Vida cotidiana en represión

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Esta semana LA PRENSA publicó una noticia de un aporte que los trabajadores del Estado deben de dar. Esto no es nuevo, desde su llegada el Frente Sandinista de Liberación Nacional ha solicitado el aporte de su militancia que se encuentra laborando en instituciones estatales, pero ahora es a todos y un monto mayor.

Este tipo de agresiones a los derechos laborales es solo un botón de muestra de la represión que se da en la vida cotidiana. Los nicaragüenses dentro del país deben aguantar una serie de medidas que les afecta y los golpea en muchos aspectos de sus vidas.

Me comentaba una conocida que hacer un nacatamal era mucho más caro con el incremento en el costo de las naranjas agrias, por ejemplo. Otra persona me comentaba que muchos “anuncios” del Colegio Loyola usan la frase “en todo amar y servir”, de San Ignacio de Loyola, pero en el país los jesuitas perdieron su personería jurídica, este colegio continúa cobrando como colegio privado y como si aún inculcaran principios jesuitas.

Ya los nicas estábamos acostumbrados a las injusticias de la Policía de Tránsito a buscar un conecte o “una pata” que ayudara a gestionar un trámite, una especie de “corrupción casera” y ahora estamos acostumbrándonos a que en las calles no se puede decir nada, no vaya a ser y te escuche un militante que use esa información para quedar bien con el partido.

Hemos pasado a una represión de lo cotidiano sin límites. Pero, ¿qué se puede hacer en este caso, qué se le puede pedir a los nicas en suelo pinolero?

Ayer en un conversatorio realizado en Costa Rica y transmitido en línea tres víctimas de violaciones a derechos humanos que buscaron refugio en este país respondieron a esa pregunta. “No le puedo pedir nada a los que están en Nicaragua, ellos ya están resistiendo con el simple hecho de quedarse ahí”.

La conversación era muy centrada en cómo resistir el exilio, hacer justicia y reconstruir un proyecto de vida como una forma de demostrar que no pudieron quitar la esperanza y como una forma de responder a las agresiones, de resistir.

El que estudia y está consciente que los copresidentes no son héroes nacionales, aunque les den libros de texto que lo digan, están resistiendo; la familia que se las juega para cubrir sus gastos en medio de un incremento de precios sigue en resistencia, y los que fueron desplazados forzadamente y desde el exilio vuelven a estudiar, siguen trabajando y vuelve a sonreír están en resistencia.

Me llena de orgullo ser nicaragüense con personas que demuestran que ser hijo del maíz implica sonreír en medio de la adversidad y lograr reconstruir en medio del dolor, pero sin olvidar y formando una memoria histórica que nos permita la no repetición. Evitando que esta represión cotidiana sea “la normalidad”, que sea lo que es agresión y violación a los derechos humanos.

Espero que en medio de estas represiones cotidianas la sonrisa y la superación sea una insignia de resistencia.

La autora es licenciada en Ciencias de la Comunicación.

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