Sergio Ramírez: premios, tribuna y resistencia

Escuchá esta nota
0:00 / 0:00
1.0x

Lista de reproducción

  • No hay más artículos para escuchar

El diario El País de España ha celebrado, por todo lo alto, el cincuenta aniversario de su célebre y prestigioso Premio José Ortega y Gasset, reconociendo la notable trayectoria del doctor Sergio Ramírez Mercado, quien ha sabido destacar por su defensa de la libertad de expresión, su compromiso con la democracia, su labor de escritor atravesada por una mirada profundamente periodística y su valentía frente a la censura en Nicaragua.

No se trata de un reconocimiento menor, pues a lo largo de cinco décadas este premio ha ennoblecido y dignificado a algunas de las voces más influyentes del ámbito iberoamericano, entre ellas Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o Alma Guillermoprieto, irguiéndose como una de las tribunas más prestigiosas del mundo hispano. Se trata, en suma, de un galardón de capital importancia que hace justicia a una pluma infatigable y a ese notable valor cívico que solo distingue a los prohombres de la historia.

Si para Borge los premios no son más que malos entendidos, una cortesía social donde muchas veces dicen más del jurado que del autor, en Ramírez cada galardón opera como una confirmación del anterior, y juntos, constituyen la unanimidad crítica que sabe dar, con justicia, aquilataje a una obra que no para su expansión en el espacio de las letras ni detiene su andar en el tiempo de los grandes retos y velados desafíos. Por ello, enumerar todos sus premios no es un ejercicio de acumulación, sino el recorrido por el mapa de legitimación de la literatura en lengua española, un mapa vivo que continúa ensanchándose con admiración y reconocimiento hacia el insigne galardonado.

Así, el Premio Cervantes (2017), cumbre indiscutible de las letras hispánicas, consagró una trayectoria que ya era sólida desde hacía décadas. Antes y después de ese hito, su nombre ha estado asociado a galardones de enorme peso: el Premio Alfaguara de Novela, el Premio Carlos Fuentes a la Creación Literaria, el Premio José Donoso, el Premio Dashiell Hammett —que reconoce la excelencia en la novela negra— y el Premio Casa de las Américas, entre otros. Más recientemente, el Premio Ortega y Gasset de Periodismo (2026) vino a subrayar una dimensión esencial de su obra, la del escritor que no separa la literatura de su insoslayable compromiso con la verdad.

Pero lo verdaderamente loable y plausible no es la acumulación excesiva de galardones, sino el uso que Ramírez hace de ellos. Cada premio, lejos de ser una meta de llegada la convierte en un punto de partida, una tribuna desde la cual denuncia la deriva autoritaria de Nicaragua, la asfixia de las libertades, la persistencia de una dictadura que intenta silenciar no solo a los ciudadanos, sino que también a la memoria histórica de todo un continente. En sus discursos —medidos, elegantes, eruditos, pero firmes— resuena una convicción profunda que la literatura no puede ser neutral frente al poder que oprime. Y esa voz adquiere mayor densidad si se recuerda que el propio Ramírez ha sido despojado de su nacionalidad, privado de sus bienes y forzado al exilio, mientras es objeto de campañas de descrédito desde el poder.

En este sentido, sus premios adquieren una dimensión que trasciende lo literario. No son únicamente medallas simbólicas, sino actos de amplificación. Desde Madrid, desde Guadalajara, desde cualquier escenario donde su voz es reconocida, Ramírez proyecta una denuncia que adquiere un carácter perdurable que gana vigencia en cada futuro que se acerca, son palabras destinadas a la perpetuidad, a sobrevivir incluso más allá de los contextos que las hicieron necesarias. Son intervenciones que no se agotan en el instante del aplauso, sino que quedan inscritas en la conciencia cultural de su tiempo.

A la par de estos galardones, los doctorados honoris causa que ha recibido —al menos siete, otorgados por universidades de la América Hispánica y Europa— confirman otra dimensión de su figura, la del intelectual cuya obra dialoga con la academia sin perder su pulso narrativo. Instituciones como la Universidad de Guadalajara, la Universidad de Chile, la Universidad de Costa Rica o la Universidad Blaise Pascal en Francia han reconocido en él no solo al novelista, sino al pensador capaz de articular una visión crítica de nuestra castigada historia hispanoamericana.

Sin embargo, hay una dimensión que ningún premio alcanza a medir del todo, el pragmatismo y la coherencia. En Sergio Ramírez, la armonía entre vida, obra y palabra pública no es un atributo más, sino el núcleo mismo de su alcurnia y grandeza. Ningún galardón clausura su discurso, lo expande. Ningún honoris causa lo lanzan a las alturas estériles de una perfumada torre de marfil, por el contrario, lo devuelve —con renovado vigor— al territorio vivo de la crítica y la denuncia. Porque, como Anteo, su fuerza no proviene del desapego, sino del contacto, de ese vínculo obstinado con la realidad que pisa, de donde extrae la energía necesaria para seguir diciendo, sin concesiones ni medias tintas, aquello que otros prefieren callar. Decir que está entre los más galardonados de América es la superficie de una verdad más profunda, que ha sabido convertir el reconocimiento en responsabilidad, y la literatura en una forma de resistencia. En un continente donde el poder suele exigir silencio, Sergio Ramírez ha hecho exactamente lo contrario, hablar, y hacerlo de tal manera que sus palabras —como los grandes premios que las acompañan— sigan resonando cuando ya no estemos para escucharlas.

El autor es escritor nicaragüense exiliado en España.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí