¿Sobrevivirán los Murillo-Ortega?

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Ya no hay que hablar de los OrMu sino de los MuOr. Porque el primer puesto en la abreviatura ha cambiado. La primera es Murillo. La pregunta es, pues, qué tan probable es que ella pueda sortear con éxito los desafíos del cambiante mundo actual.

El reto es serio, no solo por las agresivas políticas de Trump, sino porque coinciden con el delicado plan dinástico de la pareja presidencial. Humberto Ortega, conocedor de las interioridades del poder y las dinámicas de su familia, lo veía improbable y peligroso, por lo que aconsejó una apertura o un camino más conciliador.

Murillo reaccionó con furia ante tal sugerencia, en gran parte porque la sacaba de la ecuación. El resto es historia: Humberto apresado inmediatamente después de sus declaraciones y recluido en un hospital —donde se ignora si se hicieron esfuerzos por prolongarle o acortarle la vida—. La pareja siguió con su plan dinástico: primero Murillo y luego, o simultáneamente, Laureano.

El plan, como temía Humberto con su agudo olfato estratégico, no es fácil. Murillo no tiene sobre el Ejército y las estructuras sandinistas la areola de legitimidad revolucionaria que todavía le queda a Ortega. Su personalidad no le ayuda. Su extravagante apariencia, considerada por algunos psiquiatras como síntoma de problemas mentales, junto con su verborrea rica en repetitivos adjetivos románticos e insultos vitriólicos, no hacen clic con su audiencia. No es secreto que en su entorno, armado o desarmado, muchos la detestan. Es posible que ella lo sepa o lo intuya. Por eso ha recurrido y sigue recurriendo a la única arma capaz de mantener lealtades que no brotan del corazón: el miedo.

Los empleados públicos y los círculos que la rodean tienen miedo. Ya no solo de externar críticas a sus amistades, sino a no mostrar visiblemente que están con ella. “El silencio es traidor”, rezan algunos mensajes del gobierno en las redes. Quien no expresa rechazo a la captura de Maduro corre riesgos. El problema con el miedo es que es un cemento que se agrieta con la menor señal de inseguridad o debilidad. Por eso, para ser efectivo debe ser absoluto, sin rendijas. Eso inevitablemente aprisiona a los déspotas; les quita margen de maniobra o flexibilidad, porque temen que esto debilite el temor.

Mas no sólo padecen temor sus seguidores sino la misma Murillo. Sin afán de ofender ella es clínicamente paranoica. Los acontecimientos de 2018 la traumaron, de forma que toda multitud le produce pánico o zozobra. Por eso, cuando los nicaragüenses salieron jubilosa e inocentemente a las calles a celebrar el triunfo de Mis Nicaragua, ella lo percibió como amenaza y mandó a arrestar a sus patrocinadores junto a muchachos que sin ningún designio político quisieron pintar un mural de Sheynnis Palacios. Algo parecido le pasó con la multitudinaria concentración del movimiento evangélico Puerta de la Montaña. Algo parecido opera detrás de las purgas que vienen sacudiendo a muchos cuadros y funcionarios del gobierno.

Toda esta combinación de factores hace de ella una persona poco apta para las negociaciones, más cuando Murillo exhibe también un marco mental poco flexible. Carece del pragmatismo político que poseía Daniel y tiene pensamientos y sentimientos más cuadriculados. Eso hace más difícil las moderaciones o compromisos que serían aconsejables ante la amenaza externa. El más reciente comunicado del gobierno sobre los acontecimientos de Venezuela mostró una prudencia inusual en una señora propensa a los insultos. Pero parece haber sido sugerido o solicitado por el alto mando militar.

Lo que viene pues será un reto para su liderazgo. No sabemos lo que hará el impredecible Trump. Los MuOr se han puesto en la línea de fuego: han alineado a Nicaragua con los enemigos de Estados Unidos, han servido de puente para mandar emigrantes de todas las nacionalidades al norte. Sus prácticas represivas son las más duras del continente, y nadie, como ellos, ha perseguido tan ferozmente a la Iglesia. Además, al no haber surgido de elecciones están muy deslegitimados. Todo esto pesa, pero la gota que podría rebalsar el balde es que en el juicio contra Maduro se descubran pruebas de la complicidad de Nicaragua con el narcoterrorismo.

¿Tendrá la inteligencia Murillo para adaptarse a las nuevas realidades? ¿Si no ella, la tendrán sus mandos? De ello depende mucho de lo que pueda pasar. Mientras tanto parece que en el horizonte se avizora la luz del sol.

El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.

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