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El Paquete de Belém —el conjunto de medidas de financiación y adaptación climática adoptadas en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP30) del año pasado en Brasil— tuvo un alcance limitado. Sin embargo, al reconocer que el mundo ya no puede diseñar soluciones climáticas para África sin una participación significativa de África, marcó un cambio profundo en la formulación de políticas.
A pesar de representar menos del 4 por ciento de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, África está sufriendo las peores consecuencias de la crisis climática. Como resultado, en los últimos años el continente ha pasado de la periferia del debate sobre la financiación climática a ocupar un lugar central. Gran parte del mundo reconoce ahora que el camino de África hacia las emisiones netas cero debe impulsar el desarrollo, no limitarlo. En lugar de replicar antiguos patrones de dependencia, los países africanos deben industrializarse, comerciar y crecer al tiempo que forjan un futuro con bajas emisiones de carbono.
El primer informe ESG del Banco Africano de Exportación e Importación (Afreximbank), publicado durante la COP30, refleja este cambio. El informe constata que, en lugar de esperar soluciones externas, las instituciones africanas ya están adoptando las medidas necesarias para apoyar el desarrollo económico del continente y sus objetivos climáticos.
Para impulsar la financiación climática a gran escala, las instituciones multilaterales africanas deben actuar de forma coordinada, promoviendo una visión continental compartida. El informe de Afreximbank destaca una serie de instrumentos prácticos, como el Mecanismo de Financiación para la Adaptación al Cambio Climático, que podrían contribuir a movilizar inversiones sostenibles. Ya sea apoyando proyectos solares en Camerún o proporcionando energía estable a empresas nigerianas, estos instrumentos demuestran cómo la energía limpia descentralizada puede sustentar la industrialización y la competitividad económica de África.
De igual modo, mecanismos como el Fondo Africano para la Transformación del Comercio pueden contribuir a abordar los dos grandes desafíos que enfrenta el continente: una elevada carga de deuda y la vulnerabilidad climática. El innovador Fondo Fiduciario Africano para el Comercio, en particular, ejemplifica el tipo de instrumentos orientados a proyectos que serán fundamentales para ampliar la inversión climática.
La acción climática eficaz en África es inseparable de la soberanía económica y el comercio. Localizar las cadenas de valor verdes, construir centros de producción con bajas emisiones de carbono e invertir en infraestructuras resilientes al clima no son meras iniciativas climáticas; son también proyectos de construcción nacional cruciales para una transición justa.
La cuestión ahora es si el sistema financiero global podrá adaptarse a esta nueva realidad. Mientras África construye las instituciones necesarias para un futuro sostenible, las economías avanzadas deben cumplir sus compromisos financiando íntegramente el Fondo para Pérdidas y Daños, facilitando el acceso a financiación en condiciones favorables y tratando a África no como receptora de ayuda, sino como un socio comercial en igualdad de condiciones.
Lejos de ser un acto de caridad, apoyar la transición verde de África es la única vía viable para lograr la resiliencia climática global y un crecimiento equitativo. Como quedó claro en la COP30, las instituciones financieras del continente ya están adoptando prácticas de energía limpia por iniciativa propia.
La transformación económica de África dependerá de la transferencia de tecnología y el desarrollo de capacidades, ambos esenciales para los proyectos que Afreximbank y sus socios financian. Consideremos las centrales solares. Más allá de su instalación, esta capacidad de generación se integra a la futura red eléctrica, estimula la fabricación local de componentes y contribuye a la formación de una nueva generación de ingenieros.
El proyecto energético integrado de Aba, en Nigeria, ilustra este enfoque holístico. Al suministrar energía de gas limpia y estable a las pequeñas empresas, aborda simultáneamente las emisiones, impulsa la productividad y fortalece las cadenas de valor locales.
El efecto multiplicador resultante refuerza la necesidad de considerar la financiación climática como financiación para el desarrollo. De este modo, se responde a una pregunta clave planteada por muchos asistentes a la COP30: ¿Cómo pueden las economías ser resilientes al clima y, a la vez, competitivas a nivel mundial? La respuesta reside en proyectos integrados que vinculen el progreso ambiental con la fortaleza económica.
No nos equivoquemos: persisten obstáculos sistémicos. África enfrenta una enorme brecha de financiación de 1,6 billones de dólares para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU para 2030, lo que pone de manifiesto la persistente desalineación entre el sistema financiero global y las necesidades del continente. El Paquete de Belém, que reconoce este desequilibrio, es un paso en la dirección correcta. Sin embargo, corregir las percepciones distorsionadas del riesgo y los consiguientes diferenciales de crédito elevados será fundamental para movilizar capital privado a tasas preferenciales.
Resulta alentador que las instituciones africanas ya estén respondiendo. Mediante el desarrollo de herramientas para mitigar riesgos y modelos de financiación mixta, que incluyen mecanismos de financiación en condiciones favorables y fondos fiduciarios, buscan atraer capital privado. En efecto, están creando las plataformas necesarias para la inversión global, dirigiéndola hacia proyectos que impulsan tanto los objetivos climáticos como los de desarrollo.
Todo esto demuestra que África ya no está dispuesta a ser definida por una crisis que no provocó. En cambio, el continente está impulsando una transición verde justa que fomenta la industrialización, aprovecha los recursos energéticos locales, expande el comercio e integra los mercados. Está creando una de las oportunidades de crecimiento más importantes del siglo XXI y sentando las bases para la resiliencia climática global.
El autor es director de Riesgos del Grupo en el Banco Africano de Exportación e Importación.
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