La dictadura gerontocrática que sojuzga a una población joven

En una celebración gubernamental tardía del 92 aniversario del asesinato de Sandino, en la noche del lunes 23 de febrero, Daniel Ortega se presentó dando claras muestras de más decrepitud, balbuceante, con evidentes signos de confusión mental y problemas cognitivos, o sea de conocimiento o memoria sobre lo que se habla.

Decimos que fue una celebración tardía, porque la presentación pública de Ortega había sido anunciada para el sábado 21 de febrero, que es la fecha del aniversario de Sandino. Lo anunció previamente la codictadora y cónyuge de Ortega, Rosario Murillo, quien dijo que el evento sería en la Avenida de Bolívar a Chávez. Sin embargo, al parecer por los problemas de salud de Ortega, la celebración se hizo hasta el lunes 23, aprovechando la inauguración de un hospital en el Caribe Norte del país.

Según informó LA PRENSA, el estado de confusión mental de Ortega fue tan notorio que en su enredada alocución llamó ministro de Salud al presidente de la Asamblea Nacional, no recordaba el nombre de su representante en el Caribe Norte y dijo que las Fiestas Patrias (que se celebran en septiembre) son “efemérides de febrero”.

Ortega es solo un año mayor que el presidente de Estados Unidos (EE. UU.), Donald Trump, pero en cuanto a facultades mentales de uno y otro es visible una gran diferencia, con marcada ventaja para el estadounidense. Eso aparte de que Ortega encabeza junto con su mujer una dictadura totalitaria, mientras que Trump preside una democracia republicana que, aunque imperfecta, cumplirá 250 años de antigüedad en julio de este año.

Por la notoria chochez de Daniel Ortega es que sus opositores y críticos opinan que en realidad quien ejerce el poder en Nicaragua es Rosario Murillo, su esposa, quien además no oculta sus poderes desmesurados. Poderes que son inmensos en un país tan pequeño, atrasado y pobre como es Nicaragua.

En realidad, lo que impera en este país es una gerontocracia, como se le llama a un “gobierno ejercido por ancianos”. Es una dictadura de personas seniles que entre ambos tienen una edad promedio de 77.5 años, pero el deterioro físico y mental de Ortega es visiblemente mucho mayor que el de ella.

En todo caso, se trata de dos ancianos que gobiernan, y lo hacen con mano de hierro, a una población joven que promedia 26 años de edad. Por eso, seguramente, es que los codictadores se presentan siempre acompañados casi solo por adolescentes y personas muy jóvenes, como para aparentar que, aunque su dictadura es de personas ancianas, tiene vigor juvenil, que en la realidad están lejos de poseer.

Los estudiosos sociológicos señalan que a pesar de la creencia generalizada —fomentada mayormente por personas mayores—, de que la experiencia y la sabiduría acumuladas en la vejez son esenciales para gobernar mejor un país, lo cierto, dicen, es que “la edad avanzada no garantiza un mejor ni peor liderazgo, pero sí plantea retos de salud, políticas activas y el ejercicio de la vejez”. Además, “puede generar inmovilismo político, resistencia al cambio, falta de renovación y la exclusión de las voces jóvenes”. Esto es así, aunque se quiera aparentar gran respaldo juvenil como hacen los codictadores de Nicaragua.

Cabe señalar que la edad promedio de los gobernantes del mundo es de 60 a 62 años, siendo los gobernantes más viejos los dictadores personalistas que se aferran ferozmente al poder. Como son los casos del dictador de Camerún, Paul Biya, que tiene 93 años y 51 en el poder; y Teodoro Obiang, de Guinea Ecuatorial, con 83 años y 47 de ellos detentando el poder.

A sus 80 años, Daniel Ortega ha estado 19 años continuos en el poder, aparte de los 10 años y medio que lo detentó en los años 90. Pero es obvio que no podrá igualar a Biya y Obiang, y la codictadora Murillo tampoco llegará lejos, pues lo más probable, según coinciden todos los analistas y vaticinadores políticos, es que con la desaparición de Ortega por ley de la biología, ella no podrá mantenerse en el poder por mucho tiempo más.

Y al menos ese es el deseo ferviente de muchos nicaragüenses.

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