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Existen más de cinco mil millones de razones por las cuales la dictadura familiar de Nicaragua debió haberse volcado en ayuda a Venezuela tras los dos terremotos ocurridos la tarde del 24 de junio que han dejado a la fecha más de 1,700 muertos y 5,000 heridos, así como la destrucción de cientos de edificios y pérdidas materiales calculadas por la ONU en US$6,277 millones de dólares.
En efecto, entre 2007 y 2016 la dictadura Ortega-Murillo recibió aproximadamente US$5,000 millones de dólares en cooperación petrolera venezolana, que según un estudio realizado por el Diario LA PRENSA y especialistas financieros, fueron fondos administrados discrecionalmente que nutrieron y prosperaron empresas y negocios de la familia gobernante y coadyuvaron a su prolongada permanencia en el poder.
Pero la solidaridad nicaragüense en las labores de búsqueda y rescate en Venezuela ha brillado por su ausencia y se ha limitado a un comunicado emitido el 25 de junio de los codictadores Ortega y Murillo en el que manifiestan a Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello lo siguiente:
“Con el corazón consternado y conmovido les escribimos desde nuestra profunda hermandad, para expresarles nuestros sinceros y permanentes sentimientos de solidaridad a toda prueba”. Irónicamente, se ponen a la disposición “al llamado cuando nos necesiten”.
La prueba de solidaridad ya pasó y fracasaron rotundamente, contrastando con rescatistas de 30 países como los Estados Unidos, Perú, Mexico, Colombia, República Dominicana, El Salvador, Ecuador, Panamá, España, Suiza, Alemania, Francia, Italia, India, Brasil, China, Cuba e Irán, países que no vacilaron ni esperaron el “llamado de cuando nos necesiten” para enviar sin demoras a sus rescatistas especializados y hospitales de campaña que llegaron a tiempo para salvar vidas aún sepultadas bajo los escombros.
Pero Nicaragua no envió esta vez a Laureano Ortega al frente de un contingente de la Brigada de Rescate Humanitario, seguramente porque estaba muy ocupado en Pekín consolidando los lazos de “cooperación y amistad” con el Partido Comunista de la República Popular de China. Ni ningún otro integrante de la extensa dinastía familiar hizo acto de presencia solidaria en Venezuela.
¿Por qué será que no hubo reciprocidad de Nicaragua hacia un país y un gobierno que ha sido harto solidario y se limitó esta vez a un comunicado de buenas intenciones y un llamado a estar listos “para cuando nos necesiten”?
Dos posibles respuestas de esta inexplicable política de indiferencia ante la tragedia humana y ante entrañables amigos de antaño, supuestamente del mismo signo político y patrocinadores del “Socialismo del Siglo XXI”.
La primera cruel razón es el mal agradecimiento. Terminado el beneficio económico de la relación, terminada la solidaridad efectiva.
La segunda es política: la percepción de los codictadores —aumentada por declaraciones del propio presidente estadounidense— tras la extracción de Nicolás Maduro en una exitosa intervención militar en enero pasado, el régimen venezolano se ha transformado en una especie de “protectorado” de los Estados Unidos y quien controla ahora el comercio petrolero venezolano es la administración Trump y quien la dirige es el secretario de Estado Marco Rubio.
De cualquier manera, estas dos razones no hicieron mella en la decisión de Cuba, China, México, Brasil o Irán de enviar contingentes de rescatistas sin esperar la llamada de Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez o Diosdado Cabello.
El autor es periodista, político y escritor nicaragüense, ex preso político desterrado y autor del libro testimonial “Destinos heredados” y “Un cauce hacia la democracia”. Fue codirector de LA PRENSA de 1981 a 1984.