la seguridad, ampliado el comercio y ha abierto oportunidades que benefician a millones de personas alrededor del mundo.

Los números respaldan esa asociación: las empresas estadounidenses continúan invirtiendo, creando empleos y desarrollando tecnologías que mejoran vidas, incluso en Nicaragua, donde EE. UU. sigue siendo su mayor socio comercial, representando aproximadamente la mitad de las exportaciones nicaragüenses y una parte significativa de sus importaciones.

Nuestras universidades forman a futuros líderes de todos los continentes, incluidos miles de nicaragüenses, muchos de los cuales participan gracias a becas patrocinadas por la Embajada de Estados Unidos en Managua. Nuestros innovadores continúan ampliando las fronteras de la ciencia, la medicina y el descubrimiento.

La historia nos recuerda que la libertad nunca está garantizada. Debe preservarse mediante el valor, la responsabilidad y la fe en la dignidad de cada individuo. Esa es precisamente la revolución que los fundadores de nuestro país pusieron en marcha.

El presidente Trump lo afirmó recientemente: los fundadores de Estados Unidos pusieron en marcha «no solo una revolución en el gobierno, sino una revolución en la búsqueda de la justicia, la igualdad, la libertad y la prosperidad».

Esa revolución de ideas continúa hasta nuestros días.

Freedom 250 trata, en última instancia, de algo mucho más que el pasado de Estados Unidos. Se trata de la esperanza perdurable de que los pueblos del mundo, guiados por principios, el trabajo arduo y las oportunidades, puedan construir un futuro de mayor paz, prosperidad y dignidad humana.

Esa es una historia que vale la pena contar, y un futuro que vale la pena construir.

El autor es jefe de Misión, Embajada de EE. UU. en Managua.

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