Lista de reproducción
- No hay más artículos para escuchar
Carlos Fuentes decía que “la realidad literaria potencia y enriquece la realidad primaria”. De ahí que la novela pueda definirse como un ejercicio narrativo que se inspira en la realidad (“primaria”) para crear realidades (“literarias”), que pueden ser factibles o no. Y es la imaginación del escritor, en complicidad con la del lector o de la lectora, la que crea personajes y circunstancias a lo largo de un tiempo que puede ser real, inventado o una combinación de ambos.
En las ciencias de la mente, la imaginación es “la capacidad de la mente para formar imágenes o ideas que trascienden los límites de nuestras percepciones sensoriales”, es decir, de lo que captamos con la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto (Rosittsa Artemis). Puesto de otra forma, la imaginación se entiende como “la capacidad del cerebro para simular, combinando experiencias previas y posibilidades futuras con el fin de crear ‘realidades’ hipotéticas” (Bethany Ranes). Mediante la explotación de esta capacidad, la buena literatura es capaz de universalizarse, trascendiendo el espacio geográfico, el tiempo histórico y el ethos cultural en los que tanto el novelista como sus lectoras nacen y se forman. Así pues, Margarita está linda la mar, de Sergio Ramírez, puede ser leída y disfrutada en Noruega por alguien (llamémosla Sigrid) que no conoce Nicaragua, de la misma manera en que un nicaragüense que nunca ha puesto los pies en Noruega puede emocionarse al leer Mañana y tarde, de Jon Fosse.
¿Cómo logra la novela de Sergio Ramírez eliminar las barreras geográficas, históricas y culturales que separan a Sigrid de Nicaragua? Entre otras cosas, mediante el uso de recursos retóricos con impacto cognitivo. Nuestro Premio Cervantes usa, por ejemplo, la metáfora, la simbología y el símil para crear y transmitir imágenes mentales que le permiten a nuestra ficticia lectora noruega percibir, de manera imaginativa, la realidad “primaria” de Nicaragua, un país muy diferente al suyo.
En Castigo divino, por ejemplo, Sigrid lee que León, a comienzos del siglo pasado, era una ciudad “pobre de acontecimientos” (Nueva Nicaragua, 1988, 156). La “magia” de esta metáfora hace que Sigrid, quien nació apenas en el año 2000 en el rico vecindario de Frogner, en Oslo, evoque una vivencia común a la inmensa mayoría de los habitantes de nuestro planeta: un lugar o una circunstancia insustancial. Puesto de otra forma: Sigrid puede captar la imagen e incluso la sensación del León de Castigo divino, porque las palabras “pobre de acontecimientos” activan el repertorio de experiencias que ella ha acumulado en su memoria una película que la hizo quedarse dormida por su trama tediosa y carente de acción; o la soporífera tarde de un domingo en la que no pasó nada.
De igual forma, un símil como el que usa Sergio Ramírez en Sombras nada más para expresar el sentimiento de las masas nicaragüenses en la postrimería del somocismo, le permite a Sigrid imaginar el entorno emocional de ese tiempo en Nicaragua. Dice nuestro novelista que, “tan álgido era el odio que se derramaba en aquellos días como si se hubiera rajado un cántaro, los pobres derrotados, sin segundo calzón que ponerse, pretendiendo desquitarse de tantas inquinas y malos sufrimientos…” (Alfaguara, 2002, 378).
Sigrid nunca ha vivido algo remotamente parecido a lo que los nicaragüenses vivimos en 1979, pero sí ha experimentado o percibido, como casi todo el mundo, el impacto de la quebradura inesperada de un vaso o de una botella llena de líquido y la aceleración del corazón ante la sorpresa y el desorden del derramamiento. Al leer la descripción literaria que Sergio Ramírez ofrece de los primeros días de la Revolución Sandinista, Sigrid puede extrapolar esas experiencias y percepciones y acercarse mentalmente a la Nicaragua revolucionaria. Ingrid también puede cerrar los ojos y pensar —con horror de chica rica— en lo que, para ella, sería vivir sin su bien surtido guardarropa, acercándose así al drama de quienes viven sin “segundo calzón”.
