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Luis Guillermo Solís era un joven de 26 años cuando fue parte del equipo negociador de los acuerdos de Esquipulas y Sapoá, a finales de los años ochenta. Estos sirvieron como un primer paso para poner fin a la guerra que azotaba a Nicaragua en aquel entonces.
Fue en aquellos años cuando Solís tuvo un primer contacto con Daniel Ortega, a quien recuerda como un hombre de “posturas muy duras”.
Mucho tiempo después, entre 2014 y 2018, Luis Guillermo Solís se convirtió en presidente de Costa Rica mientras que Daniel Ortega ya se había hecho con el poder nuevamente en Nicaragua. Tuvieron varios encontronazos por conflictos limítrofes, por migrantes varados en la frontera e incluso porque el dictador quiso imponer a un independentista puertorriqueño como funcionario en el Sistema de Integración Centroamericana (SICA). “Eso era inaceptable y se lo hice saber”, recuerda Solís.
Retirado de la vida política, pero siguiendo el quehacer de su país y el de la región, Solís analiza desde su casa en San José el panorama actual. Tras la captura de Nicolás Maduro por el Ejército de Estados Unidos, no descarta que Daniel Ortega pueda tener un final similar, aunque tampoco se puede estar seguro, advierte. “Están pasando cosas que antes no pasaban”, detalla.
Comenta sobre la pasividad de los gobiernos de la región frente a la dictadura de Ortega y Murillo.
Además, habla sobre las elecciones que se celebrarán en su país el próximo domingo. Le preocupa que el oficialismo liderado por el actual presidente Rodrigo Chaves, pueda hacerse de mucho más poder del que ya tiene e incluso, teme por el riesgo de que Costa Rica pueda convertirse en una autocracia como El Salvador, o peor aún, en una dictadura como Nicaragua.
Estamos a una semana de las elecciones en Costa Rica, ¿cómo ve el panorama preelectoral en su país?
Lo veo muy frío. Las encuestas marcan que el desinterés es grande. La abstención es el indicativo. También veo un clima bien polarizado. Me parece que tenemos que hacer un esfuerzo por convocar al voto y no por cálculo electoral, sino por la salud de la democracia costarricense. Estamos claros que la democracia no se mide por la cantidad de gente que vota. Es mucho más que eso. Pero votar es un acto fundacional del espíritu republicano y si ese acto se desluce porque hay muy poca participación, pues la democracia se deteriora.
Habla de la salud de la democracia. ¿Cree que la democracia costarricense está en riesgo?
Sí está en riesgo. Las democracias siempre lo están. Las democracias se mantienen saludables y fuertes si hay una adhesión consistente y si los ciudadanos se sienten satisfechos porque sus demandas están siendo atendidas adecuadamente y en Costa Rica esas demandas no están siendo atendidas.
Hay un descontento y eso hace que la gente empiece a pensar en alternativas a la democracia las cuales son autocráticas y parecieran girar en torno casi siempre a figuras masculinas, aunque no necesariamente en este caso si hay una elección de una mujer presidenta de mano súper dura que me parece no conviene a la situación del país.
Hay personas que quisieran que el modelo de Nayib Bukele en El Salvador se instaure en Costa Rica.
Hay algunos que sí, incluido el presidente de la República que lo trae a Costa Rica cada 15 días para que lo avale. El fenómeno Bukele creo que no es un modelo para nuestro país. Tiene que ver con un tema que es el de la inseguridad ciudadana en El Salvador que el gobierno de Bukele logró controlar con mano muy fuerte y utilizando un mecanismo, que aquí no es afortunadamente posible, que es un Ejército para cercar a las poblaciones y detener manu militari a quienes presuntamente son parte de las maras. Eso a alguna gente le gusta.
