La Silla Vacante

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La reciente candidatura de Sergio Ramírez para ocupar la silla vacante que dejó Mario Vargas Llosa en la Real Academia Española (RAE) ha provocado una reacción negativa en ciertos sectores nicaragüenses. Estos actores piensan que el mérito del candidato en el presente debería de medirse por los errores políticos del pasado. Algunos incluso han pedido públicamente que la RAE no lo admita, alegando su pasado sandinista.

Pero esa reacción dice más sobre nosotros que sobre Sergio. Sí, el formó parte de la revolución sandinista. Fue vicepresidente de Nicaragua entre 1985 y 1990. Y como muchos intelectuales latinoamericanos de su generación creyó que aquella revolución podía conducir a una sociedad más justa. La historia posterior demostró que estaba equivocado y nos muestras los errores, desviaciones y abusos de aquel proceso. Sin embargo, pretender juzgar moralmente a una persona en un momento específico de su vida política, ignorando lo que hizo después, es una forma profundamente empobrecedora de entender su vida pública.

Tras la derrota electoral del FSLN en 1990, Sergio impulsó dentro del sandinismo una corriente que buscaba alejar al partido del caudillismo de Ortega. Desde la Asamblea Nacional, junto con otros diputados, colaboró con el gobierno de la presidenta Violeta Barrios de Chamorro en la aprobación de reformas políticas e institucionales orientadas a consolidar la transición democrática y evitar una ruptura del orden constitucional en un contexto extremadamente frágil. Esa postura le costó un enfrentamiento abierto con Ortega y la dirigencia del Frente Sandinista, que terminaría desembocando en su salida del partido. Incluso actores centrales de la transición, como el ministro de la presidencia de Violeta Barrios, Antonio Lacayo (q.e.p.d.), describieron aquellos años como un delicado esfuerzo para impedir el colapso institucional y preservar la gobernabilidad democrática frente a las tenebrosas presiones de Ortega y sus aliados.

Pero además Sergio no es un protegido del régimen orteguista. Es exactamente lo contrario. Ha sufrido exilio, confiscación de bienes y desnacionalización a manos de Daniel Ortega, quien fuera su compañero de fórmula décadas atrás. El régimen lo persiguió hasta expulsarlo del país y convertirlo en enemigo del Estado, precisamente porque Sergio decidió denunciar su autoritarismo sin ambigüedades.

Pienso que eso debería importar. En tiempos donde tantos optan por el silencio conveniente, Sergio Ramírez ha utilizado su prestigio literario para denunciar la deriva totalitaria de Nicaragua. Lo ha hecho desde el exilio, con serenidad, sin odio y sin llamar a la violencia. Incluso en entrevistas recientes insiste más en la necesidad de comprender la tragedia nicaragüense que en alimentar resentimientos.

Además, reducir su candidatura únicamente a la política es desconocer deliberadamente su dimensión intelectual. Sergio es uno de los escritores más importantes de la lengua española. Premio Cervantes, novelista, ensayista y cronista, su obra ha trascendido desde hace décadas las fronteras nacionales. Su aporte literario no necesita indulgencias ideológicas ni cuotas geográficas. Tiene mérito propio más que suficiente para ocupar una silla en la RAE.

Y quizá hay algo simbólicamente apropiado en que sea precisamente él quien pueda suceder a Vargas Llosa. Porque, aunque desde posiciones ideológicas distintas, ambos terminaron entendiendo que ninguna causa política justifica el autoritarismo; que el poder sin límites destruye las revoluciones que dice defender; y que la libertad —intelectual, política y humana— debe estar por encima de cualquier dogma.

Algunos nicaragüenses, sin embargo, seguimos demasiado enfocados en el pasado y en la revancha, que nos ha llevado a tantas guerras civiles, a tanto derramamiento de sangre y a múltiples dictaduras. Pareciera que cada discusión nacional termina convertida en un conflicto histórico permanente, donde el objetivo no es construir futuro sino pasarle la cuenta al anterior.

