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Por casi toda su historia la humanidad ha sido regida por déspotas o gobernantes autoritarios. La norma dominante de los sistemas políticos, incluso hasta hoy día, ha sido la falta de libertad. La más notable excepción a esta realidad es fruto de la revolución norteamericana de 1776. Su inicio puede trazarse a una tarde del 4 de julio cuando un grupo de hombres firmaron en Pennsylvania la Declaración de Independencia de Estados Unidos.
Fue un acto valiente, pues constituía traición ante la corona inglesa. Un testigo de la escena observaría que los firmantes lucían preocupados. No era para menos. Nadie podía asegurar en ese momento que las incipientes milicias de las trece colonias separatistas prevalecerían contra el bien entrenado ejército inglés. Pero con fe en Dios y la convicción de sus ideales se lanzaron a la aventura de crear la nación más excepcional de la historia.
Excepcional tiene dos sentidos: distinto y superior. La nación que crearon exhibe ambos. Desde su concepción fue la primera que nació de una declaración de principios. Redactada por Thomas Jefferson en compañía de otros notables, su texto constituye una de las piezas de filosofía política más influyentes. En ella se plasmaron conceptos fuertemente influidos por la tradición cristiana y que desde entonces son la piedra angular del sistema democrático: que todos los hombres han sido creados iguales por Dios —en derechos y dignidad—; que todos tienen derechos inalienables, es decir, que vienen de lo alto y que por tanto son sagrados o intocables. Entre estos la declaración destaca tres: a la vida, la libertad, y la búsqueda de la felicidad. Luego anuncia algo verdaderamente revolucionario: que la razón de ser de los gobiernos; lo único que los legitima y justifica, es proteger dichos derechos. De lo contrario el pueblo tiene el derecho y deber de sustituirlos.
Jamás en la historia política una nación había sido fundada sobre principios como estos. También incluyó otros que habían sido promovidos por intelectuales como Locke y Montesquieu: el concepto de que la soberanía reside en el pueblo y no en el rey o gobernante alguno y algo muy novedoso: la separación e independencia de los poderes del estado, con particular énfasis en la del poder judicial, junto con el establecimiento de un complejo, pero efectivo, sistema de pesos y contrapesos. En este particular la revolución norteamericana superó a la francesa. Estos cambios fueron tan trascendentales y efectivos que se convirtieron en modelo para el mundo entero. Lincoln resumiría genialmente su esencia: el poder del pueblo, por el pueblo, y para el pueblo.
Pero quizás lo más excepcional ha sido la durabilidad del nuevo sistema. Por 250 años Estados Unidos ha sido el país que ha mantenido en forma sostenida las mayores libertades públicas; ilimitada libertad de expresión, pensamiento, culto, asociación, etc. Elecciones periódicas, alternabilidad en el poder, cero golpes de estado y sólo una guerra civil cuyas heridas fueron sanadas pronto. Su constitución, asimismo, ha sido la más duradera en la historia de la humanidad. ¿Qué otra nación de la tierra puede mostrar estos récords? Igual puede decirse de su economía. Su libertad económica, o empresaria llegó a ser la mayor creando así la economía más dinámica del planeta y la sociedad con mayor movilidad social; aquella que ofrece a sus ciudadanos las mayores oportunidades de ascender desde abajo. A 250 años de fundado este país, sin ser perfecto, es al que más aspiran llegar los emigrantes del mundo.
Un problema para apreciar la excepcionalidad de estos cambios es que estamos tan acostumbrados a ellos que nos parecen naturales. Pero si se observa la historia fueron un rompimiento radical con la forma en que se venían rigiendo las naciones desde tiempo inmemorial. Mas no se crea que todo se debió a buenos diseños institucionales. Alexis de Tocqueville observó en los 1830´s, que un factor decisivo en el buen funcionamiento del sistema americano era la penetración en sus habitantes de la ética y religiosidad cristiana. Lo que lo llevó a decir proféticamente: «América es grande porque es buena, y si cesa de ser buena, cesará de ser grande”. ¿Llegará su excepcionalidad al año 300? Dependerá de la calidad de sus habitantes.
El autor es sociólogo e historiador. Autor de En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.