El escritor Sergio Ramírez Mercado. LA PRENSA/ TOMADO DE DIARIO DE SEVILLA

El escritor Sergio Ramírez Mercado. LA PRENSA/ TOMADO DE DIARIO DE SEVILLA

Sergio Ramírez Mercado: “Nunca nadie ha tenido tanto poder en Nicaragua como Rosario Murillo”

El escritor nicaragüense, nacionalizado español, está a punto de convertirse en miembro de la Real Academia de la Lengua Española. Pero, lo que más le gustaría, dice, es regresar pronto a Nicaragua.

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El escritor Sergio Ramírez Mercado, exvicepresidente de Nicaragua, ha cosechado distintos éxitos en los últimos meses en el ámbito literario y en los próximos días podría convertirse en miembro de la Real Academia de la Lengua Española, para llenar la vacante dejada por el recién fallecido escritor peruano Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa.

Ramírez Mercado, de 83 años, despojado de la nacionalidad nicaragüense por la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo, pero nacionalizado español, también tiene una destacada trayectoria en la política criolla, pues fue vicepresidente en el primer régimen sandinista y posteriormente diputado y candidato presidencial.

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En esta entrevista con la Revista DOMINGO, Ramírez Mercado asegura que siempre está dispuesto a revisar cualquier error que haya cometido mientras fue vicepresidente, pero no le gusta que lo juzguen personas que no están moralmente “autorizadas” para hacerlo.

Expone que ya no está dispuesto a escribir sobre la historia del país, sino únicamente ficción, aunque reconoce que todavía tiene cosas para contar.

Lo que no recomendaría jamás es que se recurra a la lucha armada para sacar a los Ortega Murillo del poder.

¿Va a ser miembro de la Real Academia de la Lengua Española?

Eso está ya en trámite.

—¿Es una posibilidad?

La presentación de la candidatura es el jueves que viene y el jueves siguiente se vota, pero no hay otro candidato más que yo, así que lo más seguro es que salga.

—Pensaba en Rubén Darío, no porque lo quiera comparar con usted…

No, no, no (risas).

—Sino porque Rubén Darío vivió muchos años fuera de Nicaragua y ahora usted está en el exilio. ¿Será que solo fuera de Nicaragua puede triunfar un nicaragüense?

Nicaragua es un país con un potencial intelectual muy grande, como la historia lo ha demostrado. Artistas, escritores. El doctor Carlos Cuadra Pasos dice en uno de sus escritos que mucha gente se ha perdido en el campo con el machete en la mano por falta de preparación y oportunidades de crecer. Yo siempre he dicho que Nicaragua es un país con solistas, pero sin orquesta completa. Lo importante es que un país tenga una orquesta que funcione, donde cada persona toca un instrumento distinto, pero en armonía. Uno son ingenieros, otros especialistas en computación, otros en minas, otros en construcción de carreteras, otros médicos, abogados, escritores, filósofos. Esa es la orquesta completa, pero mientras tanto nos hemos conformado con producir solistas. Y eso ocurre no solo en la literatura sino también el deporte. Tenemos la ilusión que somos campeones mundiales del béisbol y eso es mentira, porque lo que tenemos son solistas. Dennis Martínez, de repente sale un boxeador solista, un beisbolista solista, pero no está la orquesta, no hay un equipo que se pueda sostener en los campeonatos.

Los solistas brillan fuera del país y no dentro porque, si te fijás en Rubén Darío, nace en Nicaragua cuando no hay más que cerca de 200,000 habitantes. El general Tomás Martínez mandó a hacer un censo precisamente en 1867, el año en que nació Darío, y vio que el resultado era tan pobre, que mandó a aumentar el censo para que hubiera por lo menos 200,000. En 1867, Nicaragua estaba devastada por la guerra, por las pestes, era un país analfabeto, sin bibliotecas, sin librerías, sin imprentas, sin diarios, sin revistas. Era imposible que en ese medio Rubén Darío se desarrollara. Literalmente, se leyó todos los libros cuando Rubén Darío llegó como empleado a la Biblioteca Nacional. Su viaje a Chile por eso es definitivo, porque en Chile sí había periódicos de gran circulación, podía ejercer como periodista. Había editoriales, ahí publicó su primer libro y por eso mismo se quedó después en España y en Francia.