Así no se reconstruye una república. Nicaragua necesitará, nuevamente, un enorme esfuerzo de reconciliación democrática como el que impulsó Violeta Barrios de Chamorro. Y esa reconciliación no significará olvidar errores ni borrar responsabilidades históricas. Significará entender que un país no puede levantarse si convierte la represalia retrospectiva en requisito para participar en su reconstrucción.

El camino a la reconstrucción requiere que cada voz contribuya a aislar al autoritarismo, fortalecer la cultura democrática y defender la libertad. Y Sergio Ramírez lo ha hecho. Por eso su eventual ingreso a la Real Academia Española no debería verse como una derrota para Nicaragua, sino como un triunfo. Un escritor perseguido por una dictadura, despojado de su nacionalidad y obligado al exilio, podría ocupar una de las sillas más prestigiosas de la lengua española gracias a su obra y su trayectoria intelectual.

Eso no debería incomodarnos, si no hacernos reflexionar.

El autor es economista.

COMENTARIOS

  1. Hace 1 mes

    Gracias Lopezrobles por tomarse el tiempo de leer y responder a mi comentario. La ultima parte de mi comentario por alguna razon no se publico, pero en esa parte exprese que esperaba que SRM fuese nombrado por RAE por el prestigio y orgullo que representa para nicaragua el que un nicaraguense ocupe esa vacante, independientemente de su credo o sesgo politico. Sus deseos para con su patria son deseos muy nobles de un ciudadano que quiere lo mejor para su pais, pero para que eso pase y perdure y se llegue a una democracia funcional se debe hacer en base a la justicia, debe haber consecuencias para los responsables y reparacion para las victimas aunque esto resulte incomodo para muchos, pero esta demostrado que es el camino correcto a tomar, ya que ignorarlo llevaria a nicaragua por la misma senda que ha transitado desde su independencia hasta ahora y que ha tenido como resultado que todo lo bueno que usted expresa y quiere para su pais termine siendo otro ciclo mas.

  2. Javier Morales
    Hace 2 meses

    excelente artículo de Luis Rivas ! felicidades!

  3. Javier Morales
    Hace 2 meses

    excelente artículo de Luis Rivas ! felicidades!

  4. Hace 2 meses

    Con todo respeto Alvan.
    Ese es tu deseo, y tenés derecho a expresarlo. Yo también tengo deseos: por ejemplo, tener una cita con Jennifer Lopez. Pero los deseos personales no pueden convertirse automáticamente en condición obligatoria para que exista paz o democracia en Nicaragua.

    Y lo digo con honestidad: hay figuras políticas que a mí me resultan profundamente desagradables. Personas que considero cómplices morales o serviles de la dictadura. Pero una cosa es sentir rechazo político o humano, y otra muy distinta es convertir toda diferencia en una exigencia de confesión pública, humillación ritual o cacería moral eterna.

    Porque entonces dejamos de hablar de democracia y comenzamos a hablar de inquisición.

    A mí, honestamente, me preocupa más construir un país donde exista separación de poderes, libertad de expresión, elecciones limpias e instituciones funcionales, que vivir atrapados en un tribunal emocional permanente donde cada quien exige arrepentimientos públicos según su propia lista de pecados ideológicos.

    Y ahí es donde discrepo profundamente con esa narrativa simplista de poner una foto de Sergio Ramírez al lado de Fidel Castro como si eso fuera un argumento político serio. Eso no es análisis histórico; eso es propaganda de panfleto. Es una manipulación tan burda que termina pareciendo un rosario de ajo para espantar vampiros: “miren a Fidel, miren a Fidel, miren a Fidel”. Y curiosamente, muchas veces quienes más viven sacando al viejo dictador son precisamente ciertos sectores obsesionados con reciclar fantasmas de la Guerra Fría todos los días.

    Mientras tanto, Nicaragua sigue hundida en problemas reales.

    La discusión importante no debería ser si alguien pronunció o no la disculpa ceremonial perfecta para satisfacer a determinados grupos. La discusión importante debería ser:

    * ¿Cómo desmontamos una dictadura sin destruir el país en el intento?
    * ¿Qué modelo institucional queremos construir?
    * ¿Cómo garantizamos justicia sin convertirla en venganza?
    * ¿Cómo levantamos una economía devastada?
    * ¿Cómo sacamos a Nicaragua del subdesarrollo, la corrupción y el caudillismo eterno?

    Porque si seguimos gastando energía en discusiones bizantinas y guerras simbólicas entre opositores, terminaremos haciendo exactamente lo que la dictadura necesita: dividirnos, agotarnos y mantenernos peleando entre nosotros mientras el problema central sigue intacto.

    La democracia no se construye obligando a todos a pensar igual ni a pedir perdón según un libreto ideológico. Se construye aprendiendo a convivir incluso con personas con las que no coincidimos completamente.

  5. Hace 2 meses

    Bastaria con admitir y pedir perdon a la patria por los errores y faltas cometidas que afectaron a muchos de sus coterraneos en el pasado, pero ademas de eso devolver lo que de manera ilicita fue adquirido y que esta debidamente documentado. No se trata ni de politica ni de ideologia, se trata de etica y moral y de hacer lo que es correcto por el bien de la familia y la sociedad. El camino de la verdad y la justicia llevara a la sociedad nicaraguense a encontrar el perdon para sanar las heridas de ese pasado tan funesto del que el señor SRM fue parte y complice, en sus manos esta acabar con los reclamos y acusaciones a los que periodicamente se ve sometido porque ignorarlos como hasta ahora lo ha hecho, solo lo convierte en rehen de su subconsciente. «La verdad os hara libres».

  6. Hace 2 meses

    Por supuesto que toda figura pública, pasada o presente, debe rendir cuentas por sus actos. En eso estamos completamente de acuerdo. La democracia exige escrutinio, crítica y debate. Pero también exige algo igual de importante: honestidad intelectual y sentido de proporción.

    Porque una cosa es exigir responsabilidad política o moral, y otra muy distinta es convertir automáticamente a toda persona vinculada al sandinismo en “criminal” por definición. Ahí ya no estamos hablando de justicia, sino de simplificación fanática.

    Hay diferencias enormes entre personas y trayectorias dentro del propio sandinismo histórico y dentro del actual aparato orteguista. No es serio meter en el mismo saco a todo el mundo. No es lo mismo alguien como Lenín Cerna, históricamente vinculado a los aparatos represivos del poder orteguista, que personas como Dora María Téllez, perseguida y encarcelada precisamente por la dictadura actual. Y tampoco es lo mismo un funcionario servil o un diputado alineado políticamente con el régimen que alguien acusado y condenado por crímenes concretos.

    Por ejemplo, alguien puede considerar a Wálmaro Gutiérrez un colaborador político necesario de la dictadura por apoyar desde la Asamblea determinadas políticas del régimen. Ese es un juicio político legítimo. Pero acusarlo directamente de “criminal” requiere pruebas concretas, no solamente rechazo ideológico.

    Porque si realmente creemos en el Estado de derecho, entonces debemos sostener un principio básico: toda persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Si comenzamos a llamar criminal a todo militante sandinista, a todo funcionario o a todo simpatizante, entonces la palabra pierde su verdadero peso y termina desvirtuándose.

    Y esa es precisamente la paradoja: se usa tanto el término “criminal” para todo, que al final se va vaciando de significado.

    Entonces la pregunta es válida: ¿una persona es criminal únicamente por ser sandinista hoy? Yo sinceramente creo que no. Se puede criticar su ideología, sus alianzas políticas, su apoyo a determinadas leyes o incluso su silencio frente a abusos. Pero el concepto de crimen no puede convertirse en un insulto político genérico.

    Yo creo que muchas de esas cabezas calientes deberían bajar un poco la intensidad emocional y regresar al terreno de la razón.

    Porque además pareciera que vivimos una época donde todo el mundo exige disculpas históricas permanentes. La izquierda trasnochada pidiéndole perdón al rey de España por la colonización, otros exigiendo confesiones eternas, otros queriendo establecer culpas hereditarias o colectivas. Y honestamente, así no funciona una sociedad madura.

