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El dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht decía que había hombres que luchaban un día y eran buenos, otros que luchaban años y esos eran mejores, y que habían los que luchaban toda la vida, que esos eran los imprescindibles. Sin embargo, lo que pasó en Venezuela el 2 de enero de este 2026 en Caracas es a todas luces la confirmación de lo contrario, los líderes son prescindibles.
Estos no son el centro real del poder; son, en el mejor de los casos, administradores temporales de las coaliciones que los lleva al poder, y en el peor, activos sustituibles dentro de un sistema de incentivos que los trasciende. El liderazgo, en este marco, no se sostiene por carisma, ideología o legitimidad, sino por la capacidad de proveer beneficios selectivos a esa coalición clave.
Desde esta perspectiva, el líder es valioso sólo en la medida en que cumpla eficientemente esa función. Cuando deja de hacerlo porque eleva los costos, reduce sus beneficios o se convierte en un pasivo estratégico, su permanencia deja de ser racional para el grupo que lo sostiene, es decir, cuando dejan de maximizar la supervivencia del sistema que los produjo.
Maduro como administrador de una coalición
Maduro nunca encarnó el régimen venezolano; fue el administrador visible de una coalición compuesta por altos mandos militares, élites económicas asociadas al Estado, operadores políticos, y según los señalamientos del Departamento de Justicia de EE.UU., vinculado a redes criminales y actores internacionales como China, Irán y Rusia con intereses en la continuidad del statu quo.
Durante años fue funcional porque cumplió tres tareas centrales: distribuir las rentas del petróleo, oro, contrabando y el acceso a divisas; garantizar protección frente a sanciones internas e internacionales y sostener la cohesión del aparato coercitivo. En la medida en que esas funciones se cumplieron, su figura personal era irrelevante. Podía ser impopular, ineficiente o internacionalmente aislado; mientras su grupo siguiera recibiendo beneficios superiores a los costos de reemplazo, él era “útil”.
Sin embargo, la lógica cambió cuando se convirtió en un factor de riesgo sistémico. La judicialización internacional, el aumento del costo reputacional para los aliados, la pérdida de maniobra financiera y la posibilidad de sanciones secundarias alteraron la ecuación de supervivencia. En ese punto dejó de ser un activo y pasó a ser un pasivo. La operación de extracción representó la separación quirúrgica entre el líder visible y la estructura que lo sostenía, algo que solo fue posible cuando los incentivos de la coalición lo permitieron.
Por qué los líderes autoritarios parecen indispensables (y no lo son)
En los regímenes autoritarios se tiende a producir una ilusión de indispensabilidad del líder. Esto ocurre porque el poder se personaliza deliberadamente, convirtiendo a este en símbolo, rostro y vocero de un régimen. Sin embargo, esta personalización cumple una función instrumental que es la de concentrar costos y externalizar responsabilidades. Pues cuando algo falla, falla el líder; cuando algo funciona, funciona el sistema. Esta asimetría protege al grupo de poder, que permanece en segundo plano. Paradójicamente, cuanto más personalista es un régimen, más prescindible se vuelve el líder, porque su reemplazo permite recalibrar la narrativa sin desmontar la estructura de poder real. Por lo tanto, el mensaje no es “el régimen ha sido derrotado”, sino que “el costo de proteger a este líder específico supera el costo de sustituirlo”.
¿Colapso o continuidad?
Uno de los errores recurrentes de las oposiciones políticas es asumir que la salida del líder equivale al colapso del régimen. Esto no es la norma y rara vez ocurre. Si el grupo en el poder permanece intacto, el sistema tenderá a producir un sustituto funcional, incluso sacrificando al líder anterior para preservar el conjunto. Desde esta lógica, la judicialización de Maduro expone cómo los sistemas políticos protegen a sus estructuras y no a las personas.
Decir entonces que “son prescindibles” no es una afirmación cínica; es una descripción realista del funcionamiento del poder. Maduro cayó por su incapacidad de maximizar la supervivencia del régimen y por el cálculo correspondiente de la coalición que lo sostuvo. Por lo cual una lección importante de todo esto, es que, quien quiera transformar un sistema político deberá entender y alterar los incentivos de quienes tienen el control real del poder y no concentrarse exclusivamente en el líder; o como se dice en el pugilismo “tirá al cuerpo que la cabeza cae sola”.
El autor es consultor en Innovación Social para el Tercer Sector.