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De todas las etapas de su vida, de joven, político en los años ochenta, y ahora en el exilio, ¿con cuál se queda?

Una vida se da por etapas. Ahora que tengo más de 80 años, me asusto de todo lo que he vivido. Es decir, acontecimientos muy contrastados, situaciones, desde que me fui de Nicaragua a vivir a Costa Rica muy joven, en los años sesenta. Viví allá 14 años. Después en Alemania. Después volví por la Revolución. Me asusto porque digo: ¿cómo pude haber yo hecho tantas cosas al mismo tiempo? Editar periódicos, dirigir una editorial, trabajar en un organismo académico, aprender idioma. Uno se va asombrando de su propia existencia. Ahora toca el momento de la reflexión. Pero, una vida con distintas etapas se nutre de manera diferente.

Quizás los mejores años son los de la primera juventud, los años que pasé en la universidad. A esa edad es cuando se aprenden todas las canciones que uno se va a recordar para siempre. Se encuentra con los sentimientos, con el amor, con que la vida está llena de sorpresas y uno va entrando en esas sorpresas de maneras distintas. La etapa de la Revolución también fue muy agitada para mí, muy sorpresiva, muy llena de acontecimientos. Hoy me toca la edad de la reflexión, de meditar sobre lo que hice, sobre lo que no debía haber hecho. Es un momento en el que todo el pasado y la experiencia te va quedando atrás y por lo tanto la memoria es mucho mayor que lo que tienes de frente. Ya no hay grandes proyectos de largo plazo, ya no querés cambiar el mundo, ya te parece que cambiar el mundo es una empresa que está más allá de tus fuerzas. Por lo tanto, quizás el hilo conductor de mi vida, sin embargo, ha sido la escritura. Ese es el que nunca he abandonado.

—Usted dirigió El Semanario y era muy bueno.

El Semanario lo sostuvimos 10 años. Creo que fue un experimento olvidado, pero que fue muy importante en el periodismo de Nicaragua, porque fue en un momento muy difícil, que eran los años del gobierno de doña Violeta (Barrios de Chamorro). Lo fundamos buscando cómo en un medio de comunicación se encontraran las distintas opiniones. Hacíamos entrevistas de largo aliento para que la gente se expresara libremente, que eso no se acostumbraba todavía en el periodismo en Nicaragua, la entrevista larga con los reportajes de fondo. Y ahí se formaron buenísimos periodistas como Fabián Medina. Cuando un periodista me decía: «Me voy porque me pagan más en otro medio». Yo decía: «Bueno, El Semanario es como una escuela de entrenamiento».

De todos sus libros, el que más he leído son sus memorias de la revolución sandinista, Adiós muchachos. ¿Contó todo lo que tenía que contar en ese libro o siente que le hizo falta?

Creo que en un libro uno nunca puede ser tan exhaustivo como para contar todo lo que tenía que contar. En ese libro hay obviamente un proceso de selección de la memoria, lo que me pareció más relevante que yo debería decir de acuerdo con el espíritu que quería imprimirle al libro, que es el de una confesión personal, si se quiere, sentimental, alrededor de un periodo de mi vida para explicar por qué yo, siendo un escritor, me había metido en una empresa semejante, donde dominaban las armas. Los que tenían más valoración en ese momento eran los que eran capaces de disparar un fusil. O pelear desde una trinchera. Yo nunca empuñé un fusil. No tenía entrenamiento para hacerlo y lo que quise fue hacer un aporte intelectual. Es lo que quise confesar en ese libro.

Como mi vida política no terminó ahí, se prolongó, a pesar mío, después, durante el gobierno de doña Violeta, como jefe de la bancada parlamentaria del sandinismo, quizás me faltaría escribir otro libro sobre esa experiencia, que para mí fue tan rica como la anterior, aunque muy diversa, porque fue el momento en que yo escogí, junto con un grupo de gente que estaba dentro de las filas del Frente (FSLN), buscar un camino distinto, democrático, electoral, para el regreso del sandinismo al poder y nos encontramos con el muro de contención que ya Daniel Ortega estaba levantando en las calles con barricadas, con asonadas, etcétera.

Después, nosotros participamos en la aprobación de la ley orgánica del Ejército, en la separación de la autonomía del Poder Judicial, el fortalecimiento del Poder Electoral, la reforma a la Constitución (Política de Nicaragua) para prohibir la reelección. Entonces, como que esa parte se ha olvidado, y a mí me parece muy importante. Me hubiera gustado dejarla en un libro, pero a estas alturas tengo que escoger entre la memoria política o la obra de ficción. Y me quedo con la obra de ficción.

—¿Es complicado escribir la memoria?

Se necesita tiempo. Tiempo y ganas. Y yo no tengo muchas ganas. Lo que tengo es voluntad de escribir ficción y dedicarme el tiempo que me reste para escribir ficción. La memoria es meterse en otro campo que a mí no me atrae mucho.

—¿Cómo escoge a los personajes de sus libros? ¿Se siente identificado con alguno de ellos?

Me identifico mucho con el inspector Dolores Morales, de mi ciclo de novela, de novela negra. Este ciclo del inspector Morales, que ahora va a salir la cuarta novela, en este mes de junio, en Alfaguara, es un ciclo que relata la historia contemporánea del país, desde los años 90, cuando este, que ha sido policía antidroga, resuelve su último caso. Luego, pasa a la vida privada. Aunque es bastante años menor que yo, él entró en la revolución como adolescente, yo estaba en mi treintena, pues vamos viviendo juntos al narrar los distintos ciclos de esta tetralogía, ahora, las distintas etapas contemporáneas de Nicaragua.

La última que está publicada, Tongolele no sabía bailar, pasó por la rebelión del año 2018. Y ahora, esta que va a salir, que se llama La maldición de Ramfis, es cuando mi personaje está ya en el exilio en Costa Rica. Entonces, voy acompañando con estos libros la historia contemporánea de Nicaragua. Y la actitud de mi personaje, el inspector Morales, es la misma que yo tengo: de desencanto, de desilusión, de una mirada crítica sobre lo que pasó, de verla con humor negro, de resolver la tragedia con humor y por eso me parece que este personaje se parece mucho a lo que yo siento y pienso.

Me estaba diciendo que ya está en una etapa de reflexión. ¿Qué le diría a ese Sergio Ramírez de los años 80, si pudiera?

Es enfrentar a un viejo con un joven. Un viejo no le debería recomendar nunca a un joven: pensá como viejo, reflexioná qué es lo que vas a hacer, no te aventurés, no corrás riesgos. Eso es antinatural contra un joven. Creo que se llega a la mayor edad a través de la experiencia y de los fracasos, de las desilusiones, de los engaños, de lo que a uno le da la vida. Aconsejar a un joven que no se mueva de donde está porque le puede caer un rayo si sale a la calle, también le puede caer un rayo acostado en su cama. Es difícil establecer este diálogo.

—¿Tiene derecho el joven a equivocarse?

Y a enmendar sus errores. Y a aprender de las experiencias del pasado.


«Hoy en día, esta señora (Rosario) Murillo controla el Ejército, controla la Policía, controla las fuerzas de seguridad, controla el aparato administrativo del gobierno, controla los medios de propaganda, controla los organismos de masa, controla los paramilitares. Nunca nadie ha tenido tanto poder en Nicaragua como esta señora».

