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Últimamente se ha vuelto complicado tener debates políticos decentes sobre lo que ocurre en el mundo. Por un lado, si te alegras por la captura de Maduro, por ejemplo, inmediatamente sos tachada de proimperialismo, si te posicionas en contra de eso automáticamente te vuelven un antipático indiferente con la causa venezolana.
Impidiendo así un diálogo honesto sobre cómo ha fallado el derecho internacional, cuáles son los verdaderos intereses de los países que se involucran en los conflictos internos de otros y el rumbo que está tomando la región, cómo se camuflan las intervenciones ahora justificadas por la lucha contra el narco y la corrupción, cuál es el impacto que tiene lo ocurrido en Venezuela sobre otros autoritarismos en la región, entre otras.
Hacernos estas preguntas no nos vuelve tibios, no nos quita nada tener un debate abierto sobre estos temas, por el contrario cuestiona las miradas tan regresivas que están surgiendo y enriquece el conocimiento colectivo.
Es complejo, el contexto es complejo, por eso tomar posiciones extremas no es conveniente y es más cobarde huirle a las conversaciones pendientes que tenemos como humanidad, que aceptar el declive de nuestros sistemas políticos. Por eso, insisto en que no simplifiquemos discusiones que son profundas, complejas; pero sobre todo necesarias.
La autora es poeta y escritora nicaragüense exiliada.