Eyder Peralta ha cubierto conflictos y guerras en cuatro continentes. En 2017 estuvo preso en Sudán del Sur. CORTESÍA

El periodista nicaragüense que sobrevivió a guerras y a una cárcel en África

Eyder Peralta ha estado en los frentes de las guerras más crueles de los últimos tiempos. Desde Ucrania, Kenia o Etiopía, pasando por las cárceles de Sudán del Sur y hasta la crisis de su propio país en 2018.

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Con un par de cervezas en una calurosa tarde en Juba, la capital de Sudán del Sur, el reportero nicaragüense Eyder Peralta celebraba. Horas antes un funcionario del gobierno de ese país le dijo que le darían una credencial para hacer cobertura periodística en el terreno. 

Llevaba meses gestionándola desde su base en Nairobi, Kenia, pero como nunca le dieron respuesta decidió moverse hasta el lugar para solicitarla en persona. Era viernes 28 de abril de 2017 y en Sudán del Sur ya se libraba una feroz guerra civil en la que comunidades enteras fueron masacradas y las mujeres violadas por las tribus enemigas. 

De repente, un grupo de hombres armados con AK-47 se acercaron a la mesa donde Peralta celebraba. Le hacía ilusión cubrir el conflicto en ese país, pero dicha ilusión se esfumó en un par de segundos. Los hombres lo obligaron a subirse a la tina de una camioneta que olía a gasolina. “Pensé que hasta ahí llegaba”, cuenta el reportero. 

Eyder vivió cinco años en Nairobi, Kenia. ARCHIVO
Eyder vivió cinco años en Nairobi, Kenia. ARCHIVO

Esa bochornosa tarde Eyder fue llevado a Blue House, una prisión de máxima seguridad considerada como la peor cárcel de toda África. Lo acusaron de tratar de hacer un golpe de Estado, lo interrogaron hasta el cansancio y estuvo metido “en una pequeña caja de concreto”. 

—Eres árabe —le reclamaban los oficiales sursudaneses. 

Los árabes son uno de los grupos rivales de quienes están al frente en Sudán del Sur. 

—No, soy nicaragüense criado en Estados Unidos. 

—Eres árabe y ni siquiera lo sabes —le insistían. 

Poco tiempo después, sus captores se dieron cuenta de que decía la verdad. No tenía nada de árabe. Tuvieron que liberarlo porque el Gobierno de Estados Unidos intercedió por él, ya que Eyder es ciudadano americano. Casi toda su vida la vivió en Miami donde se formó y empezó su carrera como periodista. 

Eyder Peralta es matagalpino. Es un hombre de guerra. Nació en medio de una y ha estado en varios frentes alrededor del planeta. No es que él tome un fusil para luchar por alguna causa en la que él crea, sino que toma su cámara y micrófono para contar la cruda realidad de estas. 

Ha reporteado en más de 20 países en cuatro continentes. Desde el Hezbolá en Líbano, pasando por las maras en El Salvador, el crimen organizado en México, guerras civiles en Etiopía, Uganda y Kenia, la epidemia del ébola y la pandemia del coronavirus en el continente africano, hasta más recientemente las guerras en Ucrania y la crisis política en su propia tierra. 

“Nicaragua se parece mucho a las dictaduras de África. Ni Venezuela o Cuba se le asemejan. Yo he estado en Cuba y ahí le preguntas a la gente en la calle cómo está la cosa y la gente te dice que está mal, que todo es una mierda y te dicen la verdad. En Nicaragua no”, comenta.

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Eyder considera que Nicaragua se asemeja más a Etiopía, “al punto de que no podés hablar con alguien en la calle. Incluso en Venezuela hay redacciones independientes que siguen funcionando”. 

De guerra en guerra 

Eyder Peralta nació en medio de una guerra. Para 1981 cuando llegó al mundo, Nicaragua ya estaba bajo el conflicto armado entre los sandinistas y la contrarrevolución. Sus padres, Mayra y Juan Peralta fueron colaboradores de la guerrilla en los años 70, al igual que otros tíos y familiares que dejaron la sangre y la vida en las montañas del norte del país. 

Los Peralta pronto se desencantaron con la Revolución Sandinista que depuso a los Somoza y de manera clandestina comenzaron a sacar del país a jóvenes que trataban de evadir el Servicio Militar. Fue así hasta 1985, cuando una amiga de la familia que les ayudaba con las gestiones para sacar a estos jóvenes “la hallaron muerta, torturada, enfrente de su casa”, relata Eyder. 

Su familia entendió entonces que era momento de dejar el país. 

Primero se fue Juan Peralta para Estados Unidos y meses después, ya en 1986 cuando Eyder tenía 5 años, se fue el resto de la familia para el norte. Él se acuerda muy poco de esa travesía. “Era solo un niño”. Pero sí tiene fijado en su mente que la primera vez que comió una manzana en su vida fue en la Ciudad de México, días antes de cruzar a tierra prometida por San Diego. 