¿Y cómo le transmite Sergio Ramírez a Sigrid, tan acostumbrada a la historia de progreso de su país, lo que significa vivir en un país como Nicaragua, donde “todo cambia para que nada cambie”, al decir de otro novelista, en este caso, italiano? No digamos más y dejemos que Sergio Ramírez “masajee” las imágenes que Sigrid posee en su memoria perceptiva y emocional para transmitirle el “sin sentido” de la historia de nuestro país. En Tongolele no sabía bailar, nuestro autor le hace decir a uno de los personajes de esta novela: “Mi abuela Catalina tenía un burro que pasó toda su vida dando vueltas, enyugado a una muela de piedra que molía coyol de palma para sacar aceite. ¿Será […], que este país es como aquel burro, que sólo puede dar vueltas y vueltas, uncido a una piedra?” (Alfaguara, 2021, 308). Y, en una frase que impacta a Sigrid y nos debe hacer meditar a todos: “Lo más triste del caso es que el burro de tiempo en tiempo se rebela, revienta el mecate y cree que es libre […]; mas no sabe que lo volverán a pegar a la piedra de molino los mismos que lo ayudaron a zafarse” (308).
Sigrid no conoce la frustración que significa vivir en un país que, sin visión de futuro, fabrica dictador@s en serie; pero puede imaginar a un burro condenado a una esclavitud permanente, dando vueltas atado a una piedra y, de vez en cuando, liberándose de su carga y de sus ataduras para volver, una y otra vez, a su martirio. Así, evocando imágenes almacenadas en su cerebro, Sigrid puede percibir, de manera imaginativa y sintética, lo que significa vivir en una historia repetitiva y triste como la nuestra.
Los juegos de la imaginación de Sergio Ramírez, y en particular su habilidad para activar la memoria perceptual y emocional de Sigrid, son posibles porque, como él indicó en su discurso de aceptación del Premio Cervantes al hablar de la magia literaria del Manco de Lepanto en el Quijote, lo “real” y lo “imaginado” se “corresponden y se oponen”. Es decir, son “contrapeso y complemento”, el uno del otro. Esta aseveración encuentra sustento en las ciencias cognitivas, que nos enseñan que el fenómeno de la imaginación, con el que creamos representaciones mentales sin necesidad de estímulos perceptuales directos; y el de la memoria, que registra nuestras vivencias y emociones, utilizan las mismas redes neuronales, particularmente en el hipocampo, una región del cerebro que tiene forma de caballito de mar y que se ubica bajo la corteza, en ambos hemisferios, cerca de las orejas. Así pues, la neurobiología del cerebro humano le permite a nuestro novelista estimular a nuestra amiga noruega a imaginar una ciudad como León, una revolución como la sandinista y una historia como la nuestra.
La ética de los juegos de la imaginación
Las imágenes que proyectan las figuras literarias empleadas en una novela siempre están condicionadas por el ángulo desde el cual el novelista representa la realidad que desea transmitir al lector. En este sentido, ninguna novela puede expresar el sentido de la realidad “primaria” desde un punto de vista absoluto y neutral. Consciente o inconscientemente —generalmente ambas cosas—, el escritor construye sus realidades “literarias” a partir de una perspectiva determinada por sus memorias, sus obsesiones y su moralidad. En el caso de Sergio Ramírez, la perspectiva que domina sus novelas es la misma que orientó su vida política y que impregna su columnismo de opinión: la del prójimo castigado por el poder, y la de los que visten “zapatos cuarteados” (Tongolele no sabía bailar, 46); la de los desgraciados que le piden al cielo lo que les niega el Estado y el mercado, como la Fanny y Doña Sofía, la de sandinistas marginados por sus camaradas, como el inspector Dolores Morales y Lord Dixon, la de campesinos mayas masacrados por las huestes de Ríos Montt en Guatemala, la de Lady D, abusada por los paramilitares de la dictadura OrMu en Nicaragua, la de una escritora castigada por la vida, como Amanda Solano, y hasta la de una princesa empobrecida y coja, como María Aleksándrovna.
Sergio Ramírez nos invita a reconocer la presencia de estos personajes y los mundos que habitan, con una visión crítica del poder que es más implícita que explícita; artística, no didáctica; reflexiva, no farisaica ni retórica. Al hacerlo, siembra la misma semilla que había sembrado antes, pero que la Revolución Sandinista no logró que germinara.
¿Y quién puede asegurar que la semilla literaria de Sergio Ramírez no logrará aquello que no consiguió su semilla revolucionaria? ¿Quién podría negar que los juegos de la imaginación de nuestro autor ya están contribuyendo a crear un nuevo imaginario social, del mismo modo en que otras y otros novelistas, en distintas latitudes del mundo, ayudaron a forjar los idearios de justicia y libertad de los que aún depende el futuro del mundo y de la civilización actual? De ello hablaremos en otro momento.
El autor es exprofesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Western Ontario, Canadá.