Sergio Ramírez y sus detractores

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Hablar de Sergio Ramírez es entrar en una zona incómoda donde la literatura, la política y la memoria se entrecruzan sin pedir permiso. Ramírez no es un autor neutro ni fácil de clasificar o encasillar y por eso mismo, no pudiendo atacar con argumentos sólidos su vasto legado literario, algunos de sus detractores se lanzan con saña sobre su figura entera. Unos lo hacen desde el odio, otros desde la envidia y otros, por puro celo patrio, pero que al final, no hacen otra cosa que debilitar la creación y consolidación de un frente común que nos es tan indispensable para detener la creciente de la dictadura.

Nunca dejaré de ver con tristeza y decepción cómo, en demasiadas ocasiones, los opositores nos atacamos entre nosotros con más rabia que la que dirigimos contra la propia tiranía, sin advertir que esos actos terminan siendo, precisamente, la mayor fortaleza de la dictadura.

Curiosamente, ni la figura más destacada ni el detractor más visible de Sergio Ramírez en Nicaragua ha logrado colocar la denuncia de la dictadura en el lugar donde él la ha puesto. Mientras esas voces se concentran en impugnar su pasado o en fijar etiquetas, Ramírez ha utilizado tribunas internacionales —desde el Premio Cervantes hasta el Premio Ortega y Gasset de Periodismo— para situar la realidad del país en el centro de la conversación universal. Esa diferencia no es menor, es una asimetría de alcance y de riesgo.

Pero Ramírez no está solo en ese gesto. Figuras provenientes de la propia tradición de izquierda como Gioconda Belli, Dora María Téllez y Víctor Hugo Tinoco —y muchos otros— han levantado también el estandarte de la libertad, pagando costos personales y políticos altísimos. Este hecho desarma una simplificación peligrosa: la denuncia del poder en Nicaragua no proviene de una agenda externa, sino de una ruptura ética desde dentro. Compatriotas opositores, prefiero tener a todas estas figuras de este lado de la cancha que verlas contribuyendo, directa o indirectamente, a la consolidación del sistema familiar del Carmen.

¿Por qué no aprender de la historia? Ella nos enseña que, ante amenazas mayores, la prioridad es la estrategia y no las vanas y pasajeras ideologías que en nada sustentan el vigor de la oposición. La alianza entre la Unión Soviética y las potencias occidentales durante la Segunda Guerra Mundial no se basó en afinidades, sino en la necesidad de derrotar a Adolfo Hitler. Incluso la máxima atribuida a Gengis Kan —“los enemigos de mis enemigos son mis amigos”— resume una lógica elemental. En cambio, la oposición nicaragüense a menudo invierte ese principio: fragmenta fuerzas, personaliza disputas y dirige mayor virulencia contra aliados potenciales que contra el adversario principal. Qué desgracia.

En ese marco, los ataques contra Ramírez dicen menos sobre él que sobre una falla de estrategia colectiva. Convertir a una voz que denuncia en blanco interno no fortalece la causa: la debilita, la dispersa y la vuelve menos eficaz frente al poder que pretende confrontar.

Este ensayo no busca blindar a nadie. Toda figura pública es discutible y cuestionable. Pero sí establece un límite claro: no es lo mismo criticar que deslegitimar, ni es lo mismo disentir que dinamitar el terreno común. En tiempos de crisis, la oposición no se mide por la pureza de sus acusaciones internas, sino por su capacidad de articular una voz común capaz de interpelar al poder.

Y ahí reside la incomodidad final: mientras algunos se afanan en señalar, otros han decidido hablar donde más importa. Y ese lugar —expuesto, incómodo, eficaz— sigue siendo, hoy por hoy, el que muchos no han sabido, o no han querido, ocupar.

Por todo ello, mi humilde llamado es a los auténticos medios de comunicación independientes —verdadero fuelle y bastión de la resistencia— a que no promovamos el ataque entre nosotros mismos, a que seamos más cerebrales que viscerales. Que recordemos que la palabra, cuando se vuelve arma contra los propios, pierde su destino, porque cada fractura interna prolonga la vida de la tiranía. Recordemos que no es el desacuerdo lo que nos debilita, sino la incapacidad de reconocernos en una misma causa. Y si la libertad de Nicaragua ha de abrirse paso, no será desde la dispersión, sino desde una voz que, aun en la diferencia, sepa avanzar en la misma dirección.

Cuando atacamos, no solo a Sergio Ramírez, sino a quienes han puesto la denuncia donde más pesa, debemos saber que a la comunidad internacional le damos lástima, percibiendo en esa división no fortaleza crítica, sino debilidad estratégica.

El autor es escritor nicaragüense exiliado en España.

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