En Costa Rica no puede haber dictadura

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Por qué ninguna mayoría, por grande que sea, puede quedarse con el país.

En tiempos de incertidumbre política es natural que surjan temores. En redes sociales, en conversaciones cotidianas y en espacios de opinión se repite una inquietud que merece ser atendida con seriedad:

¿Puede Costa Rica caer en una dictadura si un gobierno obtiene una mayoría abrumadora? La respuesta, basada en la arquitectura institucional del país, es clara: No, Costa Rica no puede convertirse en una dictadura por la voluntad de un solo gobierno, ni siquiera uno con una mayoría legislativa amplia.

Y es importante explicarlo con rigor, porque el miedo, cuando no se acompaña de información, se convierte en terreno fértil para la manipulación. Un resultado electoral no es un cheque en blanco.

En Costa Rica, ganar con más del 40 por ciento de los votos significa una sola cosa: se evita la segunda ronda. Nada más. No significa poder cambiar la Constitución. No significa poder alterar la estructura del Estado. No significa poder modificar las reglas electorales. Mucho menos significa poder perpetuarse en el poder.

El porcentaje electoral no define el riesgo democrático. Lo que lo define es el diseño institucional.

Y ese diseño, en Costa Rica, es uno de los más robustos de América Latina.

Ni siquiera 40 diputados pueden cambiar la Constitución solos. Existe un mito que se repite con insistencia: “Si un partido obtiene más de 40 diputados, puede cambiarlo todo”. Eso es falso.

La Constitución Política establece que toda reforma parcial requiere los votos de 38 diputado. Y dos Asambleas distintas, es decir, dos periodos legislativos separados por una elección nacional.

Esto significa que ningún gobierno puede modificar la Constitución durante su propio mandato sin que la siguiente Asamblea (elegida por el pueblo) lo confirme. Ninguna mayoría circunstancial puede reescribir las reglas del juego a su conveniencia. Es un candado deliberado, diseñado para evitar impulsos autoritarios.

Una Constituyente tampoco puede convocarse por capricho.

Otro temor frecuente es la idea de que un gobierno podría “imponer” una asamblea constituyente para cambiarlo todo. La Constitución es explícita: Una constituyente solo puede convocarse mediante una ley aprobada por 38 diputados y luego ratificada en un referéndum nacional obligatorio.

Sin referéndum no hay Constituyente. Sin Constituyente, no hay cambio total de Constitución. El pueblo tiene la última palabra.

La reelección continua no puede habilitarse sin pasar por todos los candados, la reelección presidencial inmediata está prohibida. Un expresidente solo puede volver después de ocho años.

Para cambiar eso se requiere una reforma constitucional, aprobada por dos Asambleas distintas, o un proceso constituyente avalado por referéndum. Ni una mayoría aplastante en una sola Asamblea puede habilitar la reelección continua. Ni un gobierno popular puede hacerlo por decreto. Ni un liderazgo fuerte puede hacerlo por presión.

La alternancia está protegida por diseño

Los amortiguadores democráticos siguen firmes, Costa Rica no depende únicamente de la buena voluntad de sus gobernantes. Depende de instituciones que funcionan: El Tribunal Supremo de Elecciones, árbitro autónomo y respetado; la Sala Constitucional, capaz de frenar excesos del Ejecutivo o del Legislativo; la prensa libre, diversa y crítica; la sociedad civil, activa y vigilante; una cultura democrática arraigada, que no tolera rupturas.

Para que una dictadura se imponga, habría que destruir todos estos pilares. Y Costa Rica no es un país que se deje desmantelar en silencio.

El verdadero riesgo no es una mayoría, sino la indiferencia. Decir que en Costa Rica no puede haber dictadura no significa que la democracia sea indestructible.

Toda democracia puede deteriorarse si la ciudadanía se desentiende. Los riesgos reales (en cualquier país) vienen de: la erosión de la confianza en las instituciones; la polarización extrema; la desinformación; el desgaste del debate público; el abandono de la vigilancia ciudadana. Pero esos riesgos se enfrentan con participación, no con pánico.

Conclusión

Firmeza democrática sin alarmismo, Costa Rica no está diseñada para que un gobierno, por fuerte que sea, pueda convertirse en dictadura. Los candados constitucionales, la independencia de los poderes, la prensa libre y la cultura cívica lo impiden.

Un gobierno puede ganar con fuerza, pero no puede quedarse con todo. Puede tener mayoría, pero no omnipotencia. Puede intentar reformas, pero no saltarse los candados.

La democracia costarricense no se sostiene por miedo, sino por instituciones y ciudadanía. Y mientras haya gente dispuesta a preguntar, a exigir, a escribir y a participar, Costa Rica seguirá siendo lo que ha sido por décadas: una democracia viva, vigilante y resistente.

La elección de este domingo 1 de febrero no es el final, debe ser vista como el inicio de una lucha de todos los costarricenses por preservar la democracia.

El autor es nicaragüense, expresidente de Hagamos Democracia. Miembro del Bloque de Centro Derecha. Concertación Democrática Monte Verde. Miembro Conservador de Ciudadanos por la Libertad (CxL) Exilio.

Este artículo fue escrito por Luciano García con la ayuda de IA en las áreas legales del sistema costarricense.

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