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En las películas del lejano oeste y en los momentos más álgidos del metraje, los eternos enemigos solían encontrarse en las cantinas y el espectador se disponía a partir de entonces a incrementar su atención en la pantalla, pues sabía que algo grande se venía a continuación. El forajido ya hacía rato que bebía tragos con sus compinches y jugaba a las cartas en una mesa arrinconada, y de pronto la puerta batiente de madera crujía y llegaba el sheriff con su estrella al pecho, se quitaba el sombrero y escrutaba con su mirada todo el local, siempre con la pistola visible al cinto.
El resto de los presentes, desde la barra y desde las mesas, giraba la cabeza y anticipaba la escena con expectación. La música de fondo continuaba sonando como si nada y el camarero seguía llenando vasos, pero en pocos segundos las balas estarían cruzando el local y su estrépito acallaría cualquier otro sonido. Al cesar la melodía acompasada del piano, la cámara enfocaba hacia ese lado y veíamos al pobre pianista desplomarse con un reguero de sangre fruto de algún balazo perdido.
El más inocente acababa siempre pagando el precio más alto. De aquí que se hiciera famosa, en muchos salones de remotos poblados del oeste americano y colgando irónicamente de un cartel, la frase Please don’t shoot the pianist. He’s doing his best. (No disparen al pianista, lo está haciendo lo mejor que puede). Ahora, en la jerga de este siglo nuevamente bélico, quizá lo llamaríamos un “daño colateral”.
Pensaba en ello cuando la semana pasada el régimen de Nicaragua ordenó la expulsión del embajador de España en el país, que apenas llevaba una veintena de días en el cargo. Y lo pensaba porque, además de la máxima autoridad diplomática y de otro funcionario de rango, también un grupo de seis cooperantes se iba en el mismo paquete y era expulsado de malos modos, como es habitual en la praxis desquiciada de este régimen. Igual que en el tiroteo desbocado de la película, también aquí recibieron castigo los más inocentes por interposición o por extraña simbiosis, como si una ráfaga se hubiera desviado de su rumbo certero. Please don’t shoot the aid worker! (¡No disparen al cooperante!), daban ganas de gritar.
Mi oficio no es para almas débiles, ciertamente. Todavía hay quienes piensan que los cooperantes trabajamos en entornos neutros, en lugares ajenos al fragor político o que no debemos interferir en los contextos en los que implementamos proyectos y acciones de desarrollo. ¡Como si esto fuera posible, o nuestros cuerpos y mentes flotaran en el espacio tan campantes, sin rozar siquiera a sus ciudadanos e instituciones! Pues desengáñense: la cooperación intercede e interactúa allí donde está presente, siempre de la mano de cuantos habitan un lugar y con aquellos que tienen la responsabilidad de tomar decisiones, nunca en contra, pero sí mediante el pacto y el acuerdo mutuos.
Es por ello por lo que, aunque debamos trabajar muy a menudo en entornos hostiles y con autoridades nada proclives a la concertación, nuestra presencia obedece casi siempre a una demanda y a una necesidad. Son hombres y mujeres quienes recibirán finalmente un beneficio, y por lo tanto es la propia comunidad a quien debemos escuchar para saber si nuestra presencia sigue siendo pertinente y, sobre todo, no produce efectos nocivos. Recuerdo bien cuando, ante la oleada de cancelaciones de personerías jurídicas en Nicaragua, nuestros socios en el país nos pedían que no nos fuéramos (“¡no nos dejen solos!”) porque el Estado había desistido de su función protectora y se había convertido en un ente acosador y criminal.
Aunque intentamos resistir lo más que se pudo, yo mismo tuve que salir con escaso margen para salvaguardar mis bienes, mascotas incluidas, y protegido por mi Embajada ante la inseguridad de ser acusado de cualquier otro delito inventado. Me he preguntado muchas veces cuál debe ser el límite de esa resistencia y si es pertinente aguantar hasta lo indecible. Transitábamos entonces por la mitad del año 2022 y ya había llovido mucha inquina: destierros, presos políticos, muertes dolorosísimas. Quizá entonces ya era demasiado tarde para ejercer el heroísmo inútil.
Lo dejé escrito en estas mismas páginas hace menos de un año, transcurrido otro lapso en el que todo había ido a peor en el país. A mi modo de ver, no se daban ya las condiciones para que la cooperación mantuviera su presencia en Nicaragua, y el tiempo razonable de nuestra misión había caducado. Enfrentar la ira de un gobierno hostil o, incluso peor, trabajar sin perspectiva ni posibilidad de influir en la construcción democrática y ciudadana podía representar más un escollo que un remedio, y hasta una sospecha de connivencia indirecta. Así como hay que saber arriesgar al máximo cuando toca hacerlo, también hay que saber decir “hasta aquí hemos llegado”.
Pero no equivoquemos nunca nuestros tiros: las seis personas que han tenido que marcharse destempladamente, quizá los últimos supervivientes españoles de una larga tradición de relaciones humanitarias, optaron por agotar sus opciones hasta el final, creyendo que su presencia importaba aún y con la amenaza de expulsión siempre presente. Cualquier estúpida excusa habría bastado para ejecutar la orden, y ahora tampoco sabemos con exactitud el motivo por el que estalló un conflicto diplomático superior y los arrastró a ellos. Lo que sí sabemos es que pagaron ese alto precio sin haber causado ningún pretexto que lo justificara.
Nadie puede sentirse a salvo en Nicaragua de la ira de los fanáticos que manejan los hilos, como ya hemos ido comprobando. Ni excomandantes, ni cuerpos de seguridad fieles al clan, ni jueces ejecutores de sentencias vergonzosas, ni siquiera el guarda personal de Ortega. De hecho, ni él debería fiarse de su esposa, ni ella de él. En un Estado basado en la sospecha y la traición, no hay espacio para el reposo: también el pianista puede caer mañana en desgracia por una simple nota disonante y sin necesidad de balacera de por medio.
Los cooperantes han sido ejemplo de unos vínculos entre países que en el caso concreto de España y Nicaragua sobrepasaron con creces el ámbito laboral. Se crearon hermanamientos entre ciudades, intercambios culturales, debates políticos de altura, amistades indelebles fraguadas en noches de Toñas y Victorias y, como no, relaciones personales que fructificaron en parejas e hijos de doble nacionalidad. Cuando hagamos la lista de agravios ante un futuro tribunal penal, a lo mejor habrá que incluir también, ni que sea como una licencia poética, el derrumbe provocado de esta red social que tan difícil será reconstruir luego.
Los que ya trabajamos desde afuera y los que ahora se suman a la lista de personas non gratas, no cejaremos en nuestro compromiso hacia quienes nos pedían que no les abandonáramos. Se expulsan nuestros cuerpos, ciertamente, pero no nuestras conciencias.
¡Ilusos aquellos que pensaban que borrando nuestra huella de las calles de Managua se borraba también nuestro deber y responsabilidad! Aquí seguimos, aferrados al piano, tocando la misma canción que un día captó nuestra atención y nos llevó a ejercer, ya para siempre, esta maravillosa profesión.
El autor es cooperante español en Centroamérica.