    Cada quien debe responder por sus propios actos, no por etiquetas eternas ni por asociaciones automáticas.

    Y sí, claro que Sergio Ramírez puede y debe ser criticado. Como cualquier figura pública. Nadie está por encima del debate ni del cuestionamiento ciudadano. Pero esa obsesión automática de acusarlo de “criminal” sin pruebas concretas no es justicia; es una mezcla de resentimiento político, simplificación histórica y fanatismo.

  7. Luciano Garcia
    Hace 2 meses

    Todo funcionario público presente o pasado, tiene la obligación de ser escrutado por la ciudadanía, el negarse a hacerlo va en contra de la escencia de la Democracia (la rendición de cuentas).. la ciudadanía no es un tribunal, pero si hay condena moral por tus acciones…el que esconde su pasado es por algo…y todos sabemos el daño que hizo…los Nicaragüenses nos merecemos unas disculpas

  8. Luciano Garcia
    Hace 2 meses

    Todo funcionario público presente o pasado, tiene la obligación de ser escrutado por la ciudadanía, el negarse a hacerlo va en contra de la escencia de la Democracia (la rendición de cuentas).. la ciudadanía no es un tribunal, pero si hay condena moral por tus acciones…el que esconde su pasado es por algo…y todos sabemos el daño que hizo…los Nicaragüenses nos merecemos unas disculpas

  9. Luciano Garcia
    Hace 2 meses

    Todo lo que decís en tu escrito es correcto…pero hay un detalle importante que SRM tiene, y es que cuando se refiere al pasado de los años 80tas, existe una censura de parte de el a hablar, y si lo hace con fuerza cuando se refiere a la dictadura de Somoza, eso crea muchas desconfianzas y abre heridas. Para reconstruir un país tiene que haber memoria histórica, para no volver a cometer los errores del pasado. y la REA es una buena barricada para el, no para nosotros. La REA no desea escandalos

  10. Luciano Garcia
    Hace 2 meses

    Todo lo que decís en tu escrito es correcto…pero hay un detalle importante que SRM tiene, y es que cuando se refiere al pasado de los años 80tas, existe una censura de parte de el a hablar, y si lo hace con fuerza cuando se refiere a la dictadura de Somoza, eso crea muchas desconfianzas y abre heridas. Para reconstruir un país tiene que haber memoria histórica, para no volver a cometer los errores del pasado. y la REA es una buena barricada para el, no para nosotros. La REA no desea escandalos

  11. Hace 2 meses

    P.D.: Quiero aclarar algo para evitar malentendidos. No estoy diciendo que Sergio Ramírez Mercado sea actualmente candidato oficial al Premio Nobel de Literatura; la discusión reciente gira más bien en torno a su posible ingreso a la Real Academia Española. Lo que intento expresar es que, independientemente de la silla que pueda llegar a ocupar en la RAE, considero que hoy es probablemente el escritor hispanoamericano vivo más cercano a alcanzar un Premio Nobel de Literatura. Y para Nicaragua, un país pequeño pero inmenso en tradición literaria desde Rubén Darío, eso tendría un significado cultural e histórico enorme.

  12. Hace 2 meses

    La discusión sobre la posible candidatura de Sergio Ramírez Mercado ha vuelto a poner sobre la mesa una realidad incómoda dentro de la sociedad nicaragüense: el resentimiento absoluto e indiscriminado hacia todo aquello que alguna vez estuvo vinculado al sandinismo. He estado observando las redes sociales y leyendo comentarios de compatriotas, y muchas veces pareciera que para algunos sectores no existe diferencia alguna entre quienes continúan sosteniendo una dictadura y quienes rompieron con ella hace décadas.

    Es cierto que Sergio Ramírez formó parte de la Revolución Sandinista. Nadie serio lo niega. Él creyó en aquel proyecto político y contribuyó intelectualmente a ese proceso histórico. Como muchos nicaragüenses de aquella época, vio en la revolución una esperanza de transformación nacional después de la dictadura somocista. Sin embargo, también es cierto que la historia terminó demostrando que aquella revolución no se convirtió en lo que muchos soñaron. El proyecto degeneró en autoritarismo, concentración de poder y, eventualmente, en otra dictadura.

    Pero precisamente ahí es donde debe entrar la honestidad intelectual. Sergio Ramírez Mercado rompió con Daniel Ortega hace casi cuarenta años. Desde finales de los años ochenta y principios de los noventa tomó distancia política y moral de ese modelo. Lo mismo ocurrió con figuras como Dora María Téllez, Mónica Baltodano, Víctor Hugo Tinoco o Gioconda Belli. Se podrá discrepar de sus ideas políticas, se podrá cuestionar su visión ideológica o debatir sus propuestas, pero no existe una sola prueba seria que los señale como responsables directos de crímenes de sangre. Decirlo por odio o fanatismo es otra cosa.

    Y ahí es donde aparece un problema grave: la tentación de exigir una supuesta “pureza moral” para participar en democracia. Algunos sectores parecen creer que cualquier persona que haya tenido relación con el sandinismo en los años ochenta debe ser expulsada permanentemente de la vida pública, aunque haya roto con el orteguismo hace décadas y aunque hoy sea perseguida por el mismo régimen. Esa lógica no es democrática; es inquisitorial.

    La democracia no consiste en que solo participen quienes piensan exactamente como nosotros. La democracia consiste precisamente en convivir con la diferencia. Incluso con ideas que consideramos equivocadas. Lo digo con claridad: personalmente, el socialismo nunca me convenció. De adolescente podía sonar atractivo aquello de “repartir la riqueza” y construir igualdad desde el Estado. Pero con el tiempo llegué a la conclusión de que los gobiernos, en general, son malos administradores de riqueza. La experiencia histórica demuestra que los sistemas socialistas han fracasado económicamente en casi todos los lugares donde se han implantado, y muchas veces terminan derivando en autoritarismo y miseria.

    Esa es mi opinión. Pero precisamente porque creo en la democracia, también creo que otras personas tienen derecho a pensar distinto. Aunque considere esas ideas equivocadas o incluso ingenuas, quienes creen en el socialismo tienen el mismo derecho que cualquier otro ciudadano a defender sus propuestas, participar políticamente y aspirar a cargos públicos, siempre dentro de las reglas democráticas. Ese es el verdadero principio democrático.

    En Nicaragua, sin embargo, todavía arrastramos una cultura política demasiado emocional y demasiado primitiva. Muchas veces se reduce toda discusión a insultos vacíos: “comunista”, “facho”, “vende patria”, “imperialista”. Me recuerda a ciertos ambientes de Calle Ocho donde algunos jubilados cubanos pasan jugando dominó y cualquier persona que diga “Donald Trump es un estafador de vieja data” automáticamente recibe la etiqueta de “comunista”, sin siquiera entender qué significa realmente el término. Esa superficialidad ideológica empobrece el debate nacional.

    También preocupa ver a ciertos sectores de la oposición democrática actuar con la misma intolerancia que critican. Exigen una perfección moral imposible, como si en política solo pudieran participar seres humanos sin contradicciones, sin pasado y sin errores históricos. Ninguna transición democrática seria en el mundo se ha construido así. Las sociedades avanzan cuando son capaces de distinguir entre quienes sostienen una dictadura y quienes evolucionaron, rectificaron o rompieron con ella.

    Finalmente, más allá de la política, Nicaragua no debería despreciar el peso cultural de una figura como Sergio Ramírez Mercado. En este momento es probablemente el escritor nicaragüense contemporáneo con mayores posibilidades de alcanzar el Premio Nobel de Literatura. De lograrlo, sería otro capítulo extraordinario en la tradición literaria de un país pequeño que ya le dio al idioma español a Rubén Darío, el gran renovador de la poesía castellana. Un Nobel para Sergio Ramírez colocaría nuevamente a Nicaragua en el centro del prestigio literario hispanoamericano.

    La democracia exige memoria, sí. Pero también exige madurez. Y una sociedad madura debe ser capaz de diferenciar entre el fanatismo ciego y el derecho legítimo de cualquier ciudadano a pensar, participar y aspirar a representar a su país.

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