Sergio Ramírez Mercado, escritor y exvicepresidente de Nicaragua.

Mucha gente lo admira mucho y hay otra gente que lo critica mucho.

Me adversan mucho, sí, claro.

—Por su papel principalmente en los años 80. ¿Qué les puede decir a ellos?

Lo que a veces me molesta mucho es que hay gente que desde una tribuna de absoluta pureza moral trata de reordenar mi vida diciéndome que yo debo pedir perdón y arrepentirme. Yo creo que en la historia de Nicaragua los perdones y arrepentimientos deberían abundar, pero de todos los que alguna vez se metieron en política o participaron en la vida activa, porque en la vida activa de la política siempre se cometen errores, equivocaciones, siempre hay culpa que saldar.

Yo siempre estoy dispuesto a revisar mi vida para atrás. Ver lo que hice mal, lo que hice bien, pero nunca olvidar de que yo, cuando participé en la Revolución, igual que tantos que participaron en la Revolución, toda una generación, no puede ser juzgada con el lente de hoy, sino con el lente de lo que estaba pasando entonces en el mundo y en Nicaragua, y con la edad que todos teníamos entonces. Siempre estoy abierto a esta revisión. Lo que no me gusta son los tribunales morales que se erigen por sí mismos y me reclaman a mí rectificaciones de conducta que yo no siento que estén autorizados. ¿Quién los autoriza para juzgarme?

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Haciendo un salto en el tiempo, yendo a la actualidad, ¿qué le preocupa más, la represión que están desatando los Ortega Murillo o el deterioro cultural del país con las expulsiones de científicos, escritores y prohibiciones de libros que se han visto desde 2018?

Es una consecuencia de la tiranía. No hay tiranía que enriquezca culturalmente a un país. Las tiranías siempre son depredadoras de la cultura porque aspiran a la posición única, al pensamiento único, a la posición oficial y por lo tanto de ahí nace una historia viciada, la historia se borra, se enmienda, se corrige de acuerdo con los intereses del poder absoluto, que es lo que está pasando en Nicaragua.

Ahora vemos a Daniel Ortega y a la Rosario Murillo que están en todos los frentes de batalla de la Revolución, estuvieron en todos los frentes, el Frente Sur, en el Frente Norte, en la Resistencia en Managua. Entonces, es corregir la historia a favor de alguien. Eso no es nada nuevo. Además, se empobrece la cultura porque la creación cultural y literaria siempre es crítica, como el periodismo que siempre es crítico.

Cuando uno abre un periódico y lo encuentra previsible, que todo está de acuerdo con una ley oficial, ese periódico no lo lee nadie porque no tiene interés. Uno busca las posiciones críticas, contradictorias y sobre todo cuando en la misma página se encuentran dos opiniones distintas y contradictorias. Eso es lo que atrae. Igual que la literatura. La literatura de alabanza a un régimen no la lee nadie. Las poesías que cantan la gloria de una persona no las lee nadie.

Por eso es que la cultura se empobrece y veamos Nicaragua. ¿Qué es lo que hay en Nicaragua ahora? En las redes sociales, en los programas que son originados dentro más o menos del ambiente oficial, vulgaridades. Reality shows que son unas asquerosidades o programas oficiales que cantan alabanzas al régimen, unos gordos que cantan las alabanzas del régimen en las pantallas, todo eso es obsceno. Mientras, ¿dónde se está haciendo el periodismo crítico? Fuera de las fronteras. ¿Dónde se está escribiendo la literatura nicaragüense? Fuera de la frontera. Seguramente se está escribiendo una literatura en secreto dentro de Nicaragua, una literatura de resistencia. Yo tengo una gran curiosidad por eso, porque no hay duda de que hay una literatura de resistencia, un arte de resistencia que se está haciendo en la clandestinidad dentro de Nicaragua.

