Del buen sandinista al buen opositor

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En la cultura política latinoamericana existe una tendencia recurrente cuando una idea fracasa, rara vez se cuestiona la idea misma; se culpa a quienes la ejecutaron. En mi propio proceso de reflexión y lectura he vuelto recientemente a un libro que marcó mi forma de entender la democracia, Del buen salvaje al buen revolucionario, de Carlos Rangel. Allí se explica con claridad cómo América Latina ha sido particularmente propensa a transformar los fracasos ideológicos en relatos morales de traición. El proyecto nunca habría estado equivocado; lo que ocurrió, según esa narrativa, fue que alguien lo pervirtió.

Nicaragua no ha escapado a ese patrón, durante décadas se cultivó el mito del “buen sandinista”, aquel revolucionario auténtico, portador de una pureza originaria que habría sido corrompida por la ambición, la desviación o el abuso de poder. Según esa narrativa, el problema no era el modelo ni su lógica política; el problema eran los hombres que lo traicionaron.

Hoy pareciera que asistimos a una mutación de ese mismo relato: el surgimiento de lo que yo llamo “el buen opositor”. Se trata, en muchos casos, de antiguos militantes o simpatizantes que sostienen que el sandinismo verdadero fue traicionado y que su tarea consiste en rescatar “lo bueno” de aquella tradición. Cambia la posición política, pero no necesariamente cambia la estructura mental, y se abandona al régimen, pero no siempre se abandona la lógica que lo hizo posible, es decir que no se cuestiona a las ideas que construyeron el monstruo.

El discurso suele tener rasgos reconocibles, victimización moral, apelación épica al pasado, e incluso una especie de promesa de redención colectiva. Se denuncia con razón el autoritarismo actual, pero se evita examinar críticamente los fundamentos culturales que lo incubaron: el estatismo como reflejo automático, el mesianismo político, la idea de que la historia otorga superioridad moral y la convicción de que el poder puede concentrarse si sirve a una causa considerada justa.

En ese sentido traigo a colación a Octavio Paz, parafraseando la idea que las revoluciones latinoamericanas no solo cambian gobiernos, sino que también producen mitologías que justifican nuevas formas de dominación, y en ese compendio de autores también agreguemos a una filosofa muy respetada en todos los espectros ideológicos. Hannah Arendt decía que, cuando la política se convierte en una cruzada moral, las instituciones pasan a ser vistas como obstáculos en lugar de límites necesarios, es decir “estorban”.

Pero el fenómeno del “buen opositor” no solo tiene cara de disidente sandinista que trasnocha con un intento de revolución fracasada, también tiene hoy una expresión aún más visible, la personalidad digital. En redes sociales por ejemplo X (antes Twitter), el “buen opositor” muchas veces adopta el papel de fiscal permanente de la vida pública. Desde una supuesta superioridad moral, coloca en el banquillo de los acusados a cualquiera que disienta de su postura o incluso a quien sea que aspire a ser servidor público. No se discuten ideas ni se debate, más bien parece que se crea una inquisición o una especie de tribunal moral, en el que se distribuyen certificados de pureza política y en algunos casos ideológica, y por supuesto se ha vuelto imposible construir consensos.

Ese comportamiento revela una dificultad estructural para convivir con la diferencia, aunque pueda parecer una simple disputa en redes.

La convivencia democrática empieza por reconocer algo elemental, el otro existe. Existe, piensa distinto y tiene el mismo derecho a participar en la conversación pública.

Pero esa cultura del desacuerdo civilizado no ha tenido mucho espacio para desarrollarse en Nicaragua. Durante más de cuarenta años el país ha vivido mayoritariamente bajo sistemas autoritarios, con apenas una breve ventana de pluralismo democrático de a lo mejor una década más o menos. Ese largo periodo de oscurantismo político deja marcas profundas porque reduce la tolerancia al disenso, fomenta la sospecha permanente y convierte la política en una batalla moral donde solo caben vencedores y vencidos.

En ese contexto, la tentación de sustituir una ortodoxia por otra es grande. Sin embargo, una democracia no se construye con nuevas ortodoxias. Se construye aprendiendo a convivir con el desacuerdo.

El problema es que este mito del “buen opositor” corre el riesgo de reproducir los mismos antivalores que durante décadas han deformado nuestra vida pública, la destrucción de reputaciones como herramienta política, la envidia disfrazada de justicia, el personalismo competitivo y la incapacidad de disentir sin intentar aniquilar al adversario. Por tanto, considero que entramos a una paradoja evidente, se critica el autoritarismo mientras se reproducen sus reflejos culturales.

La democracia solo puede sostenerse cuando los ciudadanos aceptan reglas que limitan incluso a quienes creen tener la razón, citando a Hayek una sociedad libre no depende de la virtud perfecta de sus actores políticos, sino de instituciones que impidan que cualquier grupo imponga su visión por la fuerza, por tanto, estemos claros que Nicaragua necesita algo más difícil que ganar debates morales, también necesita reconstruir una cultura política de convivencia democrática.

Eso implica abandonar la obsesión por las purezas ideológicas, aceptar que la pluralidad no es una amenaza sino una condición de la libertad, y comprender que el adversario político no es un enemigo por destruir sino un interlocutor con quien habrá que compartir reglas comunes.

El desafío de nuestra generación no es rescatar esencias revolucionarias ni producir opositores impecables. Es aprender, después de décadas de oscuridad política, algo más simple y a la vez más exigente; que podamos vivir en una sociedad donde nadie tenga el monopolio de la verdad.

Porque solo cuando entendamos que el otro existe y que seguirá existiendo podremos empezar a construir una cultura democrática capaz de sostener prosperidad, estabilidad y una paz duradera.

El autor es politólogo. Director del Centro de Acción para la Libertad, CAL.

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