Eyder Peralta nació en Matagalpa, Nicaragua y huyó junto a su familia de la guerra civil en 1986. ARCHIVO
Eyder Peralta nació en Matagalpa, Nicaragua y huyó junto a su familia de la guerra civil en 1986. ARCHIVO

“Yo ni sabía qué era una manzana, pero sí sé que la primera manzana que me comí en mi vida fue en la Ciudad de México. Ahora vivo aquí, en esta misma ciudad”, comenta. 

La familia se estableció en Miami. Eyder recuerda que le costaba mucho socializar porque no estaba familiarizado con el inglés, e incluso se sorprendían con las diferentes comidas que había y que nunca habían visto en Nicaragua. “No sabíamos qué hacer con una lata de arándanos”, señala. 

Los Peralta estaban lejos de Nicaragua, pero siempre atentos a la primera oportunidad que tuvieran para volver. Y cuando vieron que el triunfo de Violeta Barrios de Chamorro en las urnas trajo el final de la guerra en 1990, regresaron al país, aunque pronto se desencantaron. 

La vida que habían hecho en Miami era muy diferente a la que podían tener en la Nicaragua posguerra, sin empleos, sin escuelas e incluso sin servicios básicos porque en la casa de los Peralta en Matagalpa pasaban a oscuras y no tenían agua potable. 

Decidieron regresar a Miami en donde viven hasta estos días, pero según Eyder su familia aún está convencida de que regresarán a Nicaragua. Solo que no saben cuándo ni cómo. 

Corriendo a la guerra 

Eyder supo qué era lo que le apasionaba en la vida a finales de los noventa: contar historias. Se las encontraba en revistas, en documentales, en periódicos, en libros y demás. Así que cuando le tocó escoger una carrera universitaria se fue por Literatura y Periodismo. “Me di cuenta de que el periodismo y la literatura tenían mucho en común”. 

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Además, en aquellos tiempos, los periódicos y medios de comunicación en Estados Unidos casi siempre estaban en busca de personal así que Eyder valoró que encontraría trabajo fácilmente. Así fue como llegó a hacer su debut en el periodismo en el Miami Herald, uno de los rotativos más influyentes de Estados Unidos. 

Cubría temas policiales, judiciales y “notas babosas, de que la ciudad botó un árbol y la gente estaba encachimbada”, relata. Luego dio un giro y se fue a escribir sobre música en un periódico llamado Florida Times Union, en Jacksonville. “Me pasé de lo serio a la cultura y poco a poco tuve que regresar a lo serio porque no me llamaba tanto la atención cubrir sobre cultura”. 

En 2003 se dio la invasión de Estados Unidos en Irak. Eyder comenzó a leer las crónicas que llegaban desde el frente de guerra y descubrió que ese era el tipo de periodismo que quería hacer. No lo tenía fácil en ese momento, dice. “Es muy difícil convencer a tus editores que sabes escribir de otra cosa fuera de la cultura”. 

Se empezó a ofrecer para otro tipo de coberturas que no tuvieran nada que ver con cultura y así llegó su primera gran experiencia: el huracán Katrina en 2004. Después estuvo un tiempo escribiendo para el Houston Chronicle y tras varios años esperando una oportunidad le llegó la de National Public Radio (NPR), una cadena estadounidense que le permitió abrirse al tipo de periodismo que le apasiona. 

Eyder cubrió la pandemia del coronavirus y la epidemia del ébola en África. ARCHIVO
Eyder cubrió la pandemia del coronavirus y la epidemia del ébola en África. ARCHIVO

Llegó a NPR en 2008 como productor asociado y fue ascendiendo hasta convertirse en corresponsal internacional en 2016. Fue entonces cuando lo enviaron a Kenia donde hubo una convulsión social tras unas elecciones en la que se desató una guerra civil entre tribus. Hubo masacres y atentados en contra de civiles. 

“Nunca me había imaginado cubrir África. Ser migrante es como no tener casa, entonces para mí no hacía ninguna diferencia vivir en Washington, o en Miami o en Nairobi”. 

No se fue solo. Su gran cómplice y esposa Cinthya Leonor Garza lo acompañó junto con sus dos hijas. Su tercera hija nació en Kenia. Cinthya también es periodista y escritora mexicoamericana. Ambos se conocieron en el Miami Herald cuando Eyder escribía sus “notas babosas” y ella cubría educación. 

Él siempre ha sido más reservado, mientras que ella se mostraba más extrovertida y sin miedo a dar sus opiniones. Se hicieron amigos, comían juntos y al poco tiempo se enamoró de su inteligencia, de sus ansias de comerse el mundo y de su sonrisa. “Como yo, ella quería salir de su burbuja. Somos muy pata de perro. En eso coincidimos”. 

Kenia no era nada comparado con Estados Unidos. Desde la infraestructura, la comida y la seguridad, hasta los servicios. Incluso en los primeros días en la capital keniata tuvieron un accidente por una explosión de gas y Cinthya resultó con quemaduras en uno de sus brazos. Sin embargo, eso no los desanimó. 