—Me hizo recordar un reality show que se está haciendo precisamente en Nicaragua, en estos días, de unos tiktokeros. ¿Cómo mira eso usted, que existe la sensación que la gente no quiere leer noticias porque supuestamente solo desgracias se publican y prefieren este tipo de contenido?

Yo no creo eso. Creo que la gente, en secreto, se informa a través de las redes sociales, de las voces que llegan desde fuera. Recuerdo que en mi adolescencia no había nada más atractivo que las radios clandestinas. Yo pasaba las noches sintonizando la Radio Rebelde de Cuba y luego, cuando Somoza (Anastasio Somoza García) apoyó una invasión a Costa Rica, en los años 1950, con los calderonistas que estaban exiliados en Nicaragua, había también una Radio Rebelde que estaba instalada en Managua, pero transmitía desde una frecuencia secreta. Eso es un atractivo. Hoy en día yo sé que en las redes sociales hay muchísima gente que se entera con sentido crítico, lee con sentido crítico, porque hay una resistencia en la información también, no solo en crear arte, cultura, sino también en la resistencia de la información.

—En público se ve serio, calmado, pero ¿cómo es personalmente? ¿Llora?

Sí, pero pocas veces. Mi madre me influyó en eso. Mi madre repudiaba mucho el escándalo, al llorar o al reírse. Tenía unos tíos que se reían mucho y eran muy bromistas y vivían poniéndole apodos a todo el mundo. Esa fue mi escuela de humor. Pero, mi madre hablaba muy austera y a ella le parecía ofensivo reírse en voz alta o llorar. Llorar con escándalo. Uno llora cuando vale la pena hacerlo.

—¿Nicaragua lo ha hecho llorar alguna vez o se lo ha tomado con calma?

El exilio, el alejamiento, yo lo tomo con calma quizás por la edad que tengo. Es decir, uno se va volviendo estoico no por compromiso con una escuela filosófica, sino como una manera de ser. Uno va aprendiendo que hay cosas que no las puede cambiar. Si vivo fuera de Nicaragua no es voluntad mía, yo quisiera regresar mañana mismo. Pero bueno, ¿a qué Nicaragua regresaría yo? Yo solo puedo regresar a una Nicaragua que al menos esté en las condiciones en las que yo la dejé, donde todavía había medios de comunicación libres, uno podía salir sin miedo, no había paramilitares enmascarados circulando por las calles, donde te pueden apresar y nadie da cuenta de vos. Puedes pasar metido años en una cárcel sin que nadie sepa de vos. Esta Nicaragua no tiene nada que ver conmigo. Entonces, ¿dónde está Nicaragua? Pues dentro de mí, en el recuerdo, en la memoria, en mis sentimientos. Eso nadie nunca me lo puede quitar.

—Usted formó parte de la Revolución, en 1979, que tenía la esperanza de cambiar Nicaragua. ¿Qué ocurrió para que ahora estemos en lo mismo?

Desde mi libro Adiós muchachos, en eso he sido siempre muy claro en lo que yo pienso. No es que los años de la Revolución sean para mí un paraíso perdido a los que yo añoro volver. Creo firmemente que la Revolución, en términos políticos e ideológicos, fue un proyecto fallido desde el primer momento por cuanto a mí me parece que un movimiento armado, que toma el poder en términos políticos, ya va viciado desde el principio porque el guerrillero armado, que a la vez es político, está destinado a convertirse en caudillo.

Y sobre todo si se pone ese velo ideológico, se le da ese color ideológico a la Revolución, de que es una vanguardia a la que han dado el poder y cualquiera que fuera lo que pensara la masa del pueblo, la vanguardia es la que siempre tiene razón y, aunque no tenga la mayoría de los votos, siempre está destinada a tener el poder para poder transformar el país desde una perspectiva de vanguardia. Eso me parece que es completamente erróneo y arbitrario. Eso está en la raíz misma, no de la Revolución de Nicaragua, sino de las revoluciones armadas desde la Revolución Francesa a la Revolución Rusa, a la Revolución mexicana, a la Revolución cubana y a la Revolución de Nicaragua que fue la última del siglo XX.

—Para sacar a Somoza, los sandinistas dijeron que la única opción era la lucha armada.

Esas son las grandes contradicciones de la historia, porque ¿cuál era la convicción profunda que yo tenía entonces? Que no había otra manera de sacar a Somoza sino a través de las armas. Desde luego que todos los caminos democráticos habían sido cerrados. Y las luchas democráticas, como las que daba el doctor Pedro Joaquín Chamorro, no prosperaban, la dictadura de Somoza no abría espacios democráticos, cívicos. Esa es una gran contradicción. Pero, cuando toca el momento de tomar las armas y triunfan las armas, comienza el otro periodo de agonía. La única revolución quizás en América Latina, estoy recordando ahora este dato, es la de 1948 en Costa Rica, cuando don Pepe Figueres toma el poder a través de las armas y lo que hace es abolir el ejército.

—¿Y en Nicaragua qué se puede hacer en este momento?

El empeño es luchar por un cambio profundo en Nicaragua, pero yo jamás le diría a ningún joven que hay que tomar de nuevo las armas. Volveríamos a emprender otra vez el mismo camino y otra vez a ensartarle al país una dictadura, sea de izquierda, sea de derecha. Eso me parece que pasa a segundo plano. Las dictaduras son dictaduras.

—¿Qué tan cierto es que usted ha sido, antes de Rosario Murillo, el vicepresidente con más poder en el país en la historia?

Yo dirigía el gobierno (en la década de 1980), tenía facultades delegadas, primero como miembro de la Junta de Gobierno y luego como vicepresidente, para organizar las tareas diarias del gobierno. Yo era coordinador de los ministerios, en términos administrativos yo tenía esas facultades.

Ese lugar se lo quitó Rosario Murillo porque ella habría sido más poderosa como vicepresidenta en su momento.

Es que el poder es muy distinto ahora. En los años 80 había una dirección político-militar en el país, la famosa Dirección Nacional (del FSLN). Las atribuciones de la seguridad del interior del país estaban en manos de Tomás Borge, las atribuciones militares del Ejército estaban en manos de Humberto Ortega, de manera que esas áreas del gobierno eran prácticamente autónomas, que es lo que forma parte de un poder político verdadero, era por la naturaleza del gobierno. Hoy en día, esta señora Murillo controla el Ejército, controla la Policía, controla las fuerzas de seguridad, controla el aparato administrativo del gobierno, controla los medios de propaganda, controla los organismos de masa, controla los paramilitares. Nunca nadie ha tenido tanto poder en Nicaragua como esta señora.

—A propósito de Humberto Ortega, ¿cómo vivió su muerte?

Con mucho pesar porque yo tuve una relación de muchos años con él, desde la clandestinidad, cuando luchamos juntos en la conspiración para derrocar a Somoza (Anastasio Somoza Debayle). Me parece que Humberto se equivocó pensando que tenía más poder del que él creyó, por su prestigio, su pasado histórico, que podían salvarlo de las manos de la represión. Yo siempre pensé que estaba equivocado. Yo me comunicaba muy poco con él, no podía decírselo. Yo estaba aquí en el exilio, no hablaba nunca con él, pero me parece que estaba equivocado en cuanto a medir el propio blindaje que él tenía. No tenía ninguno. Es decir, este poder que hay en Nicaragua, de la manera en que está articulado, no respeta vínculos familiares, vínculos de amistad, no respeta nada de eso.

—¿Cómo se explica que Daniel Ortega haya permitido eso contra su hermano? ¿Quién tiene más poder en Nicaragua, Ortega o Murillo?

Yo creo que quien tiene más poder es la señora. Sin duda alguna. Tanto poder como para haber prescindido en esa forma tanto de Humberto Ortega como de Hugo Torres, que fue el que sacó de la cárcel a Daniel Ortega y evitó quizás que lo mataran. Tantos otros ejemplos que hay de gente tan cercana a ellos que fue encarcelada o los dejaron morir.

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Usted lo vivió en 1990, una amnistía para que se pudiera resolver la violencia. En la actualidad, Daniel Ortega quiere evitar la justicia y las víctimas la exigen. ¿Cómo mira eso?

Una encrucijada bastante difícil de resolver. Lo primero, que sería obligatorio, es una verdadera transición democrática en Nicaragua. Sería el regreso de todos los exiliados sin cargos penales ningunos. El restablecimiento de la nacionalidad a todos los que han sido desnacionalizados arbitrariamente. La apertura incondicional de todos los medios de comunicación y el regreso de todos los periodistas. Y la desaparición de los paramilitares como fuerza amenazante en las calles, la transparencia en cuanto a las funciones del Ejército y de la Policía. Sin eso no hay ninguna transición posible y sin inmediatamente convocar a unas elecciones que garanticen que quien gane la mayoría de los votos va a gobernar la Asamblea Nacional y va a gobernar en el Poder Ejecutivo. Esos son los requisitos básicos para empezar con un proceso de democratización del país. Otra solución no existe.

El escritor Sergio Ramírez Mercado estuvo vinculado al sandinismo desde cuando luchaban contra el somocismo, a finales de la década de 1970, hasta 1995, cuando fundó el partido Movimiento Renovador Sandinista (MRS). En 1996 se retiró de la política y se dedicó desde entonces a la escritura. LA PRENSA/ ARCHIVO/ AFP
El escritor Sergio Ramírez Mercado estuvo vinculado al sandinismo desde cuando luchaban contra el somocismo, a finales de la década de 1970, hasta 1995, cuando fundó el partido Movimiento Renovador Sandinista (MRS). En 1996 se retiró de la política y se dedicó desde entonces a la escritura. LA PRENSA/ ARCHIVO/ AFP

Plano personal de Sergio Ramírez Mercado

Nació en Masatepe, Masaya, el 5 de agosto de 1942, siendo el segundo de cinco hijos del matrimonio de Pedro Ramírez Gutiérrez y de la profesora de secundaria Luisa Mercado Gutiérrez.

Está casado con Gertrudis «Tulita» Guerrero Mayorga y tienen tres hijos: Sergio, María y Dorel, y ocho nietos.

Sergio Ramírez Mercado es novelista, cuentista, ensayista, periodista, político y abogado. Ejerció como miembro de una Junta de Gobierno en Nicaragua entre 1979 y 1985, y como vicepresidente del país desde 1985 hasta 1990. Luego, fue diputado y aspirante presidencial en 1996.

En 1959, ingresó a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de León y un año después fundó la revista experimental Ventana, encabezando el movimiento literario del mismo nombre junto a Fernando Gordillo.

Sus primeros pasos en el mundo literario fueron a través del cuento. Su primer relato, El estudiante, lo publicó en 1960. Tres años más tarde publicó Cuentos, su primer libro, que es una recopilación de relatos. A partir de entonces, solo dejó de publicar durante su época de político, entre 1979 y 1996.

En 1977, fue parte del grupo opositor de “Los Doce”, integrado por intelectuales, empresarios, sacerdotes y dirigentes civiles, en apoyo del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en lucha contra el régimen del dictador Anastasio Somoza Debayle.

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COMENTARIOS

  1. Hace 2 meses

    El problema de Nicaragua ha sido la escasez de habitantes. Es el país más grande de Centroamérica que tiene casi la misma extensión que Inglaterra en el Reino Unido, el cual está compuesto por Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte. Sin embargo, Nicaragua no promovió la inmigración europea de manera fuerte para atraer gente con un nivel de educación alto. Hubo un tímido impulso de realizarlo, pero no de una manera intensa.

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