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El 2 de junio del año pasado publiqué en este mismo medio un artículo titulado “¿Está muerto Brooklin Rivera?” No es costumbre repetir artículos, pero a veces hay circunstancias excepcionales que obligan a uno ser repetitivo. Porque desde entonces ya han pasado diez meses y porque existe una campaña internacional pidiendo prueba de vida —que enseñen— a Brooklyn. ONU, EE. UU. y Amnistía Internacional, entre otros lo han estado exigiendo. Pero el gobierno sigue en absoluto silencio.
Desde su captura del 29 de septiembre del 2023, captada en video, hoy, dos años y seis meses después, ¡900 días! sigue sin saberse nada, absolutamente nada, de este líder misquito y diputado. Tenía al momento de su captura 71 años y algunos problemas de salud, podría estar siendo sometido a torturas, podría estar famélico. Podría estar muerto. No hay forma de saberlo. Nadie sabe dónde ni cómo está. Su hija Tininiska fue amenazada con prisión por la Policía si trataba de averiguarlo. Días después allanaron su casa, pero ella escapó a tiempo al exilio.
El secuestro de Brooklyn muestra con claridad una de las caras más repugnantes del régimen: su total desprecio por las normas más elementales del derecho, su inhumanidad y su hipocresía. Entre las normas legales que viola destaca la figura del Habeas Corpus, uno de los principios más básicos del derecho universal. Procedente del latín significa “aquí tenemos el cuerpo”. Indica la obligación de las autoridades de llevar al reo ante el juez a fin de que defina los motivos legales de su detención.
El principio subyacente es que nadie puede ser mantenido en prisión sin causa (artículo 9 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos). El secuestro también viola el artículo 5 de la Convención de la ONU para las desapariciones: “La práctica generalizada o sistemática de las desapariciones forzadas constituye un crimen de lesa humanidad tal como se define en el derecho internacional aplicable y acarreará las consecuencias previstas en el derecho internacional aplicable».
El colmo es que este secuestro viola también la propia constitución sandinista: art. 27, 11: “Toda persona tiene derecho a que se presuma su inocencia mientras no se pruebe su culpabilidad de acuerdo con la ley”. Artículo 32: “Nadie puede ser sometido a detención o prisión arbitraria ni ser privado de su libertad. Toda persona tiene derecho en igualdad de condiciones al debido proceso y a la tutela judicial efectiva”.
¿No ven esto las autoridades judiciales del país? ¿No lo ven los militares que han jurado acatar y defender la Constitución? ¿No lo ve Porras, Wálmaro o algún diputado de la Asamblea Nacional? ¿Qué dirán los profesores de Derecho a sus alumnos?
Además de ilegal, este procedimiento es inhumano y cruel. Lo es para el secuestrado y para sus familiares. Al primero porque lo aíslan completamente del mundo y lo confinan a mazmorras en la que está completamente indefenso ante los abusos que quieran propinarle sus captores. Sabe que no puede defenderse. Que nadie oirá sus gritos. Que pueden hacer con él lo que quieran. Sus captores, para torturarlo emocionalmente, le pueden decir cualquier patraña sobre sus familiares o amigos de afuera.
Es cruel para los familiares. No poder saber si su padre, hijo o hermano, está sano o enfermo, si está siendo bien tratado o torturado, si está vivo o si ya lo mataron, causa inenarrables angustias. Más aún cuando saben que su deudo no está en manos de angelitos sino de un sistema que oficialmente considera a sus adversarios como una especie subhumana; como escoria, sanguijuelas, traidores, hijos del demonio, etc. Están en el puño del odio.
El secuestro de Rivera muestra también la hipocresía de la dictadura. ¿Cómo puede en presencia de estas conductas, hablar la señora Murillo de Dios, Cristo y repetir incansablemente la palabra amor? ¿No se da cuenta de su incoherencia? ¿No se da cuenta de que todo el mundo la ve?
Es de temer lo peor. El mutismo inexplicable perjudica al Gobierno pues exhibe al mundo su maldad e ilegalidad. Pero, o no le importa, o no puede revelar que lo mató o dejó morir. Si está vivo que lo enseñen. ¿O es que ya no pueden?
El autor fue ministro de Educación y escritor del libro «Buscando la Tierra Prometida, historia de Nicaragua 1492-2019», accesible en librerías locales y en Amazon.