Pero muchos creemos que la cárcel, la rigurosidad y el tratamiento del delincuente es necesario, pero hay mucho más que hacer. Nada hacemos teniendo un montón de cárceles si las llenamos de gente que no ha ido a la escuela, que no tiene acceso a trabajo decente, que está culturalmente predispuesta en el caso de los agresores de mujeres, femicidios. Entonces, para una salida democrática se requieren recursos, políticas públicas y una visión más amplia, y no solamente el deseo de castigar una actitud punitiva que podrá ser que resuelva algunos problemas de inseguridad en el corto plazo, pero que en el largo lo que garantiza es una dictadura que es a lo que alguna gente aspira.
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La candidata del oficialismo, Laura Fernández, ha dicho que aspiran a alcanzar los 40 diputados y así controlar la Asamblea Legislativa. ¿No se asemeja esto al modelo de Ortega en Nicaragua?
En realidad, es una opción tan democrática como cualquier otra. Si el pueblo de Costa Rica considera que dándole al Ejecutivo un poder legislativo equivalente de forma tal que este tenga carta blanca para hacer lo que quiera, es una opción legítima. Pero recordemos que en la próxima legislatura y en el transcurso de la próxima administración, se tienen que elegir más de la mitad de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, al contralor de la República, al director del Organismo de Investigación Judicial, el Ministerio Público, al fiscal general.
Si la Presidencia continuara en manos del actual gobierno y se le diera oportunidad de hacer mesa gallega, pues el Ejecutivo va a tener un poder que no ha tenido desde hace décadas con lo cual se corre el riesgo que, con un talante autocrático tan fuerte como el que tiene Rodrigo Chaves, tenga una salida autocrática como lo hemos visto en otros países. En América Central tenemos dos casos clarísimos que son Nicaragua y El Salvador, en donde uno es un dictador a toda regla, Ortega, y el otro es un aspirante a dictador. Iniciaron precisamente su toma del poder absoluto controlando el poder electoral y judicial.

Podríamos tener una nueva autocracia en Costa Rica entonces.
Yo no quisiera especular porque no significa que esa mayoría absoluta lleve a Costa Rica a una dictadura, pero el poder absoluto sí es una tentación para un gobernante que no tiene escrúpulos en utilizarlo. Yo no descartaría que esa sea una posibilidad en el mediano plazo.
Hay organizaciones y actores que han denunciado discursos xenófobos por parte de algunos candidatos presidenciales.
Sí, hay algunos candidatos que han hecho del tema migratorio un tema de campaña. Afortunadamente no son los que tienen apoyo mayoritario. Lo han utilizado como un ariete contra las poblaciones migrantes en Costa Rica. El candidato (José Miguel) Aguilar Berrocal y la candidata (Natalia) Díaz.
Es una tentación muy grande siempre utilizar a la población migrante, que es una población muy vulnerable, como excusa para posiciones xenófobas y como respuesta fácil para temas complejos. Me parece que hay que alertar de estas tendencias xenófobas de todas maneras, aunque en la campaña no haya sido un tema tan álgido como por ejemplo en Estados Unidos que ya hemos visto a los extremos que han llegado. Aquí estamos lejísimo de eso y espero que nunca tengamos que enfrentarlo.
Se ha culpado a los migrantes por la inseguridad o por la saturación de sistemas públicos.
Eso es falso de toda falsedad y los números lo indican claramente. La mayor parte de la violencia criminal es proporcional a la población nacional. Son más costarricenses los que participan en esos actos de violencia. No hay que caer presa de los argumentos fáciles de los xenófobos porque también se les acusa de que la presencia de niñez migrante en las escuelas les quita campo a los costarricenses, de quitarles vivienda, en fin. Los migrantes siempre son víctimas de acusaciones de las que no se les debe responsabilizar.
¿Cómo valora la atención de las autoridades en los atentados que han sufrido algunos nicaragüenses opositores en Costa Rica, como el asesinato de Roberto Samcam?