Se quedaron cinco años en Nairobi. Desde ahí era la base operaciones de Eyder porque no solamente cubría el conflicto en ese país, sino que también lo enviaban a naciones vecinas o a otras regiones como a Medio Oriente, Europa y América Latina. 

Su madre, Mayra, siempre le señaló lo paradójico de esos años en que Eyder estuvo saltando de guerra en guerra en busca de historias en el frente. “Nosotros corriéndonos de la guerra y vos corriendo hacia la guerra”, le decía. 

El periodista nicaragüense ha sufrido represalias en varios países debido a su trabajo periodístico. CORTESÍA
El periodista nicaragüense ha sufrido represalias en varios países debido a su trabajo periodístico. CORTESÍA

Blue House 

Aquella calurosa tarde de viernes cuando fue detenido en Sudán del Sur, Eyder primero pasó 24 horas en una pequeña, oscura y asfixiante celda de concreto, donde el aire era inmóvil y los pocos momentos de silencio eran tan ensordecedores que lo único que escuchaba eran los pálpitos de su asustado corazón. 

Pero también escuchaba sus pensamientos. Miami. Sus hijas. Cinthya. Sus padres. Nicaragua. Periodismo. Hasta que al tercer día abrieron la puerta. El trato de los guardias cambió sorpresivamente y lo llevaron a una celda más grande donde estaba con otros presos políticos. “Yo comencé a reportear ahí porque es lo único que sé hacer”, cuenta. 

Hablando con los demás presos de repente se encontró con George Livio, un periodista sursudanés que llevaba desparecido casi tres años, así como otros presos de relevancia que estaban en ese lugar. 

Luego pasó una cosa insólita. A Eyder le permitieron usar su dinero para que se pidiera comida desde el exterior o alguna otra cosa que necesitara. “Yo pedí comida para todos los que estaban ahí porque había gente que no había comido en semanas”. 

A Eyder le apasiona contar historias desde los frentes de guerra. CORTESÍA
A Eyder le apasiona contar historias desde los frentes de guerra. CORTESÍA

Al siguiente día, Eyder fue deportado hacia Kenia. Estuvo cinco días detenido y él asume que lo liberaron “por gringo. No creo que por buena gente, sino por gringo”, ya que las autoridades de Sudán del Sur no querían molestar a Estados Unidos. 

Apenas salió, Eyder escribió sobre George Livio. Era la primera noticia que se tenía de él en años. Al poco tiempo fue liberado de Blue House. 

Periodismo 

La prisión no lo hizo detenerse. Eyder continuó en Kenia hasta que fue enviado en 2021 a cubrir una nueva guerra en Etiopía. Ahí fue amenazado de muerte y su fotografía la circularon entre mercenarios y soldados para que apenas lo vieran fuese ejecutado. No importaba la manera, lo que querían era su cabeza. 

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Tuvo que salir de ese país y establecerse en Cabo Verde, Sudáfrica. Toda la cobertura de Eyder en África Oriental le valió para ser finalista del premio Pulitzer en 2022. Este es el premio periodístico de mayor prestigio a nivel mundial. 

Su cobertura en África solo fue interrumpida brevemente cuando fue enviado a cubrir otros conflictos como la invasión rusa a Ucrania en 2022, o la crisis política en Nicaragua, en 2018. 

Eyder entró a Nicaragua con su pasaporte nica, en julio de 2018, durante el periodo de mayor represión. “Fue nostálgico. Me sentía en casa, pero con miedo, cuidando lo que se dice y tenés miedo de lo que le pueda pasar a la gente cuando te hable”, detalla. 

Estuvo cubriendo en Managua, León, Masaya, Granada y Somoto durante dos semanas. No tuvo problemas con la Policía, paramilitares ni nadie del Frente Sandinista, hasta que le tocó salir. Lo retuvieron durante dos horas y hasta que alguien al otro lado de un teléfono aprobó su salida del país, lo dejaron ir. 

“Nunca me había sentido exiliado y cuando salí sí sentí como que había perdido mi país”, cuenta. 

Eyder cubriendo la crisis política en Nicaragua en julio de 2018. CORTESÍA
Eyder cubriendo la crisis política en Nicaragua en julio de 2018. CORTESÍA

Antes de eso, Eyder solía visitar Nicaragua para ver a sus abuelos y demás familiares en Matagalpa. Después de esa experiencia, no se atreve a volver, dice. 

Un año más tarde, su abuelo falleció en Condega y la Policía asedió el funeral. Eyder no asistió, pero sí se sintió culpable a la distancia porque sabía que la presencia policial en medio del luto familiar era por él y su trabajo. 

Establecido en la Ciudad de México, sigue de cerca lo que pasa en Nicaragua. Dice que aún le sorprende el temor que se vive en el país. “Nicaragua es un país con miedo donde el pueblo le tiene miedo al Gobierno, pero el Gobierno le tiene miedo al pueblo también. Es como una parálisis de miedo”. 

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