Me parece que la reacción ha sido lenta y ha sido insuficiente. No quiere decir que no se haya atendido porque tanto el OIJ como la Dirección de Inteligencia y Seguridad han participado en investigaciones que están en curso y algunas han tenido éxito, pero si bien es cierto, uno esperaría que las acciones que se han tomado no sean públicas en un sentido periodístico porque la inteligencia y la contrainteligencia debe hacerse con gran mesura y confidencialidad, pareciera al menos que el Gobierno no ha querido irritar las relaciones con Nicaragua y no solo en temas de represión a la población nicaragüense que vive en Costa Rica, sino también en temas diplomáticos.
Ha habido una renuncia de asumir posiciones fuertes como asumimos todos los gobiernos anteriores al de Chaves en la relación con Ortega. Creo que eso tiene una lógica que no me gusta, que es un pragmatismo que no tiene valores, sino un pragmatismo oportunista que le hace daño al prestigio que Costa Rica ha tenido como un país defensor de los derechos humanos.
¿A qué se refiere con pragmatismo oportunista? Es decir, ¿qué gana Rodrigo Chaves manteniendo esa postura blanda con Ortega?
Que no haya problemas en el comercio con Nicaragua, que se mantenga una relación relativamente cordial en el marco del SICA, que no haya una irritación como la que existía con gobiernos anteriores. Cuando Costa Rica hace eso, de no pronunciarse con mucha firmeza respecto a temas que atañen a Nicaragua y se toma una actitud desinteresada respecto a lo que pasa en Nicaragua, se evita meterse en pleitos de política internacional.
Sin embargo, Chaves sí se ha pronunciado con mucha firmeza ante la dictadura de Venezuela.
Es diferente la relación que uno tiene con un país que es contiguo y que tiene una relación comercial muy importante que con otro que es mucho más distante y con el que no había ya relaciones comerciales significativas. También porque Chaves ha sido especialmente receptivo respecto a las presiones de Estados Unidos, que sobre Nicaragua ha sido relativamente suave, pero muy duro con respecto a Venezuela. Me parece también que Venezuela tenía un gobierno que era altamente impopular, no como el de Nicaragua que es muy impopular para algunos sectores que conocen lo que está pasando, pero también muy desconocidos para otros gobiernos fuera del área inmediata.

¿Qué tan incómodo es Ortega para los países de la región? Porque no es solamente Chaves el que tiene esta postura, sino que el resto de los países de Centroamérica parecen tolerarlo.
Habría que evaluar a los países de forma individual. En el caso de Honduras ha habido una relación muy cercana porque durante golpe de Estado que sufrió el presidente Mel Zelaya (2009) fue Nicaragua el país que lo acogió y le dio cobijo a su esposa y a sus hijos. Xiomara Castro tiene una cercanía que se explica por ese momento tan aciago que vivió ella y su familia. En el caso de Bukele, aunque no comparte las mismas lógicas con Ortega, pues tiene un talante tan autocrático como Ortega o va para allá, entonces no le sirve que esté criticando a las dictaduras y que eventualmente puede llegar también a afectarle.
Guatemala es mucho más crítico. Panamá es más crítico. Costa Rica también, pero hay aquí otra cosa que tenemos que es el Sistema de Integración Centroamericana (SICA) donde todas las decisiones se toman por consenso. Entonces Nicaragua no solamente es un mal ejemplo e impide que funcione el Sistema como debe de funcionar porque una dictadura inhibe muchas de las posibilidades de ese sistema de trabajar bien, sino que constantemente obstaculiza las decisiones que se toman en el seno del SICA, el cual no tiene hoy una Secretaría General por la actitud manipuladora del Gobierno de Nicaragua. Para los gobiernos centroamericanos es un lío.
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¿Cómo ve el financiamiento del BCIE a Nicaragua? Mientras otros organismos han cortado fondos, este banco le ha servido como caja chica a Ortega.
Ha habido un cambio en la titularidad del banco. Ahora doña Gisela Sánchez es la presidenta y no sé cuáles son los niveles de financiamiento a los proyectos del Gobierno de Nicaragua. En la gestión anterior (Dante Mossi) claramente había un tema de caja chica y beneficios, no sé si desproporcionado, pero sí de un favorecimiento a un gobierno que tenía un faltante de caja que requería ser atendido y el BCIE se lo proporcionó.
Usted estuvo en las negociaciones de paz de finales de los ochenta, ¿recuerda cómo era el Daniel Ortega de entonces?
Era un hombre de postura muy dura. En ese momento estábamos todavía en la Guerra Fría y por lo tanto había un bloque de países encabezados por la Unión Soviética y los del bloque socialista que apoyaron a Nicaragua y que lo veían como un gobierno fraterno. Por otro lado, Estados Unidos estaba metido de lleno en la guerra con el apoyo a la Contrarrevolución. La actitud de Ortega era un poco diferente porque tenía que lidiar con los fenómenos de la negociación política y con una guerra interna muy fuerte.
Al final (los sandinistas) terminaron cediendo porque lo presionó mucho el resultado de la guerra. El reclutamiento obligatorio volcó al país en contra del Gobierno. Era algo que él no logró controlar entre otras cosas porque en 1989 se acabó la Guerra Fría y los apoyos que estaba recibiendo de la Unión Soviética como de Cuba, se terminaron y sufrieron un deterioro muy grande. En tercer lugar, porque se había logrado un consenso muy grande en torno a los acuerdos de paz.
¿Cree que ese escenario de negociación podría repetirse en la actualidad tomando en cuenta que China y Rusia están metidas en Nicaragua, con Donald Trump en la Casa Blanca y con el antecedente de haber capturado a Nicolás Maduro?
Yo espero que sí porque la continuidad del régimen en las condiciones actuales lo único que va a traer es más tristeza, más dolor y más subdesarrollo al país. Pero vivimos en tiempos extraños en donde los intereses económicos parecieran que están por encima del derecho internacional, entonces puede ser que Daniel Ortega en un acto de tremenda irresponsabilidad histórica decida entregar riquezas o minerales que pueda tener Nicaragua, que sabemos que las tiene, a cambio de que no se le desplace del poder. Es una posibilidad que está ahí porque estamos viendo que hay acuerdos de ese tipo que se están buscando en Venezuela, en Ucrania y en otros países del mundo.

¿Es posible una operación en Nicaragua similar a la que ejecutó Estados Unidos en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro?
Es que en el mundo actual todo es posible. Están pasando cosas que antes no pasaban y una de las cosas que han ocurrido es que hemos transitado de un momento donde había reglas, acuerdos y normas internacionales que se respetaban a uno donde son los intereses de los estados, principalmente las potencias, los que terminan imponiéndose a esas convenciones, tratados y normas.
De ser posible, es posible, pero no se puede dar por cierto sin tomar en cuenta el tamaño del país, su significación geopolítica, los acuerdos internos que haya entre el Gobierno de Estados Unidos, que podrían ser con Rusia o con Nicaragua o con China, respecto de otros territorios. Entonces es algo que no se puede descartar, pero tampoco se puede dar por cierto a como algunas personas lo ven en este momento.
¿Podría esto ser tolerado por parte de los gobiernos de la región? En el caso de Maduro se ha notado cierta tolerancia.
Es que, frente a un acto unilateral de una potencia, además de la queja que algunos hemos hecho por el daño que eso le produce al sistema internacional del cual depende la seguridad nacional de Costa Rica, es muy poco lo que se puede hacer. Si Estados Unidos decide intervenir en ese país, la capacidad de resistencia de ese país, a excepción de los que tienen capacidad nuclear que pueden enfrentarse con armas nuclearse, pues es muy pequeña.
Me parece en todo caso que, si la reacción con Venezuela fue la que conocimos, en algunos casos muy firme y en otros muy inútil en el sentido de que fue incapaz de resolver el tema antes de que la invasión ocurriera e incapaz de incidir después de que esta tomó lugar, pues probablemente también ocurriría con Nicaragua que es un país que estratégicamente es mucho menos importante de lo que es Venezuela por el tema del petróleo y por otros recursos que